CARABANCHEL, ¿QUIÉN ERES? (CAPÍTULO 1)

UN RELATO DE SABINA URRACA. CARTEL DE INICIO: SEPA.


18 septiembre 2015

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CAPÍTULO 1: EL MONSTRUO

 

Llevo sólo un mes viviendo en Carabanchel cuando aparece una mañana, escrito en un muro de la calle. Paso por allí de camino a comprar un pollo. Al principio son sólo unos trazos débiles. Cuando vuelvo a pasar, con la bolsa de oferta de pollo humeante con patatas fritas a 4,80 euros rozándome la pierna, las letras ya están nítidas, como si la pared supurara tinta gradualmente. Y comprendo. Porque esto ya lo he visto yo. El fantasma de Canterville, las caras de Bélmez: casas que claman por algo sucedido hace tiempo, manchas de sangre que no se pueden borrar. Un barrio que ruega. Carabanchel aúlla oscuras fantasías desde sus paredes de granito.

 

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Porque no es un carabanchelero loco quien pide. Es el propio barrio, como ente materializado en forma de gigante sucio y feroz, quien grita de deseo y pide a gritos el sacrificio. Entiendo que es como un secuestro. Una nota de secuestro sin letricas recortadas de revistas ni hostias de esas. La pintura negra, el trazo firme: poca broma. Deben personarse allí, con discreción, y mejor de noche: un grupo de negros, hombres y maricones solos. No sabemos si quiere por un lado negros en grupo, y por otro lado hombres, así, a en general, españolitos blancos, heteros, respetables padres de familia. Y luego los maricones solos. En realidad no sabemos si tienen que ser negros que estén solos y que sean maricones, todo junto. ¿Pero cómo vamos a hacer para que estén en grupo y solos al mismo tiempo? Eso a la bestia le da igual. Apañaos, ruge. ACERTAD. DADME MI MIERDA. Una vez reunido el grupo, la pared-boca del barriomonstruo, se abrirá y los engullirá, demostrando su supremacía, dejando ver quién la tiene más grande.

 

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Y después seguirá pidiendo. Porque es así, le gusta tenernos en vilo. “Estoy aquí, no os olvidéis. Soy un monstruo hambriento y tenéis que darme los caramelitos que pido. Si no, puedo explotar en cualquier momento”.

 

Le encanta recordarnos su omnipresencia en forma de pequeñas señales. El otro día, por ejemplo, fui a un bar castizo de estos de porrón en el cartel y chorizos colgados. Bocacalle de General Ricardos. Estaba regentado en su totalidad por chinos. Chinos rodeados de zarajos y gallinejas. Pedí un mosto.

 

-¿Un MONSTRUO? -me dijo el chino.

 

Lo miré. Sus ojos estaban vacíos. Era CARABANCHEL, tomando su cuerpo, quien hablaba. Temblé.

 

-No, un mosto.

 

Terminé tomándome un Sandeivid tibio en la barra, con las piernas flojas y el corazón a mil. En el Sandeivid flotaba una mosca muerta. La saqué y echó a  volar, seca y viva. Ah, Carabanchel, cómo te gusta pavonearte de tus poderes.

 

Cuando el alma del ente Carabanchel sale a flote, quedan impregnadas paredes y suelos con sus deseos y manifestaciones. Juro que una vez vi una pota, un vómito bien fresco, supurar directamente del suelo, filtrarse desde el alma del barrio a mis pies. Hace una semana, el rostro del cantante de merengue Félix Manuel sufrió las consecuencias de la ira del monstruo queriendo alcanzarnos.

 

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Carabanchel, bestia consentida. Cuando no se le cumple el capricho, tiene una pataleta. Y yo temo que provoque una tragedia, que el Manzanares se desborde, llevándose TODO por delante, asolando la Pradera de San Isidro, el palacio de Vista Alegre, los locutorios, los clubes con putas dominicanas aburridas en la puerta, las lavanderías, los rincones latinos, los bares castizos regentados por chinos, un concierto entero de la Sonora Dinamita, los admiradores de El Rey del Despecho, las fans de Adolecent’s. Imagino flotando en agua sucia los cuerpos de Rosendo, adolescentes chino-madrileños que ya decían “ejque”, gitanos que vendían ajos en una esquina, los carteles de desayuno que ofrecían ricos “corrosans” y se me encoge el alma.

