Carabanchel, ¿quién eres? (Capítulo 2)

UN RELATO DE SABINA URRACA. CARTEL DE INICIO: SEPA


30 septiembre 2015

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Hay niñas que quieren ir a Los Ángeles porque han visto a Miley Cirus meneando el ojete por Santa Mónica. Yo soñaba con ir a Carabanchel porque había leído “Manolito Gafotas”.

 

Yo, que me estaba criando en una isla, que tenía un huerto y doce gatos a los que vestía con ropa de muñeca, que comía plátanos y aguacates cogidos directamente del árbol, sentía una absoluta fascinación por el parque lleno de jeringuillas de Manolito, por ese dulce casticismo de la copita del abuelo en el bar “El Tropezón”, del Paquito Chocolatero en las fiestas. ¿Qué será Paquito Chocolatero? -me preguntaba. Dios, debía ser algo fascinante, una danza exótica; y en efecto, cuando la vi por primera vez, me pareció el súmmum de lo atávico, un meneíto tribal y sectario que abducía las caderas.

 

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Me volví una ridícula total, adorando al Manolito durante meses y copiando sus expresiones. “Mola un pegote”, decía. Y los niños de clase fruncían el ceño y se reían. Mi compañera de pupitre me dijo: “Para ya, tía. Suena raro”. Imagínense. En mi clase ya se decía “tía”, así que no era tan pequeña ya. Estaba clarísimamente malogrando mi preadolescencia, pero todo me daba igual. Mi glándula pituitaria, en lugar de segregar hormonas para que me crecieran las tetas, soltaba una sustancia que me hacía desear vivir en un barrio con cárcel y yonquis, con plaza de toros y madres que llaman a gritos a sus hijos desde el balcón y van los domingos a la peluquería a peinarse.

 

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A veces Manolito llamaba a Yihad, su archienemigo, RATA DE ALCANTARILLA. Lo leí un sábado y no podía esperar al lunes para ir al colegio, montar una bronca y soltárselo a alguien. Me olvidé, y la noche del lunes se lo iba a llamar a mi madre mientras me comía una tortilla francesa, pero me pareció raro llamar eso a una madre. Así que seguí masticando desganada la tortilla de huevos frescos del corral de la vecina mientras soñaba con las salchichas Oscar Mayer que comía Manolito. A partir de entonces, de vez en cuando, en alguna discusión, mi nivel de ira se elevaba y RATA DE ALCANTARILLA venía a mi mente, pero en el último momento siempre me parecía forzado y me lo guardaba.

 

Al llegar a Madrid, ya más crecidita, la ciudad me acogió con su abrazo voraz. Tanto, que hasta que no llevaba unos cuantos años viviendo allí, no me di cuenta de que mi antiguo Paraíso Perdido estaba a seis paradas de metro, de que podía ir en busca de mi Valle Encantado. Y si Madrid me abrazó con furia, Carabanchel se volvió un amante de esos que muerden. Duele un poco, pero gusta.

 

Con los años, la precariedad y la ultragentrificación de los barrios céntricos, una idea empezó a rondarme: no sólo puedo visitar Carabanchel, puedo VIVIR en Carabanchel. El cerebro se me deshacía de gusto. La posibilidad de habitar mi fantasía infantil era puro glamour de torrezno que cruje, cerveza que baja fresca por la garganta y se derrama por las comisuras.

 

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Nos encantó el piso porque en las fotos del anuncio salía el dueño reflejado en un espejo, y porque en el texto ponía: “Perfecto, para entrar a vivir y no ocuparte de nada más”. Nos pareció una bella señal de que, a partir de ahora, tendríamos que ocuparnos sólo de VIVIR, y DE NADA MÁS. Y así fue. Teníamos poco trabajo en ese momento, y nuestro evento culmen de la jornada era caminar de noche por el barrio, litrona en bolsa, traspasando en cada paseo las fronteras del anterior. Así fue como nos encontramos cara a cara con Sylvester y caímos en el juego de pistas chino que nos llevaba de una calle a otra sin saber qué habría al final. En resumen: Éramos felices. Hasta que apareció la rata.

