Carlos Be: Teatro vivo y auténtico

CARLOS BE ABRE BIEN LOS OJOS PARA APRESAR EL MUNDO. POR ESO HABLAMOS CON ÉL SOBRE TEATRO, SOBRE MADRID Y PRAGA Y ACERCA DE SU FRENÉTICA ACTIVIDAD. POR NICO GRIJALBA


22 julio 2015

Foto: Efecto Niepce.

Foto: Efecto Niepce.

 

Seguramente es su forma de mirar lo que más llama la atención. Entre la timidez y la prudencia, Carlos Be acota, escudriña, entiende que el teatro es un  organismo vivo, un resistente papel al que aplicarle determinadas fuerzas para que de tan noble materia surjan aves, rosas, hipopótamos o cisnes. Carlos Be es un hervidero de ideas, un fabulador que se atusa el bigote y decide si drama o si comedia, si musical de los 80 o teatro al límite para traspasar al respetable. Hablamos con Carlos Be, obviamente, de lo divino y de lo humano, y pensamos en la suerte que tiene la escena madrileña de tenerle en primera línea.

 

Carlos, ¿por qué el teatro?

Quién me lo iba a decir, con el pánico que me daban los escenarios. Ojalá pudiéramos formular la pregunta a la inversa, es decir: “Teatro, ¿por qué Carlos?”, porque más bien creo que el teatro me escogió a mí y no yo a él, de otra forma no se entiende. De pequeño lo pasaba muy mal cuando tenía que salir delante de la clase. En una muestra escolar tuve que recitar de memoria un poema sobre un cisne y sólo recuerdo trabarme al final de primer verso y de ahí en adelante todo fue a trancas y barrancas. Sólo quería acabar, acabar, llegar al último verso, extender los brazos que simbolizaban las alas abiertas del dichoso cisne y acabar. No sé cómo lo logré, pero alcancé el punto final y ahí me quedé plantado, con los brazos abiertos. El profesor me vio tan apurado que me puntuó muy alto y en el momento, y yo me sentí muy mal porque comprendí toda la lástima que le había dado. Hay adultos que no saben traducir las miradas de los niños. Lo que sí me gustaba de niño era escribir y mucho. Aún conservo mi primera novela de cuando tenía 10 u 11 años, “El castillo de Ghoul”, un escrito muy naif sobre la amistad que sigue sorprendiéndome cuando lo revisito. No sé qué argumentos daría el teatro para escogerme, la verdad.

 

Estudiabas medicina, pero dejaste la carrera, no te veías –entiendo-con bata blanca. ¿Se disecciona más y mejor en el teatro?

Me atraían mucho las especialidades de psiquiatría o medicina rural, ésta segunda porque estaba muy condicionado por Kafka. Cursé hasta quinto año, pero lo mío con la escritura era vocacional. A un curso de licenciarme dejé los estudios y me lancé a escribir con todo lo que ello implica: la renuncia, el riesgo, sentirse aventurero en el día a día y llevar una vida poco convencional, sí. Disculpa, no te he respondido a la pregunta: la medicina me ofrecía rentabilizar mis inquietudes; el teatro, vivirlas. Y escogí.

 

Chéjov sí que acabó la carrera y ejerció de médico. Decía algo así como que la medicina era su esposa legal y la literatura su amante. ¿Con quién te casas tú? ¿O vas por libre?

Lo importante es mantenerse fiel a uno mismo.

 

Mantienes una relación de amor con la ciudad de Praga. ¿De dónde nace tu pasión checa?

“Pasión checa” es una bonita forma de describirlo. Se alinearon el amor, lo enigmático, la Meca del Teatro que es como se conoce a Praga entre los “divadelníky”, los teatreros… Está todo conectado. Lo más sorprendente es que entrase en la escena checa a través de mis textos, no por quién era o a quién conocía, pues no dejaba de ser un desconocido recién llegado a la ciudad. Llamar a lo que sucedió “a puerta fría” es poco, aquello fue “a puerta congelada”. Una obra mía llegó a manos de un teatro privado, se enamoraron de la propuesta y me contrataron para dirigirla con intérprete. En ese país la obra habla por el artista y no al revés, algo para quitarse el sombrero. Así que allí estrené “Origami” en 2010 y ya van cinco estrenos hasta la fecha.

 

Por cierto, estando en Praga estuve en una representación de teatro negro un poco chusca, pero terriblemente mágica, por lo que tenía de ceremonia…

En Praga no deja de haber de todo, como en cualquier parte. Yo he visto el mejor teatro de títeres de mi vida a cero grados de temperatura en un sótano con goteras y una sola bombilla colgando del techo, la compañía nos mantenía vivos con chupitos de aguardiente; o un musical extraordinario interpretado en su totalidad encima de la barra de un bar sobre la repercusión de los Backstreet Boys en los veinteañeros procedentes de pueblos con marcadas tendencias comunistas; espectáculos de danza en la lavandería de un hospital psiquiátrico… Para mí es un honor que me hayan estrenado y me sigan estrenando allí. La ciudad está abierta al teatro, vamos.

 

¿Es el teatro el último ritual con fuerza?

No creo que sea el último, cualquier arte escénica tiene el don de hacernos trascender, pero, en cualquier caso, como decía Pasolini, el teatro es un rito, sí. Lo es y debería serlo siempre, o intentarlo al menos.

 

Es difícil etiquetar tu dramaturgia. Te atreves con todo.

El teatro y la escritura me permiten aprender y reflexionar sobre la realidad a través de la ficción y hay mucho que aprender y reflexionar, así que intento no quedarme dando vueltas sobre lo mismo. No quiero convertirme en un producto de mí mismo, de eso ya hay mucho.

 

¿Cómo es tu proceso de creación?

