Capitán Lágrima, una fantasía de los 90

“Ahora en serio… la música extranjera tiene cosas muy bonitas pero es innecesaria”, decía el Capitán Lágrima, resumiendo porqué su gigantesca e indomable pasión por la música se volcaba devotamente, y con exclusión, en la española. Por: Elena Cabrera.


25 marzo 2014

 

En su casa de Parla había armarios roperos que, en lugar de perchas con trapitos, acumulaban cajas y cajas de singles de toda la historia del pop español. El misterioso ático del chalé de sus padres, donde él vivía, era un museo del pop donde se guardaban, además, cientos de maquetas de todos los grupos que en los 90 comenzaban a abrirse camino. Nombrad uno. Cualquiera. Los Planetas, El Inquilino Comunista, Family, Iluminados, Inoxidables, Silvania, Patrullero Manncuso, Intronautas, Los Navajo, Daily Planet, Corcobado, Los Bichos. Pedro Otero lo tenía todo, los conocía a todos y a todos los amaba. La gran explosión del indie español oscilaba, para él, “entre el notable altísimo y la genialidad flagrante”.

 

Pedro realizaba un fanzine llamado Mis Lágrimas Pop, un programa de radio titulado El Kastillo de las Lágrimas y un servicio de arqueología y rescate de maquetas, directos y discos perdidos llamado el Legado Íntimo que vendía grabados en cassettes y con las reconocibles portadas fotocopiadas en papel de color, confeccionadas a lo corta y pega punk que caracterizan todas sus obras.

 

Y eso no era lo único. Escribía poesía y la autoeditaba en evocadores fanzines. Intentaba montar grupos o había montado grupos que nadie había escuchado (al menos yo no). Escribía en la revista Spiral y en Mondo Brutto, una publicación de la que era fan fatal, hasta el punto de encuadernarse en cuero sus primeros números de papel amarillo. Montaba sellos discográficos, conciertos, fiestas y entregaba los célebres Premios Jaime a lo mejor del año, unas icónicas litronas de Mahou pintadas de dorado o plateado. En mi salón tengo una, sin abrir, al mejor programa de radio.

 

 

Pedro Otero era el Capitán Lágrima de un escuadrón de personajes oscuros y abollados que, como él, le seguíamos en sus aventuras. Él los renombraba: Teniente Futura, Teniente Nutria… Cuando le conocí, me enamoré de él. Alto y guapo, citaba a Edgar Allan Poe y se sabía de memoria las letras de las canciones de Terry IV. Lo mismo vestía una camisa de seda y un bastón con empuñadura de plata en la mano que una camiseta reivindicando a Los Pecos. Llevaba siempre gafas oscuras y un gran maletín negro de ejecutivo que pesaba mucho. Yo no sabía lo que cargaba en él. “Tienes que subir a las azoteas con nosotros y te lo enseño”, me dijo. Por su espíritu gótico, lo imaginé reclinado en los tejados de Malasaña, con su figura recortada sobre la Luna. Prometí ir un día. Cuando quedamos, o nos encontramos porque era fin de semana y era Malasaña, resultó que “las azoteas” eran los escalones de los portales. Se buscaba uno en el que sentarse, se apoyaba la espalda contra la puerta y abría el maletín, que resultaba estar lleno de bricks de vino barato.

 

El Capitán Lágrima era un beautiful looser en cuyos planes no cabía el hacerse viejo. Por no ser como los demás, no medró como hicieron los otros, esas personas a las que sí conocéis y que compartían con P.O.E (Pedro Otero Ex-Furalita) las mismas lágrimas y risas. Aún reconociendo que pertenecía a cierta clase maldita, rebosaba, en ocasiones, una confianza desmesurada en la música: “¿y cuando al fin fracasemos, vencidos por la edad, la confusión o el tedio? ¿Entonces? Entonces… Nada. No ocurrirá. Una sola canción bonita lo justifica todo. ¡Adelante! Que los cobardes medren en sus poltronas. El mundo será nuestro, al fin”. Esas palabras las escribió para el prólogo de su genial obra Akí 90, un compendio de bandas emergentes en el indie-pop nacional escrito en mitad del incendio, en el temprano 1994, con la intención de anticiparse “a los colorines de Rock de Luxe [sic] y al inminente número 1 de Los Planetas en Onda Madrid”.

 

Hablo de él en pasado porque el Capitán Lágrima ya no vive en Madrid. Se retiró de las azoteas y se refugió en el Norte. Ha puesto en venta su mayor “fetiche pop”, la “legendaria maleta Samsonite” que al parecer data de 1988. Aunque yo la recuerdo llena de alcohol y fanzines con el que celebrar la vida, la música, el amor, todo, Otero explica que “fue el almacén ambulante de todo tipo de tesoros musicales, y en especial vinílicos, entre 1988 y 2002”. Un “museo del pop” que vivió todo tipo de aventuras recorriendo “los principales garitos y salas de conciertos de Madrid… cientos de veces, durante una década y media”. Por ejemplo, “asistió al nacimiento de los principales festivales alternativos, llegando a convertirse en leyenda urbana hasta el punto de recibir una fiesta de homenaje, la Fiesta De Décimo Aniversario de La Maleta, en el segundo invierno de 1998”. Este preciado maletín, por el que os recomiendo pujar, “presenta arañazos visibles, signos inequívocos de sus mil batallas”. Lo mismo que nos pasa a nosotros.

 

 

 

Desde Santander, el Capitán ha vuelto a realizar su Kastillo radiofónico desde el pasado 13 de febrero. Se puede escuchar los jueves de 13 a 16h en la fm de Cantabria (91.6) o en el streaming de Radio Midecan. No hay podcast, por lo que su legado continúa siendo difícil de apresar, residiendo más en la memoria que en la historia.

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Comentarios:

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Jack After says:

La idea y la historia de “las azoteas” son correctas, así como la perplejidad ante el término, pero la palabra exacta que él usaba (y sigue usando, si le dejas) era “las cornisas”. 😉

Julia Ruiz says:

Pero Otero siempre fue como algo falto, no? Vendiendo chuminás… hasta cajetillas de tabaco… y esa tripa.. esa tripa…

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