“Las bromas del Rey ya no hacen gracia”

Daniel Barredo es autor de “El tabú Real” (Editorial Berenice), un libro que demuestra cómo las redes sociales han resquebrajado el pacto de los medios de comunicación durante la Transición para proteger al monarca y su familia. Por Silvia Cruz


24 julio 2013


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Daniel Barredo (Bilbao, 1981) es doctor en Periodismo y ejerce como docente e investigador en la Escuela Superior Politécnica de Chimborazo dentro del proyecto Prometeo, un programa de contratación de doctores del Gobierno de Ecuador. Ha pasado buena parte de los últimos años de su vida analizando más de 4.000 piezas informativas sobre la Casa Real. Acaba de publicar “El Tabú Real” (Editorial Berenice), en el que desgrana la política comunicativa que ha seguido el Rey su familia y en el que se incluye un análisis comunicativo sobre los últimos acontecimientos que han afectado a la familiar real, desde el Caso Nóos hasta la crisis del elefante en Botsuana. Barredo cree que en diez años España ya no será una monarquía y tiene claro que al rey ya no le da más réditos su archicitada campechanía.

 

 

“A medida que madura la democracia, la sociedad se aleja de la monarquía.” ¿No crees que los últimos escándalos han ayudado mucho? ¿O el pueblo habría acabado aborreciendo igualmente al soberano?

Antes de los escándalos, en la encuesta del CIS de octubre de 2011, la monarquía suspendió en el barómetro de confianza social. Mucha culpa de ese suspenso está relacionada con la mala gestión comunicacional de los responsables de la Casa del Rey. Con una gestión fluida y organizada, los escándalos incluso hubiesen reforzado el prestigio del monarca, como por ejemplo pasó con la reina Isabel II tras la muerte de Diana Spencer.

 

¿Qué papel han jugado las redes sociales e Internet en general en la destrucción del mensaje estereotipado que los medios han enviado siempre del Rey?

Las redes anulan la intervención de la Casa del Rey; los grandes medios aún mantienen en parte el consenso de la Transición, según el cual se silencian o se manipulan los temas que pueden perjudicar a la reputación real. Pero las redes son difícilmente controlables: no hay un director al que amenazar, sino que la crítica se ejerce desde una ciudadanía relativamente anónima y unida. Y las redes imponen sus usos a los medios. El perdón del rey, y la crisis de los elefantes, no hubiese sido posible sin la existencia de las redes.

 

Después de analizar más de 4.000 piezas informativas sobre la Casa Real, ¿podrías decirme cómo se ha construido el Rey el rasgo de campechano?

Se construye a través de la escenificación de la monarquía; cuando el monarca posa sonriente ante los medios o cuando dirige una broma a los periodistas, por ejemplo, induce el estereotipo de la campechanía. El rey es el primer actor del país.

 

¿Por qué ya no le sirve esa imagen de falsa cercanía? Porque ya se sabía que no era cercano, pero se daba por bueno.

Porque ha cambiado la tendencia sociológica central de los españoles. Somos cada vez menos campechanos. Las bromas del Rey ya no hacen gracia. Y menos en el escenario actual, con suicidios, desahucios, desempleo y el exilio masivo de los jóvenes. Se ha impuesto en Marketing Político el estereotipo del buen gestor. Fíjese en los líderes europeos: casi todos ellos ofrecen ese mismo estereotipo, a imitación de la tendencia iniciada por Ángela Merkel, a pesar de que la buena gestión -en casos como España- es más que discutible.

 

¿Cómo valoras el trabajo que hace el nuevo jefe de Comunicación de Casa Real, Javier Ayuso, ex trabajador de Prisa e ideólogo de la entrevista con Jesús Hermida y el programa “Audiencia Abierta”?

“Audiencia Abierta” es justo lo que no debería promover la Casa del Rey: un programa con un discurso abiertamente propagandístico. En Comunicación Institucional hay que trabajar las líneas del diálogo social y de la publicidad encubierta. Ayuso ha tenido errores muy grandes, como la publientrevista de Hermida; sin embargo, tengo la impresión de que le dejan hacer menos de lo que desea.

 

¿Crees que tomaron por tonto al personal con esa entrevista y ese programa?

Se equivocaron al ofrecer una entrevista, cuando era una publientrevista. Ese no es el camino: engañar a la sociedad, introducir formatos desfasados, y hacerlo además con errores bochornosos como el desbarajuste en el reloj de la pared del despacho del rey.

 

Hablas de la transición como un franquismo de segundo grado y de cómo los medios aceptaron no tocar a la Casa Real para facilitar la convivencia. ¿En qué momento los medios rompen ese pacto?

Los grandes medios aún no han roto del todo ese pacto. Socialmente se está fracturando gracias al relevo generacional: empezamos a ocupar cargos de poder los miembros de una generación nativa de la democracia. Ya no tenemos el miedo de la Transición, ni las presiones psicológicas del franquismo visible. Políticamente el pacto se fisura a partir de la entrada de España en la Unión Europea: nos arbitran desde Europa, simbólica e incluso jurídicamente.

 

En el libro hablas del tabú de la expresividad real, de cómo el Rey dosifica y limita sus alocuciones, pero no parece el único. ¿Crees que Rajoy está empleando el tabú de la expresividad real cuando decide no comparecer a dar explicaciones a los españoles sobre el caso Bárcenas?

Rajoy es un modelo de líder anticuado. Es un reflejo de la grisura, la inacción y la idiocia en que está enclavada en estos momentos España.

 

A qué se debe que las filtraciones de Wikileaks sobre el monarca español no tuvieran la misma repercusión que otras relacionadas con políticos?

Porque solo mostraban aspectos anecdóticos, como por ejemplo cómo hay que tratar al rey para caerle simpático, o su importancia como facilitador estatal.

 

¿Tú crees que Casa Real no se esfuerza más porque no tiene rival o por el contrario se dan cuenta de que están en peligro?

A partir de 2010 la Casa Real inició una reestructuración de sus acercamientos a la sociedad. Hasta entonces no necesitaban esforzarse; “España iba bien”, los grandes medios silenciaban las críticas gracias a la vigencia del consenso y lideraba el país la generación de la Transición, que es en general monárquica porque sus individuos consideran al rey como un héroe nacional por su papel en el 23-F. Y de pronto llega el tsunami de la crisis, de las redes sociales, del relevo generacional, de la globalización, de la transformación de España en un protectorado europeo y, de remate, de los escándalos institucionales.

 

¿De verdad crees que en diez años no tendremos monarquía? Sé que es atrevido, pero ponte un instante en el futuro y dime cómo imaginas ese final y cuáles serán las causas.

Tal y como están las cosas, los dos grandes partidos perderán en las dos próximas elecciones la mayor parte de su influencia parlamentaria. Los partidos regionalistas y nacionalistas aumentarán sus cuotas de poder; y salvo el PSOE y el PP (y quizá UPyD), todos los demás partidos están en contra de la monarquía. En algún momento nuestros políticos, para salvaguardar el prestigio de las instituciones, tendrán que proponer una nueva Constitución, acorde con las exigencias del siglo XXI. Y ahí, con una Unión Europea, un Congreso y una sociedad en contra, asistiremos a un cambio de modelo de Estado. Salvo que, en menos de diez años, la Casa del Rey consiga persuadir a los españoles de su importancia. Yo no lo veo claro. Porque me parece que los gestores de la Casa del Rey no saben qué hacer para recuperar la iniciativa.

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