Circuitos: un buen pistoletazo de salida

Durante estos días, y hasta el 19 de marzo, se puede visitar la exposición de la XXVII Edición Circuitos de Artes Plásticas 2016 que busca dar visibilidad a jóvenes artistas de la Comunidad de Madrid. Analizamos el papel de este concurso y repasamos las obras ganadoras. Por Nerea Ubieto.


28 Febrero 2017

La exposición que acoge la Sala de Arte Joven de la Avenida de América es el resultado de la convocatoria Circuitos de Artes Plásticas -más conocida como “Circuitos”- , una iniciativa bastante antigua (se puso en marcha en 1988), pero puntera, que busca dar visibilidad a jóvenes creadores residentes en la Comunidad de Madrid. El premio consiste en diez ayudas para la producción de obra, la presente muestra y el correspondiente catálogo, muy recomendable, que todavía podéis conseguir gratuitamente si no os demoráis demasiado en ir a verla. Estas cosas vuelan.

 

Lo cierto es que el certamen funciona y ha adquirido reconocimiento con el paso de los años. Se presentan muchos artistas porque lo entienden como una antesala a futuras oportunidades y, de hecho, es así. Muy probablemente veremos al 50% de estos artistas en las próximas ediciones de “Generaciones” en La Casa Encendida, un escalafón más dentro del ranking que permite el acceso al codiciado mundo del arte. Y digo codiciado no porque sea maravilloso (a veces sí), sino por lo difícil que es entrar en él. En este sentido, el título de “Circuitos” está muy bien traído, puesto que el concurso facilita la entrada de los creadores en la pista de juego. Para los comisarios es una cita imprescindible ya que suele proveernos de algún que otro descubrimiento.

 

Françoise Vanneraud. “Pensar como una montaña”.

 

Volviendo al comisariado, en esta ocasión la elegida para la labor ha sido Virginia Torrente, también presente en el jurado. En este tipo de convocatorias, realizar un comisariado no es nada fácil, puesto que hay que construir un discurso con obras dadas. Teniendo en cuenta el riesgo, la solución de Virginia Torrente me ha parecido muy apropiada y honesta, cito: “el discurso del comisario en esta exposición es absolutamente silencioso, se limita a mostrar sin teorizar. Sin posibilidad ninguna de llevar a un terreno propio los trabajos de estos diez artistas, estando simplemente a su servicio para que los muestren al espectador de la mejor manera. Darles voz, sin opinar

 

Y ahora vamos con los creadores, que para eso son los protagonistas. El reparto, por fortuna, ha sido bastante equitativo, seis mujeres y cuatro hombres. En cuanto a las obras, de formatos muy heterogéneos, cada una ha encontrado su lugar en la sala. Me referiré a ellas según me las he ido encontrando. Nada más entrar se impone la monumental escultura de Françoise Vanneraud, un dibujo que se sale de su marco habitual para invadir el espacio tridimensional. Pensar como una montaña reflexiona sobre la transformación del paisaje a través de nuestra mirada y nos invita a plantearnos hasta dónde podemos hacer llegar la imaginación para satisfacer nuestro deseo. Justo enfrente, se ubican las fotografías de Andrés Pachón pertenecientes a “The Fletcher Series”. El trabajo parte de negativos de placa de vidrio de principios del siglo XX, pertenecientes al Archivo Fotográfico del Centro de la Imagen de Lima. Mediante un proceso de “borrado” nos presenta unos espacios ambiguos e idealizados –atrezo usado en los estudios fotográficos limeños– que evidencian una forma de colonización propia de la modernidad en la que se anulaba cualquier tipo de representación local. Por otro lado, encontramos una colección de imágenes con los actores de estos escenarios donde se nos muestra los retoques a los que eran sometidas las figuras para responder a las tendencias retratistas de la época. El enigma y la atracción insólita prevalece al observar estas fotografías.

 

Andrés Pachón. “The Fletcher Series”, vista de la instalación. Fotografía: Arantxa Boyero.

 

Javier Rodríguez Lozano. “Enlaces de escarabajo”.

 

Antes de correr la cortina negra que permite el acceso a una habitación oscura, me topo con una delicada pieza incrustada en la pared. Se trata de una de las intervenciones de Javier Rodríguez Lozano que forman parte de su obra “Enlaces de escarabajo”. Estas pequeñas esculturas de técnica mixta, distribuidas por toda la sala, son amalgamas de colores que mezclan elementos del resto de piezas de la exposición: “un pequeño souvenir de Madrid que emerge de una textura magmática”. Al entrar en la sala negra, descubro la obra de “El oráculo” de Ana Esteve Reig, un vídeo en el que tres monos responden a una serie de preguntas sobre el futuro que reciben desde un iPhone. No sin falta de humor, el proyecto reflexiona sobre la construcción de la propia historia del hombre, haciendo que nos cuestionemos qué es lo que realmente nos diferencia de los animales y si estamos usando nuestras cualidades lo mejor que podemos.

 

En la salita independiente situada nada más entrar a la izquierda, la instalación de Denica Veselinova, “NotMakeSense”, nos invita a dirigirnos a cinco personas que esperan ser interpeladas. Al construir una frase delante del micrófono, la voz del espectador se distorsiona y sus receptores expresan falta de entendimiento a través de sus gestos: una manera de hacerle tomar conciencia de la diversidad cultural y de la dificultad de comunicación del migrante al llegar a un nuevo país.

 

Denica Veselinova. “NotMakeSense”. Fotografía: Arantxa Boyero.

 

Ana Esteve Reig. “El oráculo”.

 

Nada más subir las escaleras, la obra de Alejandro S. Garrido, “Un lugar sin refugio”, consiste en una serie de fotografías en blanco y negro con la Gran Vía de Madrid como protagonista. Las imágenes, sobrias en su composición, nos muestran el paisaje urbano al que los habitantes nos enfrentamos a diario y sobre el que se dibujan las tensiones y procesos propios del sistema neoliberal: gentrificación, turistificación, prostitución, etc. Compartiendo el mismo espacio están la exquisita obra de Julia Llerena, “Pensamiento”, la sugerente videoinstalación de Cristina Mejias, “Twice Upon a Time” y los sorprendentes lienzos de Federico Miró, “La densidad de la urdimbre”. La primera agrupa objetos que va recogiendo cotidianamente para formar una frase de Derrida que habla del pensamiento arquitectónico; la segunda hace referencia a la construcción, transmisión y rastro de las historias, a través de la superposición de escenas que se afectan unas a otras; y el tercero parte del estudio de lo artesanal y la tradición del bordado para generar paisajes abstractos, casi hipnóticos, en los que poder adentrarnos.

 

Por último, cerrando la exposición, el vídeo de Sofía Montenegro, “Incautos”, parte de unas fotografías policiales que la artista ha coleccionado durante los últimos dos años para desplazarlas al terreno de lo artístico y someterlas a un proceso de evaluación y de comisariado. Se ponen de manifiesto así, las semejanzas entre los dos roles de “comisariar” en una actividad llena de contradicciones.

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