La receta para salir de la crisis no la saben ni los de derecha ni los de izquierda, si no los de abajo, es decir, los no-muertos, y también Hernán Migoya. Por Elena Cabrera.

---
27 enero 2012

El título de este artículo sería en realidad Confesiones de un escritor zombie, pero no dejaremos que la realidad nos estropee un buen titular. Ese que veis en las fotos que acompañan este artículo es, sí, Hernán Migoya, aunque le recordaréis más apuesto en anteriores intervenciones públicas.

 

Hernán ya no es aquel redactor de El Víbora que traducía a Peter Bagge, guionizaba historietas y hacía fanzines erótico-exóticos. Migoya es, a ver si nos enteramos, un señor escritor al que Ediciones B le publica las novelas, por muy sangrientas que estas sean. Porque leer cómo José Luis Rodríguez Zapatero, poseído de una desatada voracidad zombie, le desgarra los pezones a Leire Pajín es algo que no ocurre todos los días.

 

Se llama Una, grande y zombie, como nuestra España, y es un libro que este país necesita para salir de la crisis. No sé si de la económica, pero sí de la moral, cuyo virus biempensante se expande como pandemia religiosa, paralizando nuestras más salvajes distopías.

 

Migoya se confiesa en esta encantadora sección de la señorita Cabrera.

 

¿Cuántas novelas se te ocurren viendo una rueda de prensa tras el consejo de ministros de los viernes?

En mi vida he visto una rueda de prensa de esas. ¿Estás loca? Me moriría de aburrimiento: me compadezco de esos pobres periodistas que tienen que cubrirlas, debe ser la muerte en vida. Se me ocurren muchas novelas en todo momento y situación: pero lo que casi siempre invento son títulos interesantes y a veces escribo historias a partir de ellos. Por ejemplo, en los tebeos de Nuevas Hazañas Bélicas que ahora mismo guionizo, el dedicado a la División Azul se titula Unidos en la División; y el dedicado a un atentado republicano contra Franco y Hitler, Dos águilas de un tiro. Han tenido tanto éxito que ya estoy preparando seis historias más y algunas las imagino partiendo del título: la primera, Evasión o Vitoria, irá sobre un carlista que intenta fugarse del penal alavés donde está encerrado durante la Guerra Civil…

 

Y en concreto, Una, grande y zombi, ¿cuándo se te ocurrió?

Creo que se me ocurrió como manera de desahogarme ante tanta frustración y rabia acumuladas al constatar la corrupción sistemáticamente arraigada en este país: el cinco a cuatro del juicio de Camps sintetiza para mí toda la Historia de España. Descubrir que el Ministerio de Cultura y las instituciones cinematográficas ocultan los muchos fraudes relacionados con las subvenciones y no hacen nada por expurgarlos; que los medios de comunicación no están dispuestos a denunciar todo lo que de podrido ocurre en este país; y que nuestros representantes políticos rezuman picaresca porque en el fondo son un reflejo moral del pueblo que los elige… Todo eso me hizo comprender que el único lugar donde yo podía vengarme de tanta cobardía, mezquindad y mediocridad colectivas era en la ficción. A Ediciones B le encantó que el punto de partida de la novela fuese que la única esperanza para el futuro de España y su salida de la crisis consistiera en que su población se hiciese zombi. La verdad es que la novela me ha servido de maravillosa catarsis y también me lo he pasado de fábula escribiéndola, porque es una obra que, pese a hablar de la España de hoy, encaja perfectamente en la definición de “novela escapista”: escapista para el lector y para mí. Creo que es la novela que más me ha divertido escribir… y probablemente por eso la gente dice que se divierte tanto leyéndola.

 

Hernan Miyoga en plena campaña electoral, totalmente libre de photoshop. (Fotos de David Campos.
Diseño de Ramón Ponsati. Maquillaje de Concha Rodríguez).

 

¿Todavía te preguntas por qué a alguien no se le ocurrió hablar de lo que tú hablas y escribir una novela como esta? ¿O en realidad no te lo preguntas porque piensas que, en general, no hay huevos para hacerlo?

