Biblioteca Madriz: Chema Álvarez de los talleres de escritura Fuentetaja

Fuentetaja es la decana de los talleres de escritura en España. Empezaron hace 30 años en los sótanos de la librería de la que tomaron el nombre y hoy en día tienen presencia en doce provincias españolas. Hablamos con su codirector, Chema Álvarez, sobre el pasado y el futuro de las escuelas literarias. Por Javier Yohn Planells.


27 enero 2017

Pongo en marcha la grabadora del móvil y Chema Álvarez me avisa con una sonrisa: “Tenemos un poco de jaleo. Por las tardes hay un taller de guión y hoy están absolutamente exacerbados, porque están haciendo un repaso de los últimos estrenos, hay un nivel de indignación notable”. Y es verdad, se escucha una discusión que llega desde una sala contigua.

 

Álvarez es codirector de los talleres Fuentetaja y subdirector de la Fundación Escritura(s). Me recibe en un despacho repleto de libros: sobre las mesas, libros en las estanterías. Se llega a él recorriendo pasillos en penumbra, caminando sobre un suelo de parqué brillante que cruje con cada paso. Desde hace unos años, Fuentataja está en el corazón del barrio de las Letras, en la calle Cervantes, pero todo empezó en San Bernardo.

 

La sede madrileña de Fuentetaja. Fotografía: Javier Yohn Planells.


 

“Es una larga historia”, dice Álvarez. Y la cuenta con una voz profunda que desmiente la timidez que ha confesado antes de empezar la entrevista:

 

“El fundador de la empresa, Ramón Cañelles, un poco inspirado en la tradición de los primeros talleres que trajeron exiliados argentinos en Madrid, comenzó las primeras propuestas del taller de escritura, y lo hizo en los sótanos de la librería infantil Fuentetaja, auspiciado por María Fuentetaja que era la fundadora de la librería. Estamos hablando de hace 30 años”.

 

Después, el taller presencial se expandió para convertirse principalmente en un taller por correspondencia, que funcionó “excelentemente bien”, hasta el punto de que la réplica fue muy natural cuando llegó a Internet a finales de los 90. Además, pusieron en marcha una editorial porque “había una evidente falta de bibliografía en relación con la creación literaria”. Los talleres presenciales en Madrid crecieron exponencialmente y en estos últimos años han empezado a dar saltos a otras provincias.

 

Este último paso “ha sido fundamentalmente por necesidad o por propuestas de librerías o algunas bibliotecas, espacios que habían acusado la crisis del mundo del libro y que empezaban a amortizar sus espacios”, explica Álvarez. En su manera de expresarse reverberan sus estudios de Filosofía y quizás tantos años de contacto con los talleres: sus respuestas están pensadas como si fueran textos.

 

– En ese sentido, me da la sensación de que las escuelas literarias son también un refugio para los propios escritores.

 

Es un fenómeno muy curioso. Lo bueno que tiene nuestra experiencia es que es una experiencia pionera. En ese sentido, yo recuerdo que cuando llegamos hace 30 años, las reservas que tenían los escritores asentados o, digamos, del canon ante los talleres de escritura eran muy notables. Y es curioso porque hay una transformación que corre en paralelo con las crisis del mundo del libro en el sentido de que esas personas que tenían un punto de reacción ante la idea de que la creación literaria era en un determinado grado, ser objeto de transmisión han empezado a cambiar radicalmente. Hay muchos escritores que hace cierto tiempo era imposible contar con ellos ahora son más receptivos a las propuestas.

 

– También es una cuestión generacional.

 

Efectivamente, hay una cuestión generacional porque también es cierto que buena parte de los escritores de la generación más joven ha tenido alguna relación con talleres literarios. Lo que nos encontramos hace 30 años era un páramo y ahora mismo yo creo que hay una superpoblación de talleres. Madrid puede ser la ciudad con más talleres literarios del mundo. [risas]

 

Chema Álvarez. Fotografía: Javier Yohn Planells.


 

Hay varios aspectos muy políticos en la manera en que se desarrollan los talleres de Fuentetaja y que se reflejan en la manera que tienen de explicarse. Por ejemplo, tanto Álvarez como la web evitan el uso de la palabra escuela. En la web lo explican así: “tratamos de evitar señalarnos como escuela u otros términos más propios de la enseñanza reglada”. Álvarez lo explica así:

 

Lo que propone la idea de taller no tiene que ver solamente con la escritura creativa, sino con un método de enseñanza que los últimos tiempos parecen confirmar: un espacio en el que compartir textos, donde los participantes tienen la posibilidad de aportar, que tiene que ver con una horizontalidad por parte del coordinador, no hay diferentes jerarquías… Me da la impresión de que metodológicamente, como formato de enseñanza, funciona excelentemente para cualquier disciplina.

