Diarios de verano: “En agosto nos quedamos trabajando (II)”

Segunda parte del relato distópico ambientado en las tripas del suburbano madrileño. Por Nacho Palomitas


12 agosto 2014

7-agosto-1959

 

(Puedes la primera parte de este relato aquí).

 

La zona cero del desastre del metro de 2014 estaba situada en los túneles que rodeaban la parada de metro Ciudad Universitaria, una parada muy transitada por su condición de nave de degüello de almas, mondonguería de saberes y estabulación de parados. Esa zona erosionada por la apatía vacuna de los estudiantes era víctima también de otro mal silencioso y constante: las filtraciones de agua provenientes de los acuíferos y manantiales sobre los que Madrid está legendariamente construida. “Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son, esta es mi insignia y blasón”. Para los ingenieros del metro resultaba novelero ver como el carácter mítico de la ciudad podía llegar a filtrarse por ósmosis al hormigón armado de las infraestructuras hasta levantarlas o romperlas en grietas de las que brotaban cables como yedras.

 

Novelero o no, la cuestión es que en las últimas semanas los cascotes se habían hecho frecuentes y la empresa privada a la que asignaron el mantenimiento del metro sustituía la profesionalidad de la plantilla fija por trabajo precario y los materiales baratos originales por otros incluso más económicos. Por ello, las grandes y finas chapas de metal que iban a reforzar y aislar el túnel principal de la línea 6 que moría en Ciudad Universitaria, se amontonaban en los andenes como formando el exoesquelesto de un fantástico artrópodo gigantesco que se hubiera aburrido hace siglos en un Madrid estepario y deshabitado. Desordenadas, estas planchas podían parecer también los restos de una gigantesca langosta de esas que la prensa reaccionaria decía que eran la dieta principal de funcionarias y trabajadores del metro. Restos de voracidad obrera.

 

Cuando los obreros reales, con unos gustos menos sofisticados y con una presencia más deslucida que los de la publicidad, empezaron las obras de saneamiento del túnel trasladando las chapas y picando las paredes hicieron uno de esos grandes descubrimientos que en las novelas de aventuras hace saltar de alegría al antropólogo jefe con conexiones nazis y codicia de conocimiento. Pero los trabajadores dejaron las caras inexpresivas cuando aquel 8 de agosto de 2014 sacaron a la luz algo ciertamente extraño: descubrieron que bajo la primera capa de hormigón armado se extendían, no sólo unas grandes y previsibles manchas de humedad, sino lo que parecía una especie de tirante piel vegetal. En todas las zonas que picaban volvía a asomar esa membrana vegetal tan tensa y blanquecina que, pese a la dureza del material, permitía ver las rocas comidas por la humedad a través de ella. Un material que tenía el color traslucido de un poto abandonado en un piso sin luz y cuya uniformidad sólo era rota por unas grandes venas que deberían transportar una savia espesa dado el tamaño de las mismas.

 

Evidentemente, unas obras que paralizaban a medio Madrid no se iban a retrasar por un capricho de la naturaleza. Además, la empresa concesionaria no había solicitado un informe de impacto ambiental bajo el pretexto de que era otra empresa del mismo conglomerado la que lo expedía y ese era un trámite fácilmente solucionable. Se tenía prisa y esa prisa justificaba oficialmente que las obras no hubieran salido a subasta pública y se hubieran cerrado con un rápido apretón de manos entre caballeros con la sola exigencia de cumplir unos tiempos muy rigurosos no respetando ningún obstáculo que la Naturaleza o la Historia quisiera poner por medio salvo, eso sí, los de carácter católico. El único impedimento que ponía a la taladradora el Consorcio Regional de Transportes era el chocarse con una imagen sacra enterrada. Una imagen colocada hipotéticamente allí como supuesto testigo mudo de la persecución cristiana en época mora, que habría suspendido inmediatamente las obras y de paso habría justificado un deseo largamente perseguido de “cristianizar” la línea 6 del metro. Y cuando el consorcio de transportes decía cristianizar se refería a construir una gran capilla subterránea y una nueva parada de metro en el lugar del descubrimiento, así como a repartir imágenes de la advocación en cuestión por todas las paradas de la línea circular declarándola patrona de los viajeros de metro.

 

Una imagen de la Virgen era una cosa, pero una dura malla vegetal sin fotosíntesis era desde luego otra muy distinta y muy difícil de explicar con la escasa capacidad calificadora de los responsables de obra a la que acompañaba la urgencia de los ingenieros que dieron luz verde a que éstas continuaran su camino habitual. De este modo, cuando los obreros transportaron los grandes y finos paneles de metal cóncavos dentro del túnel para clavarlos, se desencadenó el desastre. Ante el primer embiste de la taladradora que rompió la capa vegetal con una cierta dificultad, los acontecimientos se sucedieron con la rapidez de una tragedia: de la malla vegetal brotó como si fuera un manantial corrupto un chorro de líquido espeso y oloroso que recordaba a sangre retenida. Su flujo no era constante, sino que era interrumpido por unas negras burbujas solidificadas, cerezas menstruantes, que caían pesadamente a los pies de los operarios carcomiendo rápidamente las botas de seguridad. La curiosidad inicial dio paso a la alarma cuando el agujero, o más bien la herida producida a la malla vegetal, se empezó a abrir en vertical dejando que el líquido, menos consistente que un alga pero más doloroso que una medusa, se abriera paso como una pequeña cascada.

 

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Foto de Pentaxeros.

 

A este acontecimiento prodigioso y miasmático le sucedieron los temblores de tierra que se transmitieron como calambres por todo Madrid. Primero fue la línea 6 pero pronto se intensificaron en la línea 2, mucho más cercana a la superficie, que se revolvió como una culebra decapitada por todo Retiro, provocando que decenas de pesadas ramas cayeran sobre los paseantes, matando a un padre de familia que le explicaba a sus hijos como se transmite el sonido en el lago del Palacio de Cristal y a un hombre joven que perdía el tiempo provechosamente entre los arbustos cercanos al Ángel Caído.

 

No muy lejos de allí, en el epicentro de la voracidad suburbana, el suelo de la parada Vodafone-Sol cedió silenciosamente produciendo un gran agujero del que surgió una burbujeante laguna que expulsaba gases mefíticos que quemaron los pulmones y las tráqueas de los viajeros que corrían desesperadamente a la superficie chafándose unos a otros. A la hecatombe de Vodafone-Sol le siguió la de los grandes intercambiadores y en Príncipe Pío el agujero devoró trenes de cercanías, el gran centro comercial y una parte significativa de la montaña, dejando a la vista los restos de la vieja estación abandonada. En Avenida de América los autobuses verdes y los restos de las escaleras mecánicas se amontonaban pacientemente junto a los vