De Madriz al campo (II)

Las criaturas urbanas tenemos un grave problema con respecto a la vida en la campiña, y es que nuestras mentes son tarros rebosantes de clichés cinematográficos. Por Sabina Urraca


11 diciembre 2015

Campo1

 

Actualmente se está produciendo un éxodo brutal de las ciudades al campo. Este éxodo sucede en el momento nocturno y ebrio, ahogado en humo, en el que alguien levanta su dedo de borracho y dice: “Tía, yo lo que quiero es dejar todo esto, irme al campo“. Y eso, lo que se tarda en decirlo, imaginarlo y volver a darle otro tiento al copazo, es lo que dura el éxodo. Aunque a algunos se nos va la mano y nos dura un poco más.

 

Cuando echo la vista atrás, mi recuerdo es que le dije a tanta gente que me iba a ir al campo que finalmente, por orgullo, me vi obligada a hacerlo. Una vez instalada en lo verde, cuando el terror hacia las criaturas del bosque y la certeza de que iba a tener que aprender a manejar una motosierra estrujaron mi orgullo con sus manitas de hiedra trepadora, encontré otra reserva de más orgullo que guardaba por ahí, y seguí aferrada a mi casa de piedra. Hasta que una mañana, al levantarme, encontré un potrillo lamiendo mis platos sucios. Ahí caí de rodillas, rendida a las maravillas del campo, y realmente deseé estar en el lugar que estaba.

 

Campo2

 

Pero, así como la visión de un potro royendo el socarrat de una olla es tierna para la muchacha de ciudad, y motivo para dar palmas y gritos -¡Quita de ahí, bicho!- para el ser campestre, percibí desde el principio que las criaturas urbanas tenemos un grave problema con respecto a la vida en la campiña, y es que nuestras mentes son tarros rebosantes de clichés cinematográficos. Y estos mitos aprendidos en la ciudad, frente a la pantalla plana, perturban la supervivencia en el campo.

 

Es cosa comprobada que los clichés del miedo cristalizan mejor en nuestra mente si se encuentran rodeados de verdor y naturaleza. Vivir en una casa antigua en el campo, llena de pasado y sucesos que los vecinos se empeñan en recordarte CADA VEZ QUE TE VEN TENDIENDO LA ROPA, y que pase algo como que, por ejemplo, un vaso se rompa de pronto en añicos, algo se caiga de golpe o aparezca un pájaro muerto junto a la ventana -todos ellos fenómenos normales de la naturaleza, la física, la vida y la muerte- pueden desencadenar en el urbanita un breve colapso nervioso.

 

Para entendernos: no es lo mismo un columpio vacío balanceándose en el parque de la Plaza de 2 de Mayo que uno que lo hace en el campo, junto a una gran casa de piedra, justo antes de la tormenta. No es igual un objeto que cae al suelo en plena Gran Vía y rueda unos metros para caer por las escaleras de metro, que un objeto que cae en un camino de tierra en cuesta y rueda hasta internarse en el bosque. Y no es lo mismo cuando la casa de piedra y el columpio salen en una pantalla de cine y tú estás viéndolo mientras intentas quitarte lo duro de una palomita que se te ha hincado en la muela, que la casa de piedra sea tu casa y el columpio cuelgue en el árbol que hay justo al lado, y no tengas palomitas porque el pueblo queda muy lejos y hoy no salían autobuses desde la ermita. No es lo mismo, porque soy yo la que me cago de miedo, a solas con ese espíritu de niño que se columpia antes de la tormenta.

