Cityscapes: otras maneras de vivir

Hay otras fórmulas de sociedad, lejanas a las predominantes. En la exposición Cityscapes se entra en cinco fábulas mediante el trabajo visual de destacados artistas internacionales. Desde Joel Sternfeld hasta Jane Campion, Txema Salvans, Guy Tillim o Antonio Xoubanova. Hasta el 13 de octubre en la 5ª planta del Centro Cibeles. Por Lara Alcz. Miranda


18 septiembre 2013

Foto de Joel Sternfeld

 

La búsqueda de las ciudades inteligentes coincide en muchas ocasiones con la construcción de comunidades utópicas para la vida. En Sweet Earth de Joel Sternfeld se acude a una muestra documental de estos nuevos conceptos de habitación, unas veces más contemporáneos y otras ya asentados desde finales del siglo XX. Centrándose en Estados Unidos, uno de los países con mayor índice poblacional del mundo, donde las grandes urbes son el centro de todo el tejemaneje económico y social, una serie de núcleos habitacionales han ido surgiendo como vía de escape alternativa al modo de vida sistemático.

 

Arquitecturas realizadas a partir de materiales reciclados o de nueva planta, cada comunidad levanta sus viviendas desde un concepto independiente, inspirados cuyo objetivo es el cambio. Desde colectivos y sectas religiosas que encuentran su salvación de la perversión moderna en el campo, hasta grupos ecologistas que fabrican sus casas con ruedas de neumático ya usadas, Sternfeld hace un retrato de las historias paralelas al McDonalds, a la hipoteca, los transgénicos y la contaminación acústica.

 

Cada una de las fotografías, presentadas casi como un foto libro relata la historia de los grupos que habitan estas colonias. Algunas tan curiosas como las de la Mansión de la comunidad Oneida, en Oneida, Nueva York, liderados por John Humpfrey Noyes, altamente religiosa y comunista, quienes creían que la gente podía ser perfecta simplemente aceptando a Cristo en sus almas. Esto parecía bastante razonable, cristianamente hablando, pero todo lo que seguía a esa simple premisa era radical hasta el punto de la herejía católica. Dios era ambos, hombre y mujer, y por lo tanto la comunidad era gobernada por igual por los dos sexos. Cada miembro debía amar por igual a todos los integrantes de la comunidad, incluído sexualmente. Consideraban el matrimonio monógamo una tiranía, un “egoísmo de dos”, y fue remplazado por la familia ampliada, a la que llamaron “matrimonio complejo”. Finalmente desarrolló una jerarquía en la que los miembros más espirituales tenían más acceso al contacto sexual (Noyes se suponía el más elevado – qué raro, no?-). Los embarazos no deseados se evitaban mediante “la continencia masculina” (aqui me asalta una pregunta ¿tendrá Ana Mato algún pariente Oneida?) . Para mantener unida la emotividad que se asociaba al matrimonio complejo, los miembros se comprometían en la “crítica mutua”en la que la persona de la que se hablaba mantenía su silencio mientras se analizaban abiertamente los aspectos de su ser.

 

Esta comunidad funcionaba bien, prosperó en Oneida desde 1848 hasta 1881. En 1867 se introdujo un experimento eugenístico llamado estirpicultura: un comité decidía quien debía procrear con quién. Finalmente la comunidad terminó por disolverse, dejando la siguiente sentencia “En verdad, como un día verá y reconocerá el mundo , (nosotros) no hemos sido espiritualistas que buscaban el placer, sino arquitectos sociales, con elevados objetivos religiosos y morales, cuyos experimentos y discursos hemos sinceramente creído que serían de valor probado para la humanidad”.

 

Otras de las historias que se pueden ver en la exposición son más ecológicas y menos oscuras, como la de Tolstoy Farms. Su nombre procede de un asentamiento histórico fundado en 1910 a las afueras de Johannesburgo, por Mahatma Gandhi, como una base para los activistas por la paz. Un concepto que nace en 1963 con Huw “Piper” Williams, activista pacifista. A partir de una parcela familiar se desarrolla un concepto de producción sostenible en una comunidad situada en Davenport en Washington, que comenzó en un terreno de 80 acres y poco a poco se extendió a unas 160 acres. En principio los primeros en adherirse a la comunidad fueron amigos del fundador y con el tiempo fueron uniéndose otras personas que buscaban un modo de vida alternativo al “modo de vida cristiano”- o así lo denominaron ellos-. Se abastecen energéticamente por medio del sol y los residentes tienen sus propias casas, pero comparten el valle, que es cuidado y atendido por todos los habitantes. Todos sus productos tienen un certificado orgánico y ecológico que llevan en el mercado desde hace ya treinta años. Dentro del grupo ninguno de los integrantes es forzado a abandonar, sino que existe un principio de respeto y libertad, según el cual, además deben de colaborar y dejar las diferencias a parte entre todos para poder trabajar juntos y mantener la tierra fértil y activa. Hoy por hoy, Tolstoy Farm sigue en activo.

 

Por último, en la exposición llama extremadamente la atención una fotografía que muestra una gran casa en madera oscura, con formas que recuerdan a la arquitectura rusa, cúpulas bulbosas que hacen pensar en una atmósfera legendaria que rodea el lugar. No tan alejado de esa idea, creció el Instituto Gesundheit. Este peculiar lugar resulta ser un centro médico, un hospital situado a las afueras de Hillsboro en Virginia Occidental, fundado en 1972 por Hunter Patch Adams. El hospital se crea con el objetivo de distanciarse de todo lo que rodeaba el sistema sanitario, y por lo que aún hoy sigue rodeando la sanidad, basándose sólo en la generosidad y la solidaridad. La risa es su medicina para hacer más llevadera la estancia a los pacientes, y un equipo de payasos supone el equipo médico. Estos profesionales han viajado incluso a zonas conflictivas para trabajar con niños y niñas refugiadas en Bosnia, y a orfanatos para niños con VIH en Sudáfrica.

 

Foto: Txema Salvans

 

Las obras expuestas relatan muchas historias más, todas curiosas, de las que fácilmente podemos pensar a priori que cada una da para película. Sin embargo, probablemente, lo que menos les interese a sus habitantes sea aparecer en películas, series o cualquier otro medio que produzca dinero por medio del sistema del que han intentado escapar por todos los medios. Estos ciudadanos de la utopía, ¿son la muestra viviente de que el sistema puede ser otro y funcionar? ¿es a caso la prueba de que cuanto más pequeña es una comunidad, mejor funciona? ¿o la historia que justifica que el éxodo rural ya es un fenómeno que los jóvenes adoptan? . Esto último es totalmente cierto, y es que cada vez más los biznietos vuelven a las tierras donde dejaron clavadas las azadas sus abuelos en vista de que la ciudad además de empobrecerte, no genera, mientras que el campo, siempre responde si es bien cuidado.

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Lali Madeleine says:

Genial. 🙂

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