 

– En ese sentido, he leído que creéis que hay cierto déficit en la educación básica.

 

Nosotros estamos convencidos de que lo que hacemos debería hacerse en la escuela. Todas las habichuelas que nos hemos comido desde hace 30 años, el hecho de haber podido pagar alquileres y ese tipo de cosas se lo debemos en cierto modo al vacío que ha habido en la escuela pública [risas]. Además es una forma de enseñanza que está legitimada en la enseñanza de las bellas artes, con la idea de los talleres de pintura o de escultura, que está legitimada en las ciencias físicas, nadie entiende dar química sin un laboratorio. Esto, salvo algunas excepciones, sigue siendo así en la escuela. Y sólo muy recientemente ha empezado a haber una cierta receptividad en la Universidad.

 

Otra palabra con la que tienen reticencia en Fuentetaja: escritor.

 

Fundamentalmente, porque pensamos que lo que hacemos en los talleres es una función modesta para familiarizar a las personas y dar herramientas para el desarrollo de la imaginación, de la creatividad, de la expresión escrita. Y a veces nos parece suficiente con crear buenos lectores. Nos da la impresión de que esa parte mítica relacionada con la figura del escritor depende más de un camino solitario, independiente, que puede tener que ver con el trabajo de un taller pero no exclusivamente. Y también hemos decidido distinguirnos de los cantos de sirena que buena parte de otras empresas hacen del tipo “quieres convertirte en escritor”, de esa publicidad no exactamente engañosa pero que, en todo caso, nos parece que hace una vulgarización de una figura que sigue teniendo un cierto componente mítico, la figura de la persona que se dedica en cuerpo y alma a una tarea muchas veces dura, desasosegante, peligrosa y autodestructiva… [risas] No siempre, ¿eh? Pero nos parece que quizás no es bueno que todo el mundo que trabaje en un taller y desarrolle la escritura, y encuentre placer en escribir y en compartir lo que escribe, se acabe convirtiendo en escritor.

 

– Pero es difícil trazar una línea, ¿no?

 

Sin duda, sin duda. Pero en todo caso lo que sí resulta como de una cierta inmoralidad es colocar esa impronta en la parte central de la casa de cualquier taller literario: volveréis convertidos en escritores. Me parece que eso sí tiene un componente un poco innoble y un poco engañoso.

 

 

Hace cuatro años crearon la Fundación Escritura(s) y su Club de Escritura con la idea de explorar los cambios que se están produciendo en la escritura, fundamentalmente con la llegada de Internet y de las pantallas.

 

Escribir se está haciendo de una forma diferente que hace veinte o treinta años, leer se está haciendo de forma diferente, y tenemos que pensar en una didáctica que atienda a las transformaciones de la forma de escribir y de leer que se están operando. Tenemos que pensar que la gente está escribiendo y leyendo en las páginas pantalla y no solamente en las páginas de papel, que cada vez más la escritura es producto de una hibridación de contenidos de texto, de contenidos audiovisuales, de imágenes, de enlaces… Estamos en un momento de transición y no deberíamos desatenderlo. Generacionalmente, en un noventa por ciento seguimos siendo adoradores del libro pero también es cierto que podemos correr el riesgo de no entrar en comunicación con generaciones que vienen por detrás y que están trabajando con una serie de contenidos y de gramáticas insospechables hace unos años. Imagínate lo que es trabajarlo desde un punto de vista ficcional, artística o creativa con todas las herramientas que la tecnología pone en nuestras manos. Sobre eso, hay que prestar atención. Quizás, incluso para encontrar algunas calles cortadas.

 

Acabamos la entrevista con la pregunta obligada de esta serie: una recomendación de algún autor madrileño o de alguna novela que transcurra en Madrid. Álvarez, avisado, tiene el libro preparado sobre la mesa, una edición de bolsillo de Otoño en Madrid hacia 1950, de Juan Benet.

 

Yo tengo predilección con la generación de los años 50. Este librito de Juan Benet, Otoño en Madrid hacia 1950, que es un libro de Juan Benet que se puede leer (cosa que no pasa con algunos libros de Juan Benet), me interesa mucho. Se compone de algunos artículos, pequeños relatos o retratos, y el que está dedicado a Luis Martín Santos en el tiempo que reside en Madrid, en una pensión en la calle Barquillo, en los años 50, y todo ese ambiente y esa época me interesa especialmente. Es una generación que, en mi caso, es la generación de mis padres, y en los últimos tiempos parece que está empezando a ser atendida. La forma de relacionar las narrativas y la ciudad me parece que siguen teniendo vigencia.

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