 

Había ciertas preguntas básicas que mi subconsciente urbanita puesto en la salmuera de lo audiovisual me lanzaba como dardos cargados de veneno:

 

¿Cómo es posible, que durante esta tormenta se sucedan los relámpagos uno tras otro, y uno de ellos no ilumine súbitamente a una persona a los pies de mi cama? ¿Cómo puede ser que, en este paseo nocturno en el que me alejo del grupo para hacer el último tramo hacia mi casa, no haya alguien esperando para matarme a machetazos? Llego a casa sana, salva y casi decepcionada, echando en falta haber lanzado al aire unos atemorizados “¿hola? ¿hay alguien ahí? ¿hola?”. También me fascina que un tomate que cae de mis manos al salir de la despensa y rueda cuesta abajo hasta adentrarse en el bosquecillo se me represente después en la memoria en un primer plano de tomate rodando hacia el bosque e internándose en él y un plano subjetivo de PRESENCIA DEL BOSQUE que me mira desde dentro, esperando a que me acerque a buscar mi tomate, respirando muy fuerte, como respiran las presencias del bosque.

 

Campo4

 

Este tipo de imágenes mentales, muy bien abonadas con el compost mental de cientos de domingos tragándome las recreaciones chuscas de Cuarto Milenio, estaban a punto de tomar el control mi vida y provocar el retorno definitivo a la ciudad, cuando decidí jugar al mismo juego que mi mente quería jugar. Y me entregué plenamente, a pecho descubierto, como el tonto de pueblo que para resguardarse de la tormenta se abraza a la punta del pararrayos. Simplemente, le di la oportunidad a lo paranormal para que viniese y me abrazase.

 

Mirando atrás, recordé que el fundirme con el espacio ya me había dado buenos frutos en el pasado. Por ejemplo, cuando era pequeña y mis padres decidieron probar a vivir en un pueblo de la montaña, me enfrenté a ese territorio desconocido imaginando que era Holly Hobbie, un personaje de cuento que llevaba vestidos patchwork y andaba en bicicleta, con su gatito siguiéndola detrás. Por culpa de ese mito, casi estrangulo a mi gato Carbón, que, terco como una mula, se negó a seguirme, no quedándome otra opción que atarlo con una cuerda a la parte de atrás de la bici. Luego, cuando nos mudamos a la ciudad, hice frente el nuevo espacio creyéndome Punky Brewster, e iba a la panadería sintiéndome muy segura, con coletas y una pernera del pantalón subida. ¿Por qué no iba a funcionar esta vez? Si el campo jugaba a las películas con mi cabeza, yo también podía jugar a las películas con él.

 

Campo3

 

Pasé horas paseando sola por los caminos, apagué todas las luces durante la tormenta, dejando algún postigo abierto para que golpease con insistencia, y una vela expuesta a las corrientes de aire que se apagase en el momento correcto. Una noche que salí a cerrar la manguera que goteaba, escuché un ruido en el bosque, y entré en él lentamente, con una pelliza vieja que había encontrado en la bodega de mi casa echada sobre los hombros. Soplaba el viento. Las ramas de los árboles, bañadas por la luz de la luna, proyectaban sombras en el suelo. Nada sucedió.

 

Decidí que lo paranormal-campestre no me quería. Eso, o que el campo había empezado a adorarme como yo a él, y no deseaba mi susto y mi mal. Mi mente quedó libre de mitos e imágenes preconcebidas. El columpio que se movía empezó a ser sólo eso: un columpio movido por el viento. Y empecé a vivir en paz.

 

La semana pasada, caminando por la parte alta del barranco, en una zona llena de castaños, me encontré con un hombre. Yo llevaba una cesta con cosas para una amiga vecina que estaba resfriada. El hombre era corpulento, de tupida barba. No sé si me había metido sin querer en su finca, o qué. Me hablaba desde el bancal de arriba, así que tuve que bajarme la capucha del chubasquero rojo para oírle bien. Me preguntó a dónde iba. “A casa de Miriam”, dije. Y qué le llevaba, preguntó también. Con un hilo de voz, respondí: “Un táper de arroz, un trozo de bizcocho y pilas de petaca para la linterna”. Antes de que me preguntase si podía probar el bizcocho, una nueva baraja de mitos se abrió ante mí.

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