Anecdotario del Museo del Prado

La visita secreta de Madonna, la huída exprés de Penélope Cruz y Javier Bardem, la invisible Eva Longoria, la parlanchina Reina Sofía… Por David Linares


20 enero 2016

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La primera vez que visité el Museo del Prado tenía nueve años. Una excursión organizada por el colegio me descubrió uno de los lugares más apasionantes de Madrid. Desde entonces han sido decenas las veces que me he sumergido en sus salas para viajar a otras épocas, habitar otros mundos y colarme en el imaginario de los genios más fascinantes de la historia. Pero esta vez es diferente porque no he venido a contemplar las obras de arte: mi intención es descubrir las historias y anécdotas menos conocidas de una de las pinacotecas más importantes del mundo.

 

El Museo del Prado abrió sus puertas el 19 de noviembre de 1819 y su colección inicial contaba con tan solo 311 obras. En la actualidad, 196 años después, el recinto alberga aproximadamente 1.100 cuadros en exposición y más de 8.000 en su almacén subterráneo. Un sofisticado sistema regula la temperatura y la humedad de las salas para conservar cuadros y esculturas en perfecto estado. Todas las estancias están custodiadas por cámaras de seguridad, sensores de movimiento y personal de vigilancia.

 

La primera parada la hago en taquilla para adquirir mi entrada. Una empleada de cara sonriente se sorprende ante mis atípicas preguntas. Asegura tener cientos de anécdotas divertidas protagonizadas, en su mayoría, por visitantes extranjeros. Según me cuenta, hace no mucho un turista japonés se acercó al mostrador para preguntar en qué parte de Toledo se encontraba el museo. El buen hombre estaba hecho un lío y no conseguía situarse en el mapa (de Toledo) que tenía en sus manos. Después de mucho esfuerzo consiguieron explicarle que El Prado estaba en Madrid y que él también. Mientras la taquillera dispensa más entradas a otros visitantes y yo me coloco a un lateral de la ventanilla, confiesa una de las preguntas a las que tiene que responder de vez en cuando: “disculpe, ¿en qué sala se encuentran los cuadros de Cervantes?”. Qué barbaridad, oiga. Supongo que pensarán que si Don Quijote era capaz de ver gigantes donde sólo había molinos de viento por qué no iban a ser de Cervantes, por ejemplo, las pinturas negras de Goya.

 

Los mostradores de información del interior del recinto también tienen una buena colección de historias desconocidas por la mayoría de los madrileños. Una de las más comentadas tiene que ver con Penélope Cruz y Javier Bardem. La pareja de actores decidió visitar un día el museo y, como el resto de los mortales, esperaron su turno en la fila, pagaron por su entrada y se mezclaron entre los turistas. La tranquilidad les duró poco porque cuando se encontraban ya en el interior del recinto se formó un revuelo formidable. Fotografías, autógrafos, besos, abrazos… Un gran número de visitantes españoles y extranjeros, que les habían reconocido, se arremolinaron a su alrededor generando peligro y desconcierto. Como la tensión crecía por momentos, la pareja tomó una decisión para no poner en riesgo su seguridad, la de los visitantes y tampoco la del museo: abandonar inmediatamente las instalaciones con la ayuda del personal de seguridad de El Prado.

 

Madonna fue más avispada en este sentido, quién sabe si Penélope y Javier le advirtieron después de su accidentada visita, y concertó una cita privada. Eso quiere decir que esperó a que el museo cerrara a las ocho de la tarde para acceder a las instalaciones cuando ya estaban vacías de público. La reina del pop acudió acompañada por algunos de sus bailarines y la recibió Miguel Zugaza, director del Museo del Prado desde 2002, que actúo como guía y anfitrión. Lo primero que pidió ver la ambición rubia fue ‘El jardín de las delicias’ de El Bosco.

 

El jardín de las Delicias (El Bosco) ©Museo Nacional del Prado.

El jardín de las Delicias (El Bosco) ©Museo Nacional del Prado.

 

En el interior de una de las salas me encuentro a uno de los copistas de El Prado. Los copistas son pintores profesionales que, con permiso del museo y después de pasar un proceso de selección, tienen autorización para situarse junto a grandes obras y pintar su versión del cuadro (que es de su propiedad y se llevarán a su taller personal una vez lo terminen). Cometo la osadía de interrumpirle en su trabajo y enseguida comienzan a surgir las historias. Javier, que es un malagueño que vive en Madrid desde hace veinte años, sólo tiene buenas palabras para la reina Sofía. La monarca, que visita el museo con frecuencia, siempre se detiene junto a los copistas para conversar con ellos. Entre sus preguntas habituales están el porqué de la elección de ese cuadro, qué materiales están utilizando y, por supuesto, el nombre del copista para poder interesarse por toda su obra. Al parecer, a la madre de Felipe VI le gusta charlar amigablemente con los empleados del museo y compartir impresiones sobre sus obras favoritas.

 

En la una sala contigua tengo la suerte de conocer a Mercedes que comenzó a trabajar en la cafetería del museo hace más de treinta años. Entre sus recuerdos aparece rápidamente la imagen de Rafael Alberti. El poeta era un asiduo de la cantina y tenía una costumbre muy especial: escribir poemas en servilletas de papel para regalárselos a sus camareras favoritas. Ahora Mercedes es vigilante de sala y está acostumbrada a ver a celebridades entre los visitantes. Me cuenta que Eva Longoria le llamó mucho la atención aunque le costó reconocerla. La actriz de ´Mujeres Desesperadas’ iba en vaqueros, con una sencilla coleta y sin maquillar. Su acompañante era el hermano de Penélope Cruz que en aquel momento era su pareja. Los dos pasaron completamente inadvertidos para el resto del público.

 

Después de visitar el museo siempre tengo la sensación de haber dejado una parte de mí en su interior y de llevarme conmigo un gran pedazo de su historia. Hoy he descubierto una visión diferente, más cercana y humana, que me ha permitido comprobar el extraordinario trabajo de las personas que cuidan de un patrimonio cultural tan valioso para todos los madrileños. Hasta la próxima aventura, Museo del Prado.

 

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