7 cosas que hay que hacer en la crisis de los 30

Los tópicos de los que todos nos reímos (hasta que acabamos cayendo, uno por uno, en todos ellos). Por Daniel Remón


09 octubre 2014

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Fotograma de “Mapa”, de León Siminiani.

 

A los diez años de edad, el hombre se suele centrar en la merienda, las sumas, restas, multiplicaciones y divisiones y el obligado cumplimiento de las actividades extraescolares (cosas como el judo, que por norma general procuran un gozo infinito). A los veinte años hay muchos estímulos y mucho tiempo libre. Uno descubre el sexo y el alcohol, estudia y sufre, lee a Camus y escucha a Los Planetas. O sea, que todo va bien en suma. Pero ¿qué pasa a los treinta? ¿Qué pasa cuando nos damos cuenta de que somos mayores y no estamos donde queríamos? ¿Qué pasa cuando, de la lista de objetivos a cumplir que redactamos a los veinte solo hemos sido capaces de tachar aquello de “aprender inglés” y “sacarme el carné de conducir”?

 

Lo que pasa es la temida crisis de los treinta (crisis más que ridícula para los que tienen cuarenta, igual que es más que ridícula la suya para los que tienen cincuenta, y así vamos). Yo tuve la mía, cómo no. Aquí están los lugares comunes por los que pasé, o pasaron y siguen pasando mis amigos.

 

1. Dejar de fumar:

Tópico entre los tópicos, pero muy difícil de cumplir en España. Y es que, como todo el mundo sabe, para dejar de fumar es necesario mudarse al extranjero, aunque sólo sea durante una breve temporada. Yo lo conseguí definitivamente en Montreal, pero es válida cualquier otra ciudad en la que el tabaco se considere una costumbre desagradable y bárbara (lugares como Oslo, Colonia o San Francisco).

 

2. Hacer ejercicio:

Una vez abandonado el tabaco y dejados atrás los primeros meses de nostalgia y misantropía extrema, el siguiente paso del treintañero en crisis es apuntarse a un gimnasio. El Palacio Santa Ana, en plena plaza del Ángel, es especialmente recomendable, sobre todo porque no parece un gimnasio. Es caro, pero vale la pena. Al fin y al cabo, si hay que apoquinar para no ver a ciclados con camiseta de churrero, pues se apoquina, ¿no? El Club Palestra (Bravo Murillo, 5), el Urban Fitness (Alberto Aguilera, 1) o la piscina de las Escuelas Pías (Farmacia, 13), son también opciones muy apetecibles y en general más económicas. Aunque si lo que uno quiere es mantenerse en forma sin gastarse un duro lo mejor es correr. ¿Los clásicos? Madrid Río, Casa de Campo o el parque del Retiro. Eso sí, no conviene abusar. Desconfiad de los yihadistas del running: en general son cuarentones confundidos que han pasado la segunda mitad de los años 90 y la primera de los 2000 dando palmas con las orejas en la cola del Sónar y que ahora, a causa de una epifanía (casi siempre provocada por un ictus parcial o marichalazo), reniegan del alcohol y de las drogas, afirmando que no son personas “hasta que no han corrido sus diez kilómetros diarios”. No les escuchéis. Tampoco olvidéis que antes de lanzarse a la aventura es muy importante calentar, hacerse con el calzado adecuado y sobre todo echarle un ojo al libro “De qué hablo cuando hablo de correr”, de Murakami.

 

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3. Ponerse a dieta:

Al muchacho en crisis no le basta con el deporte y suele lanzarse de cabeza y sin frenos al mundo de las dietas absurdas. Hay muchísimas, pero sin duda la que se lleva la palma es la del sirope de arce, que consiste en pasar una semana alimentándose únicamente de una bebida hecha a base de sirope, agua y zumo de limón. Esta dieta solo tiene dos finales posibles: la locura o la muerte. Recomiendo hacerla al menos un par de veces al año.

 

4. Comprarse una moto:

En mi caso fue una Vespa, pero si la crisis es muy aguda o uno tiene mucho dinero se puede decantar por una Harley Davidson (Agustín de Foxá, 27) o incluso una Royal Enfield (San Pedro, 13). Estas últimas, fabricadas en la India, son espectaculares, aunque este tipo de vehículo es más típico de la crisis de los sesenta o la de los setenta y siguientes, también conocidas como senilidad.

 

5. Viajar a la India:

Tailandia, Vietnam, Camboya, Malasia y Filipinas también computan como destinos clásicos del treintañero en crisis, pero la India es el tópico por antonomasia. A la vuelta, el viajero, generalmente moreno y deshidratado, suele comentar que la experiencia le ha abierto los ojos de manera definitiva. También son frecuentes los casos en los que el turista lo deja todo y monta su propio negocio de telas en Calcuta o Nueva Delhi. En todos y cada uno de los casos la decisión es acertada y la felicidad es plena (al menos a juzgar por los testimonios emitidos en el programa Madrileños por el mundo).

 

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Fotograma de “Mapa”, de León Siminiani.

 

6. Salir como si no hubiera un mañana:

Consiste en seguir emborrachándose como cuando uno tenía veinte años, pero sin tantas ganas y con un grado superior de ansia y exposición al ridículo. Las noches suelen transitar por los mismos sitios por los que se salía hace años en Malasaña, con la única diferencia de que las resacas son infinitamente peores. Por suerte, existe YouTube y la comida a domicilio.

 

7. Dejar de salir:

En ocasiones, la crisis de los treinta tiene el efecto contrario y el sujeto abandona para siempre el mundo de la noche. Por lo general decide unirse a otros varones con idéntico problema, entre todos se compran una Playstation con un único juego (el FIFA14), descartan definitivamente la idea de follar y se mudan a un piso compartido en Tetuán, Estrecho o Valdeacederas, donde se sientan a esperar tranquilamente a la muerte con un canuto en la mano.

 

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