Cómo sobrevivir en una piscina pública

El verano en Madrid es muy caluroso y mucha gente acude a las piscinas públicas para refrescarse. Pero si vas de indie como yo, seguro que te cuesta adentrarte entre las multitudes que las frecuentan. Así que he intentado hacer un trabajo de campo: he ido a una de ellas y esto es lo que ha pasado. Por David Linares


22 julio 2016

Foto: Daniel Lobo.

Foto: Daniel Lobo.

 

Es una mañana de verano, el termómetro marca treinta y siete grados y el aire acondicionado de mi casa no funciona porque… ¡No tengo aire acondicionado! He tomado la decisión de no poner el ventilador que compré en el chino, porque suena como el accidentado helicóptero en el que volaban Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre aquella gloriosa tarde de 2005. (Estoy pensando que después de esta última frase ya nunca podré ser concejal. Así que la retiro. Quiero ser concejal). Me derrito a tope, colegas. Abro el congelador para meter la cabeza, pero no puedo porque lo tengo hasta arriba de comida no identificada. Inicio sesión en Netflix e intento buscar una de esas “películas fresquitas” que se ven en verano pero es que no soporto a Jennifer Aniston. Estoy jodido, amigos, y no hay alternativa: tengo que ir a una piscina pública.

 

Elijo una al azar a la que poder llegar en transporte público. Preparo una mochila con todo lo necesario para pasar la jornada en un lugar salvaje con altos niveles de cloro. Me llevo chanclas, toalla, bañador, bocadillo de jamón, botella de agua y un libro bien gordo de David Foster Wallace para marcar la diferencia con los que estén leyendo la Cuore. “Yo voy a la piscina pública pero no soy como vosotros, ¿sabes?”, me imagino diciendo mientras me miro al espejo por última vez antes de salir de casa.

 

Al llegar allí, pago mi entrada en la taquilla y entro a un vestuario en el que me encuentro a un señor desnudo con unos testículos colganderos que pendulan mientras camina. La imagen es tan desagradable como hipnótica. Por supuesto, no dejo de mirarlos hasta que los pierdo en el horizonte. Me cambio rápidamente y salgo al césped triunfal, como si fuera Cristiano Ronaldo en la final de la Eurocopa.

 

El momento más complicado cuando llegas a una piscina pública es elegir el sitio en el que vas a desplegar tu toalla. Debes decidir bien a tus vecinos porque de ellos puede depender que el día sea apacible o una auténtica pesadilla. Y es ahí cuando tienes que elegir de entre todas las opciones: la familia con niños gritones, las chonis que se hacen selfies, los tronistas de cejas hiperdepiladas que vociferan, los musculados en speedos, los musculados con barba… No me decido, así que me voy lejos, detrás de un árbol frondoso. Prefiero que me cague una paloma que estar cerca de la fauna piscinera. ¿Por qué no existirá una piscina del silencio como ocurre con algunos vagones del AVE?

 

Aunque estoy lo más alejado posible de la multitud, no es suficiente y tengo que enfrentarme a algunos retos. El primero, hacer notar que me molesta el pie que tengo justo a la altura de la cara cuando me tumbo. La persona que está detrás de mí ha decidido que debo ver de cerca el estado de sus uñas. Y para librarme de esto tengo una técnica infalible: ponerme de lado y toser muy fuerte junto a su pie. Toser es el arma perfecta para apartar gente de tu camino. Tosed siempre que podáis, me lo vais a agradecer.

 

Y ya que he llegado hasta aquí, me armo de valor y decido meterme en el agua. Esto es un momento incómodo, porque ahora tengo que volver a pasar al lado de todas a esas personas a las que he despellejado mentalmente. Esquivo una toalla, sorteo a un niño, me tropiezo con unas chanclas con la bandera de Brasil y, al fin, llego a la orilla de hormigón. Me siento, meto los pies y antes de zambullirme digo en alto: “este año sí que han echado ese líquido que se pone rojo cuando alguien mea en el agua”. Lo repito otra vez para asegurarme de que lo ha escuchado una señora que lleva mucho tiempo parada y con la mirada perdida.

 

El agua está a buena temperatura y confío en que todos los que están dentro hayan llegado bien aseados a la piscina. Cierro la boca con fuerza para controlar lo que dejo entrar en mi organismo. El nivel de cloro es tan alto que sería capaz de acabar con cualquier germen o bacteria. Eso me da seguridad. La química me da seguridad siempre. Dos niños se tiran en bomba a mi lado. Me esfuerzo y sonrío, aunque lo hago con un ojo cerrado por el agua que me ha golpeado en la cara. Pero se vuelven a tirar más cerca de mí y entonces ya no sonrío. Y me agobio. Y comienzo a ver señoras paradas con la mirada perdida por todas partes. Decenas. Cientos. Miles. Y a mi mente vienen los huevos colgaderos que pendulan, pero ahora son gigantes, como dibujados por Dalí. Así que salgo corriendo y me raspo la rodilla con el bordillo de hormigón. Los musculados me miran porque ellos nunca se raspan la rodilla. Las chonis me hacen una foto para Snapchat. Así que corro hacía mi toalla, cojo mis cosas y salgo corriendo mientras pido un Uber que me salve de esta pesadilla piscinera.

 

Cómo sobrevivir en una piscina pública. Pues mira, no lo sé, porque yo no he sido capaz. Que llegue ya el otoño, por favor.

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