Nuestra élite cultural (intelectuales, escritores, críticos, artistas) es en general, y con sus loables excepciones, muy cobarde y connivente con las tendencias biempensantes y falsamente moralistas. Por un lado, muchos no se atreven a meterse en camisas sociales de once varas, porque en realidad lo que les importa es el prestigio: se mueren por el reconocimiento institucional, y ese reconocimiento es imposible obtenerlo si haces el tipo de novela que yo hago, un tipo de novela claramente anti-cultura institucional y anti-poder establecido, que se mete a cuatro manos en la realidad de los españoles intentando no imponer un sesgo ni izquierdista ni derechista, pero cuestionando a TODOS.

 

Yo soy un escritor molesto e incómodo, incluso para la crítica: los periodistas no se atreven a escribir que les gustan los libros de Hernán Migoya. En las entrevistas, muchos me dicen off the record que les encantan mis novelas, pero luego no lo dicen en sus artículos: tiran del manido “polémico escritor”, porque así no ponen en peligro su estatus. Yo ya he renunciado a un reconocimiento de la intelligentzia cultural española, porque lo que yo hago es hurgar en nuestra mierda: yo escribo para el lector del futuro, aunque sea uno solo, que dentro de mil años, rebuscando en un vertedero, encuentre alguna novela mía sin cubierta, y la lea sin saber quién la escribió y diga: “Joder, así es como eran de verdad”.

 

Otra cuestión es que a los españoles nos encanta aparentar: los autores quieren ALEJARSE del pueblo, no acercarse a él, porque en realidad muchos menosprecian a la masa, por mucho que se las den de demócratas. Entre demasiados escritores aún rige la norma de que lo que le gusta a mucha gente no puede ser bueno y que, cuanto más se distancien de los gustos del populacho, más cool son. Ojo, seguro que hay muchos escritores que hacen cosas maravillosas sobre ideas más abstractas que las mías y que no tienen por qué estar interesados en las cosas que a mí me interesan. Yo ahora me he hecho muy fan de Maria del Mar Bonet, ¡pero antes pasaron veinte años en que jamás hubiera pensado que me interesaría un pijo! Son momentos adecuados que acaban llegando y victorias sobre prejuicios propios. Todos tenemos que luchar contra nosotros mismos para ser mejores.

 

 

Pero también, por suerte, aquí existen autores de distinto signo, como Arturo Pérez Reverte o Albert Sánchez Pinyol, que escriben y manifiestan públicamente lo que les da la real gana: esa sinceridad suya, casi punkie, es un oasis entre tanto cinismo estúpido y risilla condescendiente de los escritores “cortesanos”. Y luego, afrontémoslo: en nuestro panorama cultural, simplemente abundan los bobos. ¡Si hasta Javier Cercas se pone a llorar como un quinceañero porque le llaman putero! ¿Pero qué tipo de intelectual es ése? ¡A llorar a tu casa, panoli!

 

Pronto veremos la ciudad empapelada con estos carteles

Por si acaso en la pregunta anterior no me lo contestas, seré más directa en ésta: ¿qué opinas de los temas de los que escriben tus escritores contemporáneos?

Es que no leo a casi ningún escritor contemporáneo, o al menos de mi generación. No por menosprecio o porque crea que son malos, yo estoy seguro de que los hay buenísimos. Pero en el mundo cultural todo el mundo se conoce y es muy fácil adquirir prejuicios sobre lo recién publicado o los autores en boga, sólo porque uno te cayó mal o se tiró a la redactora editorial que te molaba. Yo prefiero esperar siempre varios años antes de acercarme a un autor actual, para enfocarlo sin ideas premeditadas. A Bolaños lo leeré dentro de una década, imagino. Y los coetáneos que leo es más por descubrir rutas estilísticas y usos del castellano que por verdadero interés en lo que me cuentan: hay demasiado escritor sin experiencia vital y académico, que lo ha aprendido todo a través de otros libros, y que intenta impresionar a base de ingenio estéril, quizá para ligar. Últimamente me gustó el devaneo pop de Robert Juan-Cantavella y cuando me pongo cañí, me meto con un Andrés Trapiello. Alucino con los sudacas, eso sí: el peruano Enrique Prochazka es un hito de la literatura hispanoamericana de hoy ¡y ése sí que escribe sobre las mismas cosas que a mí me interesan! Ahora estoy leyendo también a Juan Abreu, que me encanta, porque es un escritor que se nota que practica el sexo, cosa que no suele ser habitual en los escritores españoles. Bueno, él es cubano, igual por eso.

