La ciudad es para mí #2

Algunas de esas pequeñas historias que aparecen entre cajas al mudarnos. Por Aloma Rodríguez


15 abril 2014

 

 

El día de la mudanza

 

Pedimos un carrito en la librería de debajo de casa y empezamos a hacer viajes con cajas de libros, ropa, zapatos y todo lo demás. Recorríamos diez kilómetros al día subiendo y bajando la calle Montera, o yendo por Tres Cruces para evitar los camiones de descarga y a la gente que queda en la puerta del McDonald’s. Ya sabía que estaba embarazada y que no podía cargar peso. Habíamos fracasado en el primer intento de conseguir una rebaja en el alquiler. Barreiros, mi novio, empujaba el carrito y yo cargaba con mochilas y bolsas que pesaran poco. Una mañana de domingo, nuestro ritmo se vio interrumpido por una maratón en Gran Vía y en Carretas.

 

Preguntamos, y solo daban una vuelta, no volveríamos a encontrarnos con los corredores. Para los muebles llamamos a uno de los teléfonos que aparecen en internet si pones “portes Madrid” en Google. Nos decidimos por el que nos pareció más legal: había garantía y un recibo.   Llegaron a la hora prevista y empezaron a envolver los muebles en mantas. Uno de ellos me explicó que la cinta que usaban no dejaba marca, así que no tenía que preocuparme. Les ofrecí agua y volví a la cocina: estaba acabando de limpiar la nevera. Eran tres: envolvían, sacaban al pasillo y hacían viajes en el ascensor. Uno se quedaba abajo y metía los bultos en la furgoneta. Barreiros les ayudaba. Le di conversación al que envolvía los cojines del sofá. Era brasileño, simpático y podría tener entre veinticinco y treinta y ocho años. Cuando terminaron de cargarlo todo, Barreiros se sentó con ellos en la parte de delante. Yo fui caminando con un par de bolsas de ropa: una vez más, Montera arriba.

 

Por el camino, según Barreiros, les dio tiempo a recomendarle un restaurante brasileño en el que hacen carne a la parrilla y que nunca hemos encontrado. Mientras terminábamos de enrollar el colchón de la cama, había cruzado algún comentario sobre Dilma Rousseff y Lula con el más amable de los chicos. Yo no estaba en esa furgoneta, así que todo lo que sé sobre la conversación me lo ha contado Barreiros. Parece ser que no había GPS y que no tenían claro por dónde entrar en la calle Desengaño. Barreiros dijo que creía que se entraba por la plaza de la Luna. Callejearon, discutieron, decían que eran calles demasiado estrechas para la furgoneta y Barreiros me llamó un par de veces: estaba nervioso y quería saber si había hueco para aparcar. Decía que era muy complicado entrar en la calle y que iba a ser un coñazo.

 

Cuando llegaron a la calle, en la que no había hueco, uno de ellos le dijo a Barreiros que ya se ubicaba. Los otros dos se rieron. A partir de ese momento, ya no tuvo dudas sobre hacia dónde tenía que girar o en qué calle meterse para dar la vuelta. Barreiros le dijo que se manejaba muy bien. Los tres se miraron y se rieron, y le respondieron que tenía que haber empezado por ahí: era la calle de las prostitutas.   Decidieron dejar la furgoneta aparcada encima de la acera: solo sería un momento. Acababa de colgar el teléfono: a mi padre le habían dado un premio, estaba muy contento, aunque me pedía que no lo contara aún a nadie, que faltaban un par de horas para el anuncio oficial. No podía estar rodeada de menos glamour en ese momento. Me subí a la parte trasera de la furgoneta y arrastré los muebles hasta las puertas. Me acordé de cuando trabajaba en espectáculos de animación infantil y pasaba más tiempo cargando y descargando la furgoneta del que duraba el espectáculo. Y de los viajes. Y de los compañeros. Y de los jefes idiotas. Y de lo mal que nos pagaban, aunque la crisis ni siquiera había empezado.

 

Sudados y con la casa llena de cajas y los muebles amontonados en la entrada, decidimos ir a comer un bocadillo e inspeccionar un poco la zona: esa misma tarde nos íbamos a Zaragoza a pasar unos días. En Desengaño hay travestis y en Ballesta, prostitutas. Hay una señora con el pelo corto, rubio y flequillo recto. Siempre lleva una camiseta de rejilla por la que asoman dos pechos grandes y admirablemente tersos. Más abajo, llegando casi al cruce con Puebla, hay algunas prostitutas más jóvenes.

 

Entre la peluquería y el restaurante vegetariano está la placa que dice que Rosalía de Castro –una de las poetas favoritas de mi padre, no solo porque los dos sean gallegos– vivía en ese edificio “con su madre cuando escribió su primera obra, La Flor”. Una tubería pasa por encima de la placa y “obra” no se lee bien: hay que acercarse mucho. Más arriba hay otra placa, es de cemento y está ennegrecida. No se lee bien, pero también está dedicada a Rosalía. Me acordé de la versión de Amancio Prada del poema de Rosalía, una de las canciones que más veces he oído cantar a mi padre: “Adiós, ríos; adiós, fontes; /adiós, regatos pequenos; / adiós, vista dos meus ollos: / non sei cando nos veremos”. Después seguimos caminando en busca de bocadillos.

 

Imagen: Sarah Hunt

 

 

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