Birras a pie de calle

Se habla mucho últimamente de la decadencia de Madrid: el deterioro de los servicios públicos, la languidez de su vida nocturna, la falta de un relato propio de la ciudad o la derrota olímpica, pero nadie ha señalado un punto fundamental: la prohibición de beber alcohol en la vía pública.
Por Sergio C. Fanjul


22 octubre 2013

 

Ya ven, en la animadísima y chisporroteante Madrid, la ciudad de la vida soleada, nocturna y loca, no se puede disfrutar de una relaxing lata de birra en la Plaza Mayor. Ni en ninguna otra calle. El consumo de alcohol a pie de acera (si no es en una terraza, claro) está perseguido desde 2002 por la llamada Ley Antibotellón (aquí habría que matizar qué es botellón y qué no). Pese a todo el pueblo madrileño resulta difícil de doblegar cuando se une por una causa noble, como bien sabe el francés (aunque no el tokiota). Y como resulta imposible ponerle puertas al campo, lo cierto es que el madrileño, a pesar de los riesgos que conlleva enfrentarse a la ley, bebe en la calle: mucho y con notable coraje.

 

Un servidor, que lleva empinando el codo al aire libre desde que nació, solo ha sufrido un percance. Corrían mediados de los naughties y se acababa de imponer la normativa antibotellón. Un soleado domingo de primavera me encontraba en la plaza del 2 de Mayo tomándome con un amigo sendas latas de Mahou Cinco Estrellas de 33 cl, cuando un contingente de unos ocho agentes de la policía municipal nos interceptó. Poco después, en mi casa natal, en Oviedo, Asturias, alguien llamó a la puerta. Abrió mi madre y encontró a un agente de policía que decía traer una carta de la Agencia Antidroga. A mi madre, claro, casi le da un patatús, pensando que su hijo se había convertido en un capo del narcotráfico madrileño o en un yonki irredento. Dentro leyó, tranquilizándose, lo que había ocurrido: que había sido interceptado en la plaza de tal, a la hora cual, bebiéndome una lata de Mahou Cinco Estrellas de 33 cl. El Estado me daba dos opciones: o pagaba una multa de 300 euros o me hacía un cursillo de desintoxicación. “De desintoxicación ¿de qué?”, me pregunté, “¿de la cerveza?” Hice oídos sordos a tan necia carta y, como a veces pasa en estos casos, nunca volví a saber más de mis abstemios perseguidores. Mi madre todavía se lamenta, con los ojos inyectados en sangre, de no haber demandado a la Policía por daños y perjuicios, por el susto que le dio el agente antidroga.

 

El año pasado, con motivo de los diez años de vigencia de la ley, nuestros próceres la han endurecido: si antes las multas eran de 300 euros, ahora suben a los 600. Si eres terco y reincides y te vuelven a pillar chumando en la calle, pueden llegar a caerte hasta 1000, que se embolsa el Ayuntamiento. Lo cierto es que, según mi experiencia, beber en la calle no resulta demasiado arriesgado. Aunque los datos de 2011 dicen que durante ese año se levantaron 277 actas diarias por consumo de alcohol en la vía pública. Siempre oye uno la historia del “amigo del primo del vecino” al que le pillaron y la cayó el multón. Pero lo cierto es que si uno no es un descerebrado adolescente montando un botellón plagado de llamativas bolsas de supermercado, minis de plástico, radiantes ríos de orina y botellas de destilados infernales; si uno, en cambio, va con su discreta lata de cerveza, luce cierto desenfado casual y tiene siempre un ojo alerta a los movimientos de las hordas policiacas, puede disfrutar de uno de los grandes placeres de la vida corriendo un riesgo medio-bajo.

 

Estos son alguno de los lugares recomendados para abandonarse a esta actividad:

 

De birras con La Grunge

En los tiempos heroicos, los traseros de las huestes juveniles tomaban esta plaza, ahí donde Triball pierde su nombre, para tomarse una cervecita y una porción de pizza ante los más encantadores atardeceres malasañeros. Hoy, los alegres corrillos se han ido retirando frente al avance de la marea terracil que invade la Plaza de San Ildefonso (también conocida como plaza de la Grunge, por la estatua de la Estudiante, que parece una ídem y que lleva desde 1996 decidiendo si se toma una o se va a casa a estudiar). Aún queda algo de hueco, y como última, aunque agradable opción, tenemos los bancos públicos que se encuentran enfrente de la tienda de alimentación china y el bar de moda, La Bicicleta. Con un poco de suerte uno podrá trabar amistad con indigentes, alcohólicos y otros bucaneros que por ahí repostan. E incluso presenciar una pelea.