 

No sé si la has leído pero, en el caso de que sí, te pregunto (y habiendo leído yo solo las primeras páginas de la tuya), ¿es Una, grande y zombi una novela como Acceso no autorizado de Belén Gopegui, llegando al mismo destino pero por un camino más cafre?

No tengo ni la más repajolera idea, porque no he leído a Belén, pero si lo dices como elogio, te contestaré que sí. ¡Qué bien que lo hayas notado!

 

En tu cabeza, ¿qué aspecto tiene el apocalipsis?

La amputación de mi pene sería el peor apocalipsis imaginable para mí. A partir de ahí, sí me convertiría en un animal: robaría, mataría y destruiría todo cuanto
encontrara a mi alrededor, porque sabría que ya no podría jamás sentir algo mejor que lo vivido antes. De hecho, mi única satisfacción sería PROVOCAR el apocalipsis en el mundo. Fíjate qué limitado, rencoroso y básico soy. ¡Eso les pasa a los pijos ilustrados por enseñar al pueblo a leer y escribir! Así luego
salen fenómenos como yo…

En cuanto al apocalipsis de la Humanidad, no creo en él: estoy convencido de que, por mucho que se queje la gente, jamás se ha vivido mejor que ahora y que, cuando hagamos de La Tierra un lugar inhabitable, ya tendremos colonias en varias decenas de planetas y nos seguiremos expandiendo como ratas. Para desgracia del Universo, la Humanidad sobrevivirá.

 

Hablamos de “España profunda”, pero, en realidad, ¿cuán profunda es? ¿Cuál es la diferencia entre “España profunda”, “Barcelona posa’t guapa”, “Murcia qué bella eres” o “De Madrid al cielo”?

Qué buena pregunta (y profunda): mira, yo siempre he sido mucho más pro-España profunda y popular (y las citas que encabezan cada capítulo de Una, grande y zombi podrían ser buen testimonio de ello) que pro-esnobismo o elitismo cultural, porque el localismo al final es la esencia que nos define y negarlo es impostar lo que no somos. No me cabe en la cabeza que no tenga un solo amigo escritor, guionista, cineasta, dibujante o diseñador con el que poder hablar de Águila Roja o de La oreja de Van Gogh. ¡Fenómenos culturales que consumen millones de personas, y yo entre ellas! Pues nunca hallo con quien poder hablar de esos temas: ¡me siento tan solo e incomprendido! Del entorno cultural, a nadie se le ocurre ver Águila Roja (porque siendo española sólo puede ser caspa, dicen) ni escuchar La Oreja de Van Gogh (porque son ñoños, aseguran), aunque luego vean y escuchen sus equivalentes anglosajones. ¡No me digas que la tontería de Sherlock es mucho mejor que cualquier patochada realizada por productoras españolas! Si fuera de aquí, sólo le veríamos los defectos… y mira que los tiene. Para bien y para mal, somos lo que somos y venimos de un país muy concreto: negarlo e ir de sofisticado que únicamente ve series estadounidenses y escucha hip hop porque el reggaetón le horroriza por hortera… a mí me parece que eso SÍ es provinciano. Ese talante despreciativo de lo propio y pendiente sólo del último producto cultural de nuestro imperio colonizador sí delata una actitud profundamente provinciana. Por culpa de ese esnobismo de nuestras élites, no tenemos en un altar el capítulo 4 de Curro Jiménez ni nadie de mi generación recuerda quién es José Mallorquí.

 

En anteriores confesiones: De un editor de tebeos y de un cantautor protesta.

 



Deja un comentario