Diarios de verano: “En agosto nos quedamos trabajando (I)”

Inauguramos nuestros “Diarios de Verano” de este 2014 con un inquietante relato de ciencia ficción en dos capítulos ambientado en el Metro de Madrid. Por Nacho Palomitas


08 agosto 2014

metro

 

Dicitur, et vivens alio sub corpore, sexus

Mirifice solito dispungere sanguine menses;

(Tertuliano).

 

[Nota de la autora: Este es un relato de fantasía que empieza con una campaña publicitaria real. A partir de esa excusa argumental, todo es irreal y producto de una mente trastornada por las vacaciones. Ante cualquier parecido con la realidad, griten, griten muy fuerte].

 

En agosto nos quedamos trabajando” era el tétrico mensaje que acompañaba a los pasajeros del metro que se adentraban en la oscuridad ardiente del suburbano para recorrer de manera larvaria Madrid. El anuncio, colocado en casi todas las estaciones, presentaba la imagen alucinada de unos despersonalizados obreros, ciborgs sin sindicato y sin miedo al ERE, fotografiados en contrapicado y colocados sobre cascotes y escombros para dar cuenta de las mejoras que el metro estaba realizando en periodo estival. Anónimos pero ensalzados por la posición de la cámara, sus figuras tenían algo de heroicas y añejas, como si pertenecieran a la portada de una novela de Julio Verne o como si fueran seres mitológicos que representaran al Metro de Madrid, hijo del Positivismo Decimonónico, la Fe en la Técnica y la Especulación Urbana doblegando a Gea, la diosa de la Tierra, para violentarla entre enormes taladros y chispas provocadas por el pedernal (“…mis muros de fuego son”).

 

Sin embargo, la fotografía de los tres trabajadores sin rostro, con las facciones ocultas por cascos y gafas de seguridad, resultaba especialmente inquietante al lado de otro anuncio que invariablemente le acompañaba y que presentaba la fisionomía de una familia de vacaciones (marido-protagonista, mujer-accesorio y 2’5 niños) para una agencia de viajes. Ésta era una gigantesca y espectacular foto familiar que retrataba de manera microscópica cada poro de una piel y de una personalidad bronceada. Una fotografía donde, frente a las anónimas máscaras obreras, se presentaban unas caras individualizadas y coronadas por unos sonrientes molares que reflejaban el sol caribeño. Uno casi podía oler la brisa, sentir el sol y por un momento olvidarse del típico viento africano de Madrid que se colaba en los andenes.

 

Porque la profundidad del metro de Madrid pertenecía, desde luego, a otro reino donde no se veía más sol que el de Vodafone ni más pieles, personalidades o molares que las apagadas. El metro era más bien un recinto monocromo dominado por ese distintivo color de piel amarillento que adquieren los madrileños en agosto y que condensaba el crisol de una ciudad multicultural a la pigmentación universal de la precariedad. Demasiadas horas bajo luces halógenas y fosfóricas habían acabado por erosionar los rasgos más visibles de etnia y género para reducir a los usuarios a una gran masa indiferenciada de seres amarillos y ulcerados, encías de un fumador empedernido.

 

A esa clase social biliosa que son los usuarios del metro iba dirigido un mensaje cuya finalidad estaba más allá de lo puramente práctico para caer en los precisos mecanismos psicológicos que posee toda propaganda. Porque con los trabajos de mantenimiento de agosto, anunciados desde hace meses, el metro intentaba recobrar cierto prestigio en el carácter racional que supone el traslado de grandes cantidades de masas de ciudadanos por el subsuelo. Un carácter lógico que estaba conformado por horarios, trasbordos, tiempos de espera y el correcto funcionamiento de las instalaciones en una intrincada red de saberes que los madrileños gustaban transmitirse unos a otros como ciencias atávicas pero exactas recitadas a la hora del vermut. Sin embargo, el Metro de Madrid como sistema científico destinado al traslado de votantes hacía tiempo que estaba en crisis y la buena gente de Madrid había acabado de convencerse de que acercarse a la entrada del suburbano era asomarse al Abismo.

 

Por los repletos andenes y por las escasas escaleras mecánicas que continuaban renqueando en la epidermis del asfalto madrileño, se oían las leyendas más disparatadas sobre el mal funcionamiento del metro en los últimos años. Se hablaba de un tren que se estropeó en medio de un túnel y que tras varias horas de tener a sus pasajeros secuestrados por un fallo en el suministro los dejaron salir haciendo que un grupo de ellos se perdiera en la confusa red de túneles en la que aún permanecen viviendo en un estado de salvajismo, como una jauría de perros enloquecidos, dispuestos a atacar a los solitarios viajeros de última hora de la noche. Se hablaba de un metro fantasma dirigido por un conductor que enloqueció porque le obligaron  a trabajar durante demasiados días seguidos y que a partir de las once de la noche recorría a toda velocidad la línea circular sin detenerse en ninguna parada alcanzando velocidades increíbles y pudiendo arrollar a otros convoyes. Se hablaba de tiempos de espera de dos o tres horas, de viajeros atrapados en las estaciones cerradas durante toda la noche que se entregaban a orgías caníbales, de desmayos por agotamiento y hambre que colocaban a los viajeros a merced de las locomotoras, de grandes y majestuosas ratas que se alimentaban de la insalubridad de las instalaciones y de una extremista subcontrata de seguridad que se hacía llamar los “X Men”.

 

Muchas de esas habladurías que se oían en agosto de 2014 eran achacadas por los sociólogos y los periódicos del Régimen no tanto a problemas reales con el funcionamiento del mismo, sino al fenómeno conocido como la “feminización del transporte público”: muchas más mujeres que hombres utilizaban la red de transporte público y las eventuales y comprensibles esperas de un metro en obras hacían que éstas formaran pequeños y ruidosos grupos que inventaban y reforzaban estas fantásticas historias.

 

Pero las obras existieron, eran obras reales, tan reales como las esperas. Eso sí, eran mejoras superficiales, cosméticas, llevadas a cabo reutilizando materiales antiguos y defectuosos pensados para ahorrar dinero que, sin embargo o precisamente por ello, precipitaron la catástrofe…

 

* … (Continúa el próximo martes 12). 

13 octubre 2017 by REDACCIÓN

Movistar Likes, experiencias exclusivas para personas únicas


Descubre todo lo que tiene preparado para ti Movistar Likes.


13 septiembre 2017 by redacción

El diseño más contemporáneo en MINIHub


Jorge Penadés habla en MiniHub sobre el diseño más contemporáneo.


09 junio 2017 by GERARD VOLTÀ, YOS PIÑA NARVÁEZ (ERCHXS)

Re-volver: anarchivo-radical, delirios LSD y La Lupe


Dos personas dialogan en una sola voz expresando pensamientos, vivencias, opresiones y activismos en torno a lo queer y al VIH.



Comentarios:

Añadir comentario
Gaelx says:

Pensaba que no podía ser más fan de Nacho Palomitas pero esta faceta suya distópica me ha maravillado!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *