De Madriz al campo (I)

¿Cómo sobrevive una urbanita madrileña que decide irse a vivir al campo?

Por Sabina Urraca


10 noviembre 2015

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Un día se te pega un chicle a la suela del zapato. Te lo despegas con el borde de la acera, pero la masilla gris sigue ahí. A cada paso, notas cómo te detiene un poco el caminar, cómo el suelo te intenta atrapar. Y entiendes que no es el chicle, sino la propia ciudad, que intenta retenerte como una novia de pueblo que se deja de tomar la píldora para quedarse embarazada y que te cases con ella. Entiéndanme bien: yo amo Madrid. Tanto, que en múltiples aventuras vitales a lo largo del mundo he atacado con garras de puma cada vez que algún personaje no español decía que prefería Barcelona, que Madrid no era tan bonita. Bueno, quizás Madrid no sea tan bonita, pero por lo menos no es TAN BONITA que hace que entres a un bar o a una tienda y te parezca que vas mal vestida y con el pelo sucio (¿No les pasa a ustedes eso en Barcelona? A mí sí. Todo el tiempo). En los bares de Madrid, uno vocifera, se mancha el puño de grasa, se resbala con los cacahueses del suelo, se vomita los bajos del pijama.

 

Yo he meado en el Kilómetro Cero, y eso hace que salga de mi uretra una raíz que me anuda al corazón de la ciudad. Madrid es mi madre y yo soy su nena (una de ellas, porque la capital es una perra loba con múltiples pechos para que todos mamemos). Pero, como toda madre, Madrid puede ser un incordio. Viviendo en su regazo, empecé a escuchar noche tras noche una especie de alarma muy fuerte e insistente que no me dejaba dormir. Una noche, desesperada, me puse el abrigo encima del pijama y salí a buscarla. Como Pulgarcito siguiendo las miguitas, seguía el soniquete del horror, esperando encontrarme con una tienda con la alarma antirrobo estropeada. Di con el semáforo de Embajadores. Era el sonido de aviso para las personas ciegas. Al día siguiente, buscando posibles caminos por los que encauzar mi desesperación, me enteré de que los vecinos habían presentado una queja, pero había sido desestimada. En ciudades europeas más conscientes de la contaminación acústica, es la persona ciega la que pulsa el botón para que el semáforo suene. Pero Madrid, rumbera y caprichosa, es una de esas madres que el jueves te obliga a bajar la música y el viernes se bebe todo el mueble bar, obligándote a bailar con ella en la verbena, cuando tú sólo quieres salir corriendo.

 

La huida de Madrid, para que sea efectiva, debe hacerse al campo. Otras ciudades de provincias son metadona, un placebo de calma para tu agitación. La verde campiña es la única posibilidad de, si no cortar, sí desanudar temporalmente el vínculo con la capital.

 

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El campo, ya saben, es ese territorio verde y agreste que comienza donde acaba el asfalto y continúa a lo largo de valles y montañas pobladas por todo tipo de bestias salvajes y gentes alejadas del mundanal ruido. La primera etapa rural está llena de explicaciones. Una no se siente del todo instalada hasta que ha contestado, uno por uno, a todos sus seres queridos y conocidos. A grandes rasgos, hay dos tipos de preguntas:

 

1: “¿Te has ido al campo? ¿Por qué? ¿PARA QUÉ?”

 

2: “¡Enhorabuena! Te admiro. Yo también querría hacer eso”.

 

Al escuchar esta última afirmación, perdonen que les diga, no puedo evitar que mi mes de asilvestramiento me dote de cierto poder para hablar con suficiencia y bramar: ¿Ah, sí? ¿Estás seguro de que tú también querrías hacer esto? ¿Tú también querrías caminar a medianoche hacia tu casa por un bosquecillo, siguiendo sin querer las huellas de un jabalí, sabiendo que hay otro atrás porque lo escuchas hozar con su morro en la tierra fresca, y sin poder dejar de avanzar ni retroceder, encerrada en un sandwich jabaliesco en el que tú eres el embutido y ellos los panes?

 

Y es que en el campo la muchacha urbana se inunda de miedos, incertidumbre y consejos contradictorios de los lugareños. Me dicen que si oigo un rezongar tiranosáurico y destructor entre la maleza, no tengo más que gritar “RUCA, RUCA, MARRANO” con potencia, y los jabalines saldrán corriendo. Otros me indican que silbe muy fuerte. Esa misma noche, oigo a una señora que camina por el bosquecillo dando palmadas para espantarlos. Yo, en cuanto cae la tarde, empiezo a oírlos por todas partes. A veces son realmente ellos, a veces sólo mis tripas retorciéndose de miedo. Descubro además que el terror me otorga poderes sobrehumanos. Veo una negra sombra que avanza hacia mí y de pronto estoy retrepada a la copa de un castaño. No me he subido, he aparecido allí arriba. Teletransportación. Guiada por el pavor, me bajo del árbol y sigo andando, mientras mis conjuros antijabalíes se solapan unos con otros, y van del silbido al enumerar en voz alta los nombres de mis amigos, pasando por letras de chotis desenterrados de la memoria por el terror más primario. Mientras, doy palmadas.

