
El pasado martes 10 de julio, la Marcha Negra llegó a Madrid y se produjo un encuentro entre los diversos sectores populares damnificados por las imposiciones del modelo económico. Un cruce que debería significar el punto de cohesión entre los diferentes espacios de resistencia que han surgido en los últimos años. Hablo del 15M, los sindicatos, movimientos okupas, funcionarios y un largo etcétera.
Los mineros avanzaron desde Ciudad Universitaria hasta Sol rodeados por los Bomberos y por miles de personas que veían en ellos la metáfora más clara de la injusticia que representa un Estado capaz de hacer cumplir la ley a rajatabla cuando es un individuo el que incumple sus compromisos contractuales, pero, al mismo tiempo, dejar impune si el que incumple es un banco o el mismísimo gobierno, sea nacional o europeo.
La clase obrera tiene su propia mística hecha de retazos: imágenes, palabras, anécdotas, canciones que sirven para fijar en la imaginería de la cultura popular las “deudas”, “las traiciones”, “la épica” o “el heroísmo” de la clase social mayoritaria e históricamente denostada. Una mística trágica, la de la clase obrera, que apela a un compromiso colectivo presente y futuro mediante la tragedia pasada como deuda ética colectiva.
Esta semana, con la llegada de los mineros a Madrid y la Marcha Negra, hemos vivido un momento destinado a conformar parte de esa mística. Porque, si hace una década alguien creyó en la ilusión de que habían desaparecido las clases sociales ante el nuevo despertar de una clase única, la del consumidor, esa superstición se hizo añicos con la crisis. Y la llegada de los mineros no hizo más que despertar en muchas consciencias de los que alguna vez fueron la clase media urbana, la necesaria identificación con lo que, en el fondo, siempre han sido: parte de la clase obrera.
Esa es una de las funciones fundamentales de esa mística espontánea. Por eso la Marcha Negra parece haber sido un paso de Semana Santa laico, una procesión que reconocía en el problema de los mineros de Asturias y León –el cese de las subvenciones al sector firmada para el 2018 y adelantada al 2012– una metáfora de todo lo prometido y jamás cumplido por nuestros representantes. La prueba descarada de que la mayoría que menos tiene importa mucho menos que la minoría que más acumula. Cosas que ya sabíamos pero que necesitaban sus imágenes y sus sonidos en un contexto contemporáneo, para que dejasen de ser certezas racionales individuales para convertirse en símbolos emocionales colectivos que canalicen el descontento del momento presente. Es lo que tiene la mística.
Un momento clave de la ascética de la clase obrera pero esta vez en Uruguay, fue la fuga masiva de presos políticos de la prisión de Punta Carretas en el año 1971, donde 111 presos del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaro se escaparon de la cárcel a través de un túnel, en lo que es la mayor fuga de una prisión jamás realizada. En el documental Los Malditos Caminos, dirigido por Luis Barone, algunos de aquellos militantes que se escaparon de Punta Carretas cuentan que, mientras cavaban por debajo de las celdas, encontraron otro túnel: aquel que habían cavado los anarquistas españoles Buenaventura Durruti, los hermanos Ascaso y Jover en la década del 30, cuando, luego de varias peripecias por el continente americano, terminaron presos en la misma cárcel uruguaya en la que estaban ahora los militantes Tupamaros y de la cual también escaparon con éxito por el mismo conducto.
Cuando los Tupamaros encontraron el antiguo túnel de los anarcoexpropiadores españoles lo bautizaron Kropotkin en honor al pensador anarquista, y al suyo, el que estaban cavando para que escaparan un centenar de compañeros, lo bautizaron Lenin.
Debajo de una prisión de máxima seguridad dos caminos de la lucha obrera se encontraban a pesar de tener cuarenta años de distancia y todas las probabilidades de éxito en su contra. Cuando el miércoles el presidente Rajoy anunció los recortes más bestiales de la historia de la democracia española, no hizo más que afianzar esa empatía entre sectores perjudicados por el sistema económico. Las marchas posteriores y la violenta represión policial en cada una de ellas, no han hecho más que fijar esa espiritualidad dada en la Marcha Negra y que aúna a los diversos espacios en resistencia. El paso de los mineros por la Gran Vía representó nuestro particular desfile de nazarenos, aquel en el que se expresa de forma colectiva el calvario y la crucifixión de nuestros derechos más básicos. No cabe esperar ahora un Domingo de Resurrección sino luchar por él, porque, a diferencia de la mística cristiana, aquí no hay Dios que garantice profecías, sino pobres mortales intentando construirlas. Pero la historia de la clase obrera nos enseña que nada asegura ese Domingo de Resurrección, ni siquiera la voluntad y el sacrificio, pero que es un asunto de dignidad humana el luchar para que ese domingo llegue después de cualquiera de los negros días que nos tocan vivir.
Uno de los encarcelados del Movimiento Nacional Tupamaro que se escapó de la prisión de Punta Carretas se llamaba José Mujica y, casi cuarenta años después de la célebre fuga masiva, aquel preso político es el presidente de Uruguay.Las políticas sociales y económicas que está impulsando Mujica desde su gobierno eran impensables hace cuarenta años. Tanto, que aquellos que las defendían eran secuestrados y torturados por defenderlas. La historia, en este caso, ha puesto a cada uno en su sitio.
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