16 cuerdas y un par de guantes

Sudor, éxito, golpes y decadencia. Ningún deporte define los ciclos vitales con tanta crudeza como el boxeo. Ese halo de auténtica humanidad explica la pasión de los madrileños por este deporte. Hacemos un recorrido por los distintos rings de Madrid y por la vida alguno de sus campeones. Quizás esa ruta te ayude a comprender por qué es tan seductor “vivir a golpes con la vida”, como diría Poli Díaz. Por David Arias


29 octubre 2015

Velada de boxeo en Madrid, 1924.

Velada de boxeo en Madrid, 1924.

 

El boxeo ha desaparecido prácticamente de los medios y el gran público ya no reconoce los rostros de los púgiles ávidos de gloria que se parten la cara en los abarrotados gimnasios de la ciudad. La mala prensa ha hecho mella. Es curioso. Parece que la historia se empeña siempre en ser circular y regresar al inicio constantemente. Las referencias periodísticas al boxeo aparecen a mediados del siglo XIX. Son profundamente despectivas con perlas como ésta publicada en 1876 en La Ilustración española y americana: “El boxeador, ese hombre de hierro, es una máquina que solo sirve para hundir costillas, aplastar narices y apabullar cráneos”.

 

No obstante, fuera de sus páginas, el boxeo se practica en las calles de Madrid durante ese siglo tanto como ahora. Los aristócratas lo consideran un deporte de caballeros y muchos siguen las crónicas de las locas veladas entre el marqués de Queensbury y Óscar Wilde, batidos a puños por el honor del hijo del primero. Aún así, el boxeo sigue siendo un anglicismo, algo lejano. Las normas instauradas por el marqués se instalan en España desde 1875. En 1900 los medios hablan de boxeo francés, con patadas, e inglés, solo con puños. Éste último es el que pondrán de moda ricachones como el conde de Yebes o Bernaldo de Quirós, conde de Quirós, en veladas snob celebradas en el Ritz o en el Palace.

 

La Federación de boxeo se crea en 1922 para democratizar este deporte. Surge el Club Boxing Castilla y posteriormente el Circo Americano, auténticos caldos de cultivo de los primeros campeones madrileños. Allí se retan en veladas muy improvisadas donde hay apuestas. Por sus cuadriláteros aparece un boxeador diferente, que une estilo y mucho corazón. Se trata de un aspirante a dandy llamado Antonio Ruiz. Sus prodigios sobre el ring marcan época y le bautizan como “El emperador de Vallecas“.

 

Los hermanos, Pedro y Antonio Ruiz, 1925.

Los hermanos, Pedro y Antonio Ruiz, 1925.

 

El barrio inicia un idilio con el boxeo que le convertirá en el vivero de púgiles más fértil del país. Ruiz se proclama campeón continental en 1925, reteniendo el título durante tres años. Es pionero en estos éxitos. El año que cede su trono aparece en el diario Estampa fardando de Ford T y pregonando que ha ganado 100.000 pesetas de la época peleando. Tras una derrota en Santander con un boxeador local, lo deja en 1930. Le gustan, como a todos los mortales, las tentaciones de la fama, inaugurando un estereotipo de boxeador. En 1949 se lo encuentra un periodista en una taberna cercana a Antón Martín. Su aspecto depauperado y su mente adicta al licor le ofrecen un jugoso reportaje en el que no se omiten detalles escabrosos sobre su despilfarrada fortuna y su mala suerte. Ocho años después, muere en un callejón ebrio y preso de una soledad indigna de un campeón.

 

En los 40 aparece su heredero. Eusebio Librero se hace boxeador por pura admiración hacia Ruiz. Es un tipo peculiar que cambia de bando en plena guerra civil y debuta en un combate en Bilbao, donde apaliza a un legionario. El sucesor de Ruiz saborea la gloria en el Circo Price o la Gimnástica, antiguos templos de este deporte. En 1940 se convierte en el doble campeón nacional de peso Gallo y Pluma.

 

El Circo Price en La plaza del Rey.

El Circo Price en La plaza del Rey.

 

Su chulería innata le hace destacar también fuera del ring, en las míticas tertulias pugilísticas del bar Hespérides, junto al Price de la Plaza del Rey. Como su antecesor también se pierde en la noche aunque no cae en sus tentaciones con la misma virulencia. Tras su plácida retirada, tira de contactos para ser chófer de un ministro sin tener carnet. Años más tarde, lucirá su antológica cara dura para pedir al alcalde en el Marca que le conceda una licencia de taxi. Para entonces, en plenos 50, el boxeo es un deporte de masas que llena el Palacio de los Deportes o el Price. Grandes ídolos como Fred Galiana animan una postguerra marcada por la represión y el hambre. El Real Madrid funda en esta difícil década una sección de boxeo para albergar fugazmente a los nuevos talentos.

