Chup chup

No está bien juzgar el indie de los 90 con criterios del antisistema de los 10. Por Elena Cabrera.


04 febrero 2014

Los Planetas en la Sala Maravillas. Foto: gelatinepez.com

 

He contado en más de una ocasión lo siguiente: en una tarde de principios de los 90 estoy hablando con Víctor Malsonando (hoy le conoceréis como Víctor Lenore) y con Pedro Otero (hoy no le conoceréis, pero los que fuimos amigos del Capitán Lágrima no concebimos el indie de los 90 sin su guía y su compañía) sobre la Sala Maravillas, a la que nunca había ido. Ya no puedo atribuir correctamente las siguientes frases a uno o a otro, pero podría asegurar que ambos estaban de acuerdo en lo que decían. ¿Cómo es posible que no hayas ido nunca?, me preguntaron. Es un templo, añadieron felices. Es un lugar en el que habría que echar un colchón al suelo e irse a vivir en él, para no tener que salir nunca de allí, dijeron. Los conciertos cuestan 500 pesetas y puedes permitirte ir a ver cualquier grupo, lo conozcas o no, dejarte sorprender, la mayoría de los que tocan allí sólo tienen maquetas, la música que pinchan es genial y la cerveza es barata. Todos estos argumentos los lanzaban atropelladamente mientras sonreían. De eso sí no me puedo olvidar, de cómo sonreían.

 

Los que teníamos 20 años en 1995 y formábamos parte de esa escena musical que llamamos indie español éramos universitarios, vivíamos acomodadamente con nuestros padres que nos habían protegido criándonos con cuanto producto cultural hubiéramos deseado hasta entonces y esperábamos con tranquilidad un futuro de bienestar largamente anticipado. Habíamos nacido en democracia y nada nos la arrebataría. Estaba tan consolidada como cualquier otro principio que rigiera nuestra ideología: la izquierda es mejor que la derecha, el dinero está bien pero no lo es todo, molan más los vinilos que los cedés, lo anglosajón es mejor que lo español, la independencia es lo alternativo al mainstream pero si el mainstream es permeable a nosotros, podemos entrar ahí y ser indies, usar el dinero a nuestro favor.

 

No recuerdo mayor preocupación en referencia al dinero que la de conseguir reunir el suficiente para pagar la imprenta del fanzine o la de no poder comprar más de un disco a la semana o, en el peor de los casos, al mes. Estudiábamos, pero también hacíamos algún pequeño trabajo, y escribíamos en la prensa, y nos pagaban por ello. Todo eso era suficiente.

 

Ahora nos avergüenza, o al menos a mí, no haber dudado jamás de que esa ficción de seguridad era una burbuja. Vivíamos en el capitalismo e incluso en el capitalismo sin ser capaces de entender qué era una cosa o la otra, tan fundidos estábamos en él que resultaba invisible, que éramos nosotros mismos.

 

Este día, como algunos otros días, me he cruzado por las calles de mi barrio con Francisco Nixon (algunos le recordaréis como Fran de Australian Blonde) y he observado con disimulo su barba, su mirada austera, su delgadez, su edad. He pensado, mientras le veía ascender por la acera de enfrente, lo que escribe en su blog (“yo no sé si el indie es de derechas”) y le he recordado mucho más joven, como yo también lo era, con el pelo largo y la sonrisa grande, aunque a veces el gesto también recio, cantando Chup chup en la Sala Maravillas. Hubiera querido pararle y preguntarle, igual un día lo hago, si es que hoy es capaz de escribir un libro (Aprendiz de kung-fú) pero de aquella cantábamos chup chup porque no teníamos nada que decir. Y aunque no teníamos qué decir, queríamos decir, porque aquella escena se caracterizaba por la sensación de que cualquiera podía salir ahí a decir algo (montar un grupo, un sello, un fanzine) y con el tiempo queda el gran vacío de que pudiendo decir no decíamos nada. Como votar por ejercer el voto. Como si tan sólo el medio fuera el mensaje. (Posteriormente, en los tiempos del meme y de la postpostmodernidad, alguien dijo que el medio es el masaje y al final piensas si es que la ironía tampoco es, en verdad, un mensaje que sirva más allá que a la gloria del mensajero). No es que nos faltara cultura, conciencia política o responsabilidad social. Es que no las necesitábamos para lo que estábamos haciendo. Cuestionábamos las formas, nunca el mensaje.

 

Escribo esto en el contexto del debate sobre si la visión adecuada de la música es aquella que se deja atravesar por la política. Escribió el otro día mi amigo Javier Pulido que “es penoso limitar tus gustos musicales, cinematográficos y literarios en función del criterio político, o abulia, del artista”. Desde luego, es penoso. Pero a mi entender lo es (Pulido discrepará) porque no podemos trasladar nuestra abulia o nuestro criterio político al artista, cuando a quien pertenece es al crítico. Como periodista cultural, me he propuesto no juzgar la calidad política de un mensaje (si es que este esperpento de frase tiene sentido), sino juzgar políticamente. Y cuando digo políticamente estoy hablando de economía, de marco simbólico y de contexto sociocultural. Mío, y del hecho cultural sobre el que escribo.

 

Es decir, no hablo de política como lo hizo Francisco Nixon en Rockdelux cuando apuntó que “los únicos que piensan que la política lo es todo son los totalitaristas”, a pesar de que quise entender que lo decía porque equipara política a discurso siendo discurso, en este caso, sinónimo de canción y canción, por qué no, sinónimo de diálogo público. Lo que entiendo por escribir políticamente es ser consciente del lugar desde el que se escribe, aunque nos cueste entender el lugar desde el que lo hizo el otro. Escribir políticamente es ser consciente de la duda y asumir, no disimular, la contradicción.

 

Como mujeres y hombres desclasados, empobrecidos pero amarrados aún al arte y la cultura como tabla de salvación para una vida más llevadera, tenemos derecho a interpretar atravesados como estamos por una crisis devastadora. No tiene sentido negar lo que fuimos y lo que dijimos porque lo que hoy somos (personas desterradas, frágiles, vulnerables) responde a aquello que fuimos y de lo que he hablado al principio de este artículo. Los que no han vivido esta conversión por su juventud o porque jamás gozaron de la protección del bienestar interpretan de otra manera, quizás no desde el shock, como nosotros. Lo hacen desde un lugar más estable y desde el que saben que, más abajo, no se puede caer. Pretender que somos como ellos, nos llevará al ridículo una y otra vez, por mucho que lo hagamos desde revistas que molen. Y nos pondrán a parir en Twitter, que lo sepáis.

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