La parte del proceso que más tiempo me ocupa ocurre principalmente en mi cabeza, durante aproximadamente veinticuatro, veinticinco o más horas al día. Luego, el ponerme a escribir, aunque no lo parezca, es más una cuestión de resistencia física y mental porque, aunque en comparación implique mucho menos tiempo, ahí sí que hay que movilizar emociones, cargar las palabras, conseguir esas frases que salen por la boca procedentes directamente del alma, retorcer la ficción para que la realidad se acomode en ella… Es tan satisfactorio como agotador. Y luego a corregir, lo más pesado de todo e igual de imprescindible que cualquier otra fase.

 

¿Te has censurado alguna vez?

No, de hecho todo lo contrario: he llegado a escandalizarme a mí mismo. Con pasajes de “La caja Pilcik” o “El niño herido”, por ejemplo, en el momento de escribirlas y también al releerlas. Con Peceras no me escandalicé al escribirla ni al montarla, pero sí cuando vi los rostros del público durante la función por primera vez. Ese día, lo recuerdo perfectamente, decidí que ya tocaba un poco de comedia y surgió “Elepé”.

 

Peceras

 

¿Es lícito pensar que el teatro cambiará el mundo o es directamente una indecencia?

Muy lícito, aunque nunca debe ser algo previsto, intencionado. Tiene que estar desprovisto de ego, vamos. Es como el actor que al interpretar, en vez de disfrutar del personaje, se exhibe ante el público. Entonces sí es una indecencia.

 

The Zombie Company es la compañía que montas con Fran Arráez; tenéis hasta un manifiesto fundacional. ¿Cuál es vuestra máxima más importante?

Ser nosotros mismos. Es el punto dos: “Haz lo que realmente creas y aboga por la autenticidad como tarjeta de presentación”. Es difícil y es que para ser como los demás no tienes que quererte tanto como para ser uno mismo. Ah, y el punto cuatro, la cita de Stoppard, también está muy bien: “Nunca asesines un proyecto a golpe de aplauso”.

 

España es puro teatro, no me cabe duda. Pero, ¿y Madrid?

Este agosto se cumplen cuatro años de mi llegada a la capital. Desde mi poca experiencia como residente en la ciudad, sólo puedo decir que Madrid es un gran hogar para la gente que no tiene hogar. La capital se ha portado muy bien conmigo.

 

¿Cuál es el mejor escenario de esta ciudad?

Las dos de la noche. A las dos de la noche, esta ciudad deja de ser real y se convierte en un teatro.

 

Carlos, ¿odias algo, en este momento?

En general, la desigualdad. Me considero una persona con bastante buen temple, pero hay situaciones que me sacan de quicio y salto como por resorte, es para verme, mis amigos se ríen mucho a toro pasado, dicen que no se imaginaban que yo pudiera reaccionar así. Al respecto, corre por internet un meme con el que me identifico plenamente, dice así: “Nunca confundas mi silencio con ignorancia, mi calma con aceptación, mi amabilidad con debilidad”.

 

Y algo amarás, danos una pista…

El talento me fascina, la sinceridad me azora, la inocencia me sobrecoge, la inteligencia me excita. Una mirada diferente, un pensamiento que reluce, la gente que vive un paso por delante del presente. Todo eso amo.

 

Recuerda a Jarry, montado en su bicicleta, y portando una pistola. ¿Hay que tener cuidado con los poetas?

Lamentablemente, sospecho que ya no. Esas pistolas, los duelos y demás reforzaban su imagen, pero ahora somos demasiados y muy sistematizados. Hay muchas instituciones y empresas levantadas a nuestro alrededor que instrumentalizan el talento y el arte. Si alguien porta una pistola, son ellas, y apuntan a nuestras sienes.

 

¿Y al público? ¿Siempre hay que respetarle?

Siempre. No estoy de acuerdo con complacerle, pero sí hay que respetarle. Me parece que es lo suyo. Imagínate la situación inversa, que el público fuera al teatro con la intención de faltarnos al respeto. A priori es una aberración.

 

¿En qué andas ahora?

A finales de julio repito en Frinje Madrid, esta vez con el estreno absoluto de “Añicos”, una obra basada en el caso del pederasta de Ciudad Lineal interpretada por David González, Carlos López, Sara Moraleda y Raquel Pérez. Será el debut como director de Pablo M. Bravo. Estoy expectante por ver el montaje. Aparte, y también en julio, imparto un taller de escritura e interpretación junto con Fran Arráez en Biribó Teatro, y de cara a septiembre voy a encargarme de la programación teatral de un espacio muy singular en pleno Madrid de los Austrias, el Café del Kosako.

 

Carlos Be. ¿Tú palabra favorita que empiece por esa letra?

“Behetría” es una palabra muy interesante. Define unas comunidades que existieron en torno al siglo XI en España en las cuales sus miembros eran libres para escoger como representante a quien mejor los tratara. Otra acepción del mismo término es “confusión o desorden”, y es como bauticé a la sección de mi página web que uso a modo de cajón de sastre. Otra palabra que me atrae es “bigotría”, galicismo, creo, considerado el peor mal de la humanidad y que, curiosamente, la RAE aún no recoge. Pero mi favorita es “beletría”. La descubrí en una librería de segunda mano en Praga y me encariñé enseguida de ella. Esta palabra hace referencia al género de la ficción y también al amor por las bellas letras. Me encariñé tanto que yo mismo me defino como “beletrista” y Sara Luesma, nuestra productora en “Añicos”, le dio otra vuelta de tuerca cuando le preguntaron qué le había parecido el texto. Ella, sin más, respondió: “Es un beletrismo”. 

 

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* La obra “Añicos“, escrita por Carlos Be, puede verse en el festival Frinje durante los días 23 y 24 de julio a las 20h.

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