 

Plaza heroica

Cuentan los más viejos del lugar que la plaza del Dos de Mayo, de historia ya de por si heroica, albergaba un heroico botellón, una salvajada con hogueras, tambores y kalimotxo a raudales, que cada mañana de fin de semana amanecía recubierta de una especie de ectoplasma viscoso formado por basura, alcohol, fluidos íntimos y sudor. En 2007 las autoridades decidieron acabar con este sindiós etílico-festivo y se montaron unos notables disturbios. La cosa se apaciguó y la plaza, desde entonces, es otra cosa. Se puede beber cerveza discretamente en un ambiente relajado, donde se juntan pequeños grupos de amigos, parejas acarameladas, vecinos que pasean al perro y otros lugareños. El mayor peligro actualmente es que alguno de los abundantes niños que juegan al fútbol por las tardes te reviente el cráneo de un balonazo.

 

Crisol de birras

Lavapiés, ya saben, ese lugar multicultural donde conviven en relativa armonía gentes de todo el mundo formando un crisol de razas. La vigilancia policial de la plaza es fuerte, y no pocas veces los agentes identifican o detienen a los inmigrantes que la utilizan para tomar el fresco. Normalmente el joven nacional no suele tener problemas: se puede beber con cuidado y discreción; además de los bancos de la propia plaza (es difícil encontrar hueco) son recomendables las escaleras al frente del Teatro Valle-Inclán (donde no es raro escuchar una guitarrita al anochecer), o alguno de los pocos bancos que se esconden entre las terrazas de la calle Argumosa, ese puerto pesquero donde el lavapiesero va a ver y a ser visto.

 

Del apocalipsis al mercado de las flores

Si os gustan las experiencias extreme, si queréis conocer a los verdaderos profesionales de este asunto, debéis dejaros caer (nunca mejor dicho) por la plaza de Tirso de Molina. Hace años, antes de la reforma que la ha adecentado un poco, tenía un aspecto post-apocalíptico propio de Mad Max en el que destacaban los verdaderos protagonistas de este lugar: los borrachos y yonkis que pasan el día en su seno. La reforma ha traído hermosas tiendas de flores, parque infantil, fuente y ha renovado el mobiliario urbano. Sin embargo, estos rudos hombres y mujeres de piel curtida y cerebro podrido ahí siguen, y hacen bien, desoyendo las sugerencias de los expertos en urbanismo que tratan de “limpiar” la ciudad a base de paladas de hormigón. Un consejo: podéis utilizar el Lidl de enfrente para abasteceros como lo hacen ellos.

 

En el puto centro

La Puerta del Sol es un lugar idóneo para manifestarse, para sacarse fotos, para que le roben a uno la cartera o para contratar un chapero, pero… ¿beber en plena Puerta del Sol? Pues sí. Es cierto que no es un lugar para echar la tarde con un grupo de amigos, pero si uno quiere tomar una birra solitaria como parada en un viaje nocturno desde Lavapiés/La Latina hasta Malasaña/Chueca o viceversa, sentarse en el borde exterior de las fuentes de Sol es una opción curiosa. A la noche, desde esta atalaya se ven pasar pandillas de guiris borrachos, intervenciones policiales raras, turistas despistados, impersonators de Dora la Exploradora, Papá Pitufo, Darth Vader o Bob Esponja y no es difícil entablar conversación con otros personajes bizarros venidos del extrarradio. Todo con el añadido de que se está, más o menos, en el puto centro de España. O de sus carreteras.

 

Camino se hace al pimplar

Beber andando: ¿por qué no? Madrid está para caminarla, y qué mejor que hacerlo con una cerveza en mano. La cerveza hidrata y contiene carbohidratos que serán una perfecta fuente de energía para nuestra actividad física. Además, como un gran bar, la ciudad está abundantemente equipada de establecimientos de alimentación regentados por chinos en los que es posible, cada pocos metros, avituallarse de más cerveza, en el caso fatal de que nos quedemos sin reservas. Un safari cervecero por las calles del centro nos hará tener una visión más borrosa y mareante de la ya de por sí borrosa y mareante capital.

 

Y recuerda: bebe con moderación, es tu responsabilidad. ¡Y que no te cojan!

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