 

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Pronto me doy cuenta de que los jabalíes son mis nuevos yonquis de Embajadores. Cuando fui a vivir al distrito de Arganzuela, el camino hasta mi casa me obligaba a pasar por la rotonda de Embajadores, donde los yonquis esperaban, con sus idénticos cuerpos de top model gastada, a que saliera una kunda. Al principio, ignorante de que no hay espécimen más inofensivo que el heroinómano, pasaba por su lado encogida. Al tiempo ya los saludaba y me sabía sus nombres. Con los jabalíes pasa igual. Son sólo urnas depositarias de mis miedos más profundos, el nuevo Hombre del Saco. Y entonces respiro, y dejo de dar palmadas, de silbar y de cantar a gritos “Pichi, es el chulo que castiga”.

 

Después está el tema del abandono personal. Lo que más me gusta de vivir en la campiña es que habitas un juego de niños granjeros en el que tú eres tu propio espantapájaros. Me pongo un vestido azul viejo corto con la camiseta de mi grupo favorito encima y de pronto me entra frío y, SIN QUITARME NADA DE LO ANTERIOR, me embuto unos pantalones de pijama rojos, unos calcetines y una rebeca verde, y salgo por la puerta calzándome unos Crocs del número 42 para subir a la acequia.

 

En este clima de no autoexigencia, siento que ciertas partes de mi cerebro se descomprimen. De pronto la obligación de implicarme en actividades culturales y acudir a fiestas y saraos varios se desvanece. Frente a mí se extiende la nada: alguna que otra comida con los vecinos, jugar con sus hijos a que desbrozamos el terreno (¿qué es desbrozar?, pregunté, y me lo explicó muy bien explicado un niño de cuatro años), yacer desnuda al sol tras bañarme en la alberca, etc. Pero a la segunda semana descubro que el campo tiene unos requerimientos, que es exigente, que, si te abandonas, es posible que la maleza te coma y mueras de frío envuelta en hiedra. El bosque no parece fiero, pero es sólo porque avanza MUY LENTAMENTE. Hay que cortar leña, hay que cerrar las ventanas para que las avispas y los pájaros no aniden en tu techo, tienes que cuidar que los jabalíes no destrocen la manguera que lleva agua hasta tu casa, tienes que recoger los caquis y las granadas aunque estés harta de comerlos porque, de no hacerlo, el olor a podredumbre se te pegará al alma… Cuando creo que ya he terminado con las labores de toda granjera mediocre, y que puedo meterme en casa a escribir (que es, en realidad, lo que he venido a hacer) noto unos ojos curiosos que me observan. Un tipo me mira desde el terreno contiguo. Pregunta algo. No le oigo. Lo repite. Algo de coles, dice. Que si no voy a poner un huerto, dice. Un plomo cae sobre mi alma y la hunde como una semilla en el terreno fértil de la autoexigencia. Pero eso, señor vecino, es lo más parecido a una col que pienso plantar.

 

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Los días pasan, y, poco a poco, consigo sacudirme los miedos, podar la hiedra, barrer los higos podridos, desprenderme de la cabeza el pensamiento de “deberías estar currándote un huerto”, ir por el bosque con el pecho henchido de bravura y tronío sin importarme el gruñido del marrano negro. Cuando escucho a uno que se acerca, le digo con desdén “CONTIGO NO, BICHO”, y sigo adelante. Pero de pronto, una noche, oigo desde la cama algo que no es normal: no es un gato, no es un perro, no es un jabalí. Suenan en mi cabeza las palabras de mi vecina María: “Si oyes algo que no tienes ni puta idea de lo que es, es una zorra en celo”. Pero también suena Íker Jiménez diciendo: “¿Qué era aquello? No era hombre, no era bestia. Véanlo ustedes mismos”. Me tapo hasta el cuello con las mantas y Madrid se me antoja Matriz. Añoro a ese útero que me acogía con tanto calor. La zorra calla de pronto y reina el silencio abrumador del bosque. Me voy calmando y empiezo a sentir que estoy bien aquí, bajo las pesadas mantas, con la chimenea crepitando al fondo de la habitación. Pero no consigo dormirme hasta que cierro los ojos y mi mente viaja lentamente, borracha de sueño, a una calle oscura. A lo lejos, un haz de luz tricolor y un sonido persistente: es la señal para ciegos del semáforo de Embajadores, que me mece dulcemente hasta que me quedo dormida.

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Comentarios:

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isabel duque says:

Genial, Sabina. Yo, urbanita de toda la vida y que me vine a vivir al campo (no tan campo como el tuyo, pero sí a un sitio por el que solo pasan 5 guaguas al día) hace 34 años, te comprendo: nada hay más ruidoso que los silencios agrestes.
Te deseo toda la suerte del mundo y que nos deleites con todo lo que escribas.
Un abrazo.

Javi says:

No te admiramos, te envidiamos. Besos.

Alberto Txuri says:

Me ha encantado recibir tus noticias.
Me has hecho reír un montón!!!
Y llorar….
…De risa por supuesto.
Sigue trabajando lo que puedas en lo tuyo.
Y viviendo cómo tú lo haces. Improvisando.
El escrito me ha parecido genial y transmite un montón de sensaciones.
Te queremos.
Muchos Besos Sabina.

Eva Secret says:

Buenísimo relato. Yo misma muchas veces me gustaría escapar al campo y tener experiencias como estas tuyas. Yo de cualquier cosa hago una aventura asique imagino que ahi en el campo viviría una tras otra. Me ha encantado….

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