 

Nos volvemos al Puente de Vallecas, el lugar donde se cuecen las leyendas madrileñas del ring. Allí se ha instaurado El Rayo, un gimnasio con aroma a leyenda, en los bajos del estadio del equipo. Todo un templo y un refugio para púgiles desde entonces. Es donde entrenan gente como el propio Galiana o el nuevo ídolo Young Martin, que se convierte en campeón de peso mosca en Notthingham durante 1955, ante el británico Dai Dower. Es un genio discontinuo. Eso explica su derrota en un campeonato mundial celebrado en Buenos Aires contra Pascualito Pérez. Es el principio del fin de su carrera y todo un acontecimiento en España. El púgil de Cuatro Caminos siempre será recordado por su gancho de izquierda hasta su muerte en 2006.

 

El cénit de este deporte llega en los 60, con múltiples campeones mundiales y un gran seguimiento popular. El célebre ex boxeador Kid Tunero se dedica por aquel entonces a buscar nuevo talento. El boxeo es entonces una disciplina madura y tiene una serie de intangibles que convierten en héroe a un boxeador. Ese halo de talento envuelve a José Legrá, un joven cubano con amplio bagaje en América, donde le entrena su compatriota Sarría. Junto a él progresa con descaro un tal Cassius Clay. Allí le descubre Tunero y decide llevarle a Madrid. Durante su carrera siempre se le considerará con cariño como un mini-Cassius Clay y el púgil español más habilidoso de todos los tiempos. El debut de Legrá en octubre del 63 no deja a nadie indiferente.

 

D4EUROPA : 80 EUROPA80 EUROPA

 

Durante los 60, la Federación Española de Boxeo sustituye a los promotores privados como Federico Volpini, organizador de veladas en La Ferroviaria o de matinés amateurs en el Price en verano y en el frontón Fiesta Alegre en invierno. Un cambio de manos debido a la escasa inversión. Legrá sigue a lo suyo. Acumula incontestables victorias y exporta a España el estilo de su amigo Clay, resumido en la mítica frase: “Bailar como una mariposa, picar como una avispa“. Durante su fulgurante carrera será campeón de Europa siete veces y dos del mundo, siempre en el peso medio, sin proclamarse jamás como el mejor de España. Al margen del cubano se asientan otras leyendas como Carrasco, Manolo Calvo o José Durán. Durán será varias veces campeón de Europa y una del mundo de los Súperwelter. En sus inicios, trata de evitar la fama para que sus padres no conozcan su profesión. Un reportaje de Marca trunca su juvenil propósito. Se convertirá con el tiempo en uno de los ejemplos más flagrantes de boxeadores con la cabeza bien asentada.

 

En 1974, Legrá se toma un descanso en su reinado para viajar a Cuba y ver a sus familiares. A su regreso se retira contra todo pronóstico. Poco después, publica un interesante libro acerca de los gorrones en el mundo del boxeo. Con los años se acostumbra a perder dinero a espuertas con malos negocios, falsas amistades y regalos caros a lindas féminas. Será un rostro reconocible de las cadenas privadas allá por los 90, participando en programas míticos como Vip Noche. Años después, trabaja para una compañía de seguridad propiedad de Jesús Capote, ex boxeador. Apoyado por su mujer Nieves y jubilado, aún conserva amigos como el periodista José María García, que le ayuda económicamente, según reconoce el propio Legrá.

 

A mediados de los 70, la revista Blanco y Negro pone sobre la mesa la evidencia de un bajón importante en el boxeo nacional, tras la era de grandes campeones mundiales como Manolo Carrasco, Urtáin o Legrá, colosos difíciles de sustituir.

 

Una nueva generación de boxeadores florece a finales de la década con el desencanto tan propio de esa época en el boxeo madrileño. Gente como Dum Dum Pacheco no está por la labor de darles la razón a los agoreros que vaticinan el fin de este deporte. Su infancia en una corrala de Lavapiés le acredita para llevar la bandera de los nuevos héroes callejeros. Funda una banda llamada Los ojos oscuros y se convierte en un buscabroncas temido a pesar de su tierna edad. Logra a base de coacción todo lo que se propone. Camilo Sesto debuta en un local de Usera, con su banda Los Dalton, gracias a sus amenazas. Su hiperactividad le lleva entre rejas, donde se encuentra con celebridades como El Lute, Jesús Gil o Antonio Gades.

 

Dum Dum Pacheco

 

De allí al Tercio, de donde vuelve fascista perdido admitiendo que sus tres ídolos son Franco, Hernán Cortés y Elvis. El boxeo le salva de terminar de mercenario en alguna parte de África y le reconduce hasta 1982. Un accidente de tráfico provocado por unas copas de más trunca la carrera de un boxeador inmisericorde con sus rivales, como demostraría en su combate más recordado contra Tony Ortiz en 1977. Su apodo se basa en las balas estriadas mortales de necesidad.