 

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Temo que no responder a sus caprichos provoque un desajuste en la constelación que rige la armonía del barrio. Porque yo adoro este poblacho. No quiero que ni una micra de todo esto se esfume. Amo a ese niño gordo gitano que vi el otro día en el DÍA de Matilde Hernández. Sostenía entre sus manitas rollizas un chopped tamaño extralarge, lo alargaba hacia su padre y decía: “Papa, mira esto. Papa, ¿lo compramos?”. En sus ojitos brillantes se leía un SÍ profundo a todo. Ese niño era el mesías de la abundancia y la vida que fluye por estas calles. Nadie lo diría, pero aquí la cosa FUNCIONA. Hay señores que protegen los nidos de los gorriones y que prometen darle una paliza al que los rompa, porque “qué más me da una semana más en Alcalá Meco”.

 

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Y además, está el anuncio, este anuncio:

 

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Aún no lo he hecho, pero tenía planeado llamarla, pagarle lo que cobra, invitarla a un café, mirarla a los ojos bien profundo y decirle: “Cuéntamelo todo”. Danos tiempo, monstruo, danos tiempo. Quedan muchas cosas por hacer aquí.

 

Vivir en Carabanchel es como habitar una ciudad situada sobre un epicentro sísmico que se mantiene intacta gracias a un equilibrio mágico. El barrio se destruye y renace de sus propias cenizas constantemente. Cierra una copistería y se abre en su lugar un bar latino, y justo en el local de al lado se cierra un bar latino y abre una copistería. Todo aquí son reencarnaciones. ¿Qué fue hace años el local de Diseño 2000? Le pregunto a una señora y me dice que algo de Hacienda. Dentro de seis meses será un local de salsa.

 

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Lo precioso de este equilibrio es que puede romperse en cualquier momento. Es como el novio loco de la adolescencia, ese depresivo que habla de suicidio todo el tiempo en las letras en inglés inventado de su grupo jevi. Lo bonito es su fragilidad, cómo te besa mientras mira de reojo las cuchillas de afeitar y los barbitúricos. Se puede acabar en cualquier momento, y eso te pone el amor a mil.

 

Carabanchel es así: sucio, ansioso, hirviente, precario. Acaricia al monstruo, dulcifica su odio. Dale sus vicios, hazle pajas que lo amansen. Sí, Carabanchel, prometo llevarte empanadillas chinas. Sí, Carabanchel, si tú quieres, echo otra partida a la tragaperras. No me importa arrastrarme por el suelo si hace falta. Pero por favor, bicho, no rompas todo esto. Porque el niño gitano aún no ha conseguido que le compren su chopped. Porque aún no ha tocado el Rey del Desengaño. Porque todavía no me he tomado un whisky con agua en el Batman Club. Porque mañana pensaba llamar a Superbelluda. Porque es maravilloso.

 

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* Próximamente, el capítulo 2 de este relato en imágenes sobre el barrio de Carabanchel.

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Comentarios:

Añadir comentario
Patricia says:

Poderosa imagen la de este barrio sucio y caleidoscópico.
Esperando el siguiente capítulo con ganas.

Raquel says:

Os dejo el mismo comentario que os he puesto en facebook:
Me parece lamentable que alguien defina el barrio donde me he criado y he vivido durante 38 años como sucio, ansioso, hirviente y precario. Creo que esas palabras únicamente pueden venir, efectivamente, de alguien que solo lo conoce desde hace unas semanas.

Desde la época en que al decir que eras de Carabanchel lo primero que te espetaban era “Ah, ¡donde la cárcel!, me he pasado la vida defendiendo mi barrio (con todo el orgullo del mundo) ante gente que ni siquiera lo había pisado.

Es fácil acercarse a los sitios más negros de cada lugar, hablar de pintadas, putas, basura.. Claro que hay pintadas, putas y basura en Carabanchel. Pero no se debería generalizar para hablar del lugar de residencia de más de 270.000 personas (¿lo haríamos con Segovia?).

Supongo que escribir sobre los parques, el legado artístico, la historia de Carabanchel,.. no tiene tanto tirón, una lástima…

Lola says:

Aparte de todo esto Carabanchel tiene mucho más que todo este batiburrillo pedante que has soltado, espero que te hayas quedado agusto, desde luego se nota que no eres de Carabanchel, vete por donde hayas venido que sobras más que los anuncios de putas en mi coche.
Si no t gustan los inmigrantes vete a la Moraleja, pero ten cuidao que lo mismo tu vecino es chino. Puro racismo lo tuyo.

Patricia says:

Viva el mostro de Carabanchel!!

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