Desconfía si no bailan

Juventud, alegría, mujeres,, transgresión y, en definitiva, gente, le faltó al Festival Eñe 2012. Por Elena Cabrera.


29 noviembre 2012

Perdón por el retraso. El festival literario Eñe se celebró el 15, 16 y 17 de noviembre en el Círculo de Bellas Artes, pero aún estamos hablando de ello.

 

Eñe es uno de los eventos que organiza el equipo de gestores culturales La Fábrica, encabezados por Alberto Anaut. Fundada en 1994, La Fábrica lanzó la revista Matador, fundó PHotoEspaña, Notodofilmfest, la web Notodo.com y la revista Eñe. Editan libros de fotografía regularmente y programan otros eventos culturales como La Noche de los Libros o Getafe Negro. Después de verse obligados a aligerar su equipo y trabajar con menos gente, en mayo acometieron una reestructuración de su organigrama, con Claude Bussac y Álvaro Matías como nuevos directores. Hoy han anunciado la apertura de un centro cultural.

 

Eñe, el festival (pero también la revista), está dirigido por Camino Brasa y ha vivido una cuarta edición algo desvencijada, triste incluso, que ambientaba -con su baja asistencia de público y su recorte de autores y actos, el Círculo de Bellas Artes- de una fina neblina que lo volvía confuso, opaco, gastado, frío.

 

A pesar de que el último número de la revista Eñe estaba dedicado a los autores menos de 25, lo raro era ver a uno de ellos, o a un lector menor de 25, pululando por festival. Desde la conferencia inaugural de Eduardo Mendoza a esos cabezas de cartel que fueron Goytisolo, Millás o Guelbenzu, coronados por un muerto homenajeado (Saramago), intuíamos que el perfil de este año no iba a ser el riesgo.

 

Veinte invitados menos -del centenar del año pasado a los 80 de este- se han notado en un programa donde ya no había que elegir entre actos que se solapaban, predominando como formato la lectura ante la conferencia y el debate. El centro de la gravedad de este Eñe se había desplazado al área de la segunda planta donde tenían lugar las lecturas y que llevaba el desafortunado nombre de Zona Chill Out: ni los puffs era cómodos para relajarse ni las condiciones ambientales permitían escuchar con serenidad a los escritores, castigados por el eco y el molesto runrún de todo lo que sucedía alrededor.

 

Con las muñecas acalambradas y los tobillos forzados, busqué mi postura para escuchar de un tirón a Juan Jacinto Muñoz Rengel, Ariana Harwicz y Gabriela Wiener, presentados por un Toño Angulo al que los congregados miraban con odio desde sus cúbicos puffs cuando señalaba sin piedad el fin del tiempo de cada uno de ellos. Inexplicablemente nos quedamos sin escuchar el final del relato de la Wiener, ya que había media hora de vacío hasta la convocatoria de un famoso poeta granadino al que no quise oír, ni hoy ni nunca. Tras arduas labores de periodismo de investigación -que han consistido básicamente en preguntar a la escritora peruana- me entero de que los que nos quedamos sin saber qué tal le sentaría a Gabriela su fin de semana en un taller para gestionar su muerte, podemos leerlo aquí, en Orsai o comprarlo aquí, en Mondadori.

 

Agradecida estoy al Eñe y a Lengua de Trapo por haber traído a mi vida a Ariana Harwicz y su Matate amor, la lectura salvaje más necesaria que he hecho en los últimos tiempos. Ariana se sentó en lo que parecía un artilugio a medio camino entre la silla y el sillón, por el que iban pasando todos los lectores, abrasados por la luz de un potente flexo, y fue leyendo páginas de su novelita. Tantas, y tan corta es, que casi nos leyó todo el libro, como ella misma dijo. Y a mí, que antes de que ella empezase a pasar páginas, ya estaba pensando que me parecía un poco timo esto de venir a que me lean teniendo yo dos ojos y un par de gafas, comprendí que no es lo mismo escuchar sus párrafos en argentino que hacerlo en español. Después de escucharla a ella, el libro tenía un fluir diferente, otro tono.