 

Llegamos el precipicio del boxeo en España. Los 80 traen muchos recelos. La guía de estilo de El País prohíbe informar de este deporte y TVE solo emite veladas durante el breve pero brillante mandato de Pilar Miró. Legrá tiene fe y advierte que todo cambiará cuando entren en juego las cadenas privadas a principios de los 90. Pero antes de poder comprobar la efectividad de esta predicción, aparece el último fenómeno mediático de los rings españoles. También viene del Puente de Vallecas. La historia resume todo lo que el boxeo, o más bien el éxito, te puede dar y quitar.

 

Hablamos de Poli Díaz, o el potro de Vallecas o también el boxeador de la jet set madrileña. El último icono vallecano se hace púgil en 1986 buscando la gloria y logra permanecer invicto hasta 1991, cuando pierde ante Whittaker la posibilidad de ser campeón del mundo. Entre medias, campeonatos nacionales, 8 europeos, canción homenaje de Los Chunguitos, recepciones del rey, salidas nocturnas con la alta sociedad y mucho dinero. Tras su derrota con Wittaker en Virginia, entra en una fase errática de su vida. Kike Sarasola deja de ser su agente y Poli se sumerge en la droga. Los gorrones de los que se quejaba Legrá en su libro tienen ahora otros trajes más lujosos pero Poli sigue perteneciendo a un barrio donde “faltan héroes y sobra heroína”. Un año después, sigue desperdiciando su dinero en sustancias y gente equivocadas pero aún puede pelear en Oviedo contra Micky Rourke. Ambos provocan una espectacular pelea fuera del ring, que aún recordamos los ovetenses.

 

Es 1997 cuando los medios le visitan en su tienda de campaña en La Rosilla, donde vive enamorado del jaco, hace porno junto a Nacho Vidal para pagarse su dosis. Se esfuerza en salir de este infierno y refugiarse de nuevo en su pasión. Vuelve a pelear en 1999, tras iniciar diversos procesos de rehabilitación y gana algún título menor en peso Welter. Se retira poco después. Sigue viviendo en Vallecas con su esposa y se encuentra con la policía de vez en cuando. En la última ocasión, como consecuencia de proteger a un anciano de un atraco agrediendo al ladrón.

 

poli diaz

 

Madrid ha seguido dando campeones e historias. Algunas protagonizadas por boxeadores del prestigioso gimnasio Barceló, un centro especializado en generar grandes púgiles y enormes escándalos. Entre sus paredes, cerradas por orden judicial, han crecido varias generaciones entrenadas por la leyenda José Valenciano. El entrenador salta a la fama por ser pareja de Terelu Campos durante un tiempo y preparador de famosos. Pero tras esas facetas se esconde uno de los entrenadores con un historial deportivo más envidiable. Valenciano es salpicado por la investigación del Caso Edén aunque demuestra su inocencia. Esta operación policial pone fin al reinado de Lauro, dueño del local y rey de la noche y de la coca madrileña. Según la justicia, el gimnasio es un centro especializado en todo tipo de actividades poco legales relacionadas con la mafia búlgara y con los trapicheos de Lauro. Para entonces, Pablo Navascués es una promesa que pretende seguir los pasos de Javi Castillejo. Apodado como “Huracán”, ha sido cincelado por la maestría de Valenciano y en 2005 ya posaba orgulloso con los títulos nacionales de peso Medio y Welter.

 

Una noche de fiesta junto a su novia se produce un apuñalamiento en las inmediaciones del local. Le incriminan y termina en Soto del Real pagando por el crimen de otro. Cuando sale de la cárcel prosigue su carrera y su supuesta mala suerte. Le recetan un medicamento poco antes de luchar por el campeonato intercontinental sin sospechar que contiene un componente prohibido y da un positivo fulminante. Aún así le aguarda, otra broma del destino. La policía le acusa en 2011 de perpetrar violentos desalojos a encargo de una mafia. Él se defiende alegando que tan solo les ha alquilado a los búlgaros acusados un espacio en su gimnasio. Después de tres años de continuas desgracias, su ídolo Javi Castillejo le ofrece regresar a lo grande ante 10.000 personas en su último momento de gloria. Actualmente, ha dejado atrás su polémica carrera sobre el cuadrilátero para montar con éxito dos escuelas de boxeo en Madrid y Tenerife de nombre Origen, logrando al fin un merecido reconocimiento como entrenador.

 

Tras Navascués, han llegado nuevos talentos como Kiko Martínez, campeón mundial en categoría Gallo. Ellos son solo el rostro visible de una larga historia coral de idilio entre la ciudad y este deporte. Hoy en día, el boxeo ha vuelto a cautivar a una ingente cantidad de madrileños de todos los estratos sociales, que ven en 16 cuerdas y en un par de guantes una salida a esas tensiones diarias de la gran ciudad.

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