 

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Cuando se lo dijimos al dueño, nos dijo: “¡Ah, sí, Claudia! Entra de vez en cuando en el edificio y no hay manera de quitársela de encima. Una vez fui a enseñarle el piso a unos chicos y ella no se me despegaba de al lado, como un perrillo”. El hijoputa se reía. Nos dio rabia que ya tuviese nombre, porque, a fuerza de echarla, de hacerle barricadas para que no pasase a la cocina y de tener ataques de terror (especialmente yo) porque la oíamos revolver detrás de un mueble, ya la sentíamos un poco nuestra, y la habíamos llamado Némesis. Le pusimos veneno y ya no la oímos más. Como somos dejados por naturaleza, en lugar de apartar muebles sin sentido, decidimos esperar a que oliera. Detrás del mueble que hieda, allí estará su cuerpo muerto. Pero la tía estaba vivísima. Nos enteramos porque le mordió el dedo a mi amado mientras dormíamos. Desperté porque sentí la luz encendiéndose y su voz diciendo: “¿Pero qué coño…?”. Se agarraba el pie. Tenía sangre en el dedo gordo. Como tengo muchas ansias de protagonismo en situaciones de horror y drama, le pregunté angustiada: “¿He sido yo?”. Y ahí oímos corretear a Némesis, alejándose de la escena del crimen con el culo prieto y la boca sabrosona del que se acaba de meter un kebab en vaso entre pecho y espalda.

 

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Al día siguiente, mientras mi amado iba al centro de salud a que le pusiesen la vacuna antirrática, salí a la calle por que no quería encontrarme a solas con Némesis y verme obligada a tener una charla de mujer a mujer. Meditando, comprendí que, si no quería caer en el terror (a veces me descubría pensando: “nunca podremos tener hijos, porque se los comerá la rata”), necesitaba una distracción, algo que mantuviese mi mente alejada del asunto roedor. Y ahí me llevé la mano al bolsillo. La vida a veces es así, como en Harry Potter: cuando más desesperado está Harry, le llega la carta de admisión de Hogwarts. En mi momento de mayor necesidad de evasión, apareció en mi bolsillo un papel que había cogido de la calle unas semanas antes:

 

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Como soy de natural diógenes, lo había guardado. Mi interés era puramente periodístico. Pensaba pagarle lo que cobrase a cambio de tomarnos un café y preguntarle: ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Tienes muchos clientes? ¿Es tuyo todo ese pelo? ¿Puedo tocarlo? La imaginaba contestando tumbada en una cama redonda con cojines de rojo satén, una diosa de pelo negro y lustroso que le cubre todo -espalda, pecho, piernas- mesándose las ingles peludas. La primera vez sonó como si hubiese marcado un número de fax. La segunda vez alguien descolgó. Se oyó un gruñidito. Me presenté a todo correr y expliqué mis propósitos. Escuché una respiración agitada, casi animal, y una voz ronca diciendo:

 

– ¿Pero tú y yo ya nos conocemos, verdad?

 

Colgué aterrada. En mi cabeza sólo pude visualizar una manita rosa muy pequeña descolgando un móvil, y el hocico muerde-dedos abriéndose y cerrándose para susurrar: “¿Tú y yo ya nos conocemos, verdad?”. Tumbada en una cama redonda con cojines de rojo satén, una diosa de pelo negro y lustroso que le cubre todo -espalda, pecho, piernas- mesándose las ingles peludas. Mirándome con sus ojitos roedores. Superbelluda. Némesis.

 

Horrorizada, bajé la mirada al suelo, a la altura de su espíritu:

 

– Némesis, ahí me has dado fuerte…

 

Después alcé la cabeza y, atronando Carabanchel, grité -al fin- con desprecio:

 

…RATA DE ALCANTARILLA.

 

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Si quieres leer la primera parte de este relato sobre Carabanchel, puedes hacerlo en este enlace.

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