 

Del Eñe no sé si me gusta o me disgusta el formato ring del Salón de Columnas, donde asistí al combate -mesa redonda, lo llamaban- de editores sobre el futuro del libro, titulado Los retos de la edición. En una esquina y con una potencia escénica incomparable Cristina Fallarás; en el rincón contrario y cargado de dialéctica gallega, Constantino Bértolo; a su derecha, Juan Casamayor, ese editor que vive literal y literariamente del cuento; y a su izquierda Pepo Paz, el siempre silencioso cabecilla de Bartleby, que hizo lo que pudo para pasar desapercibido. La idea para este encuentro fue juntar a una editora que apuesta por el digital puro y nativo (Fallarás por Siguelyendo) con (o contra) tres editores, uno de ellos asalariado (Bértolo por Caballo de Troya, editorial de Random House Mondadori), otro especializado en relato corto (Casamayor por Páginas de Espuma) y un último en poesía (Paz por Bartleby). Resultado: no había nada que comparar. Lo que prometía en un principio una charla a calzón quitado (Bértolo propuso que cada uno dijera lo que gana, y la cosa quedó en que él 45.000, la Fallarás “cero” y los otros dos se callaron, ellos sabrán por qué) acabó en los terrenos comunes de siempre, perdiendo interés a pasos agigantados. Como le wasapeé la tertulia a una amiga escritora que no pudo acudir, copio y pego aquí algunas de mis retransmisiones:

 

 

“Constantino: A mí no me preocupa que la gente no lea, me preocupa lo que lee la gente que lee”.

“Fallarás: Lo bueno del mundo virtual es el boca a boca. Constantino: Pues a mí me preocupan cómo son esas ciertas bocas y orejas”.

“Hay una mujer del público que ha tomado la palabra para decir tonterías y la gente la ha aplaudido (!!!) Constantino se ha puesto a discutirla y ella se ha enfadado. Ella dijo ¿dónde está el lector?, ¿dónde está la cultura?, ¡sólo habláis de vuestro negocio! Fallarás le contesta es que es esta es una mesa de editores. Bértolo responde la cultura está en la lista de los diez libros más vendidos. Y ella, ah, respuestas facilonas no, que yo también puedo. Y él no, si lo decía en serio”.

 

 

Mis amigos periodistas han venido a ver a Enric González y a Kiko Amat. Me parece extraño que no vayan a escuchar a Juan Francisco Ferré, que este año se pregunta si “¿no sería entonces la novela el código idóneo para hackear las claves de un mundo contemporáneo donde ya es imposible distinguir entre la realidad y la ficción?”. No, mis amigos vienen a oír hablar de fútbol y literatura, “del tabú al tópico” y, ya que estamos, a ver qué canciones pincha Kiko Amat.

 

A González se le escuchaba mal y la conversación perdía interés si de la ecuación fútbol y literatura el factor que menos te interesa es el fútbol. También podría haber sido fútbol y periodismo, pues con la salida de Enric de El País, los compañeros pedían mambo. Pero no lo hubo. Amat estuvo leyendo cachos de su novela Eres el mejor, Cienfuegos, un relato por y para periodistas culturales entrando en los 40. Casi yo. Casi mis amigos. A la hora de las canciones, que eran algunas de las que aparecen en su libro, por aquello de aunar música y literatura, quedaban apenas 30 o 40 personas, a manera de colofón pesimista y escaso, nado festivo, de este encuentro literario. Nadie bailaba, que es quizá lo más triste de todo. Yo, en general y en particular, desconfío de los escritores que no bailan, de los editores que no bailan y de los periodistas que no bailan. O igual es que después de los 40, la gente deja de bailar. Miedo me da. Malo será.

Gabriela Wiener: "Todos tenemos tumbas desde las que viajar". (Foto: E. C.)

 

Luis Goytisolo en el Eñe hablando con Ignacio Echevarría, que no sale en la foto. (Foto: Julio César González )

Ariana Harwicz: "¿Cómo es que yo, una mujer débil y enfermiza que sueña con un cuchillo en la mano, era la madre y la esposa de esos dos individuos?" (Foto: E.C.)

 

La librería del Eñe, a cargo de Antonio Machado. (Foto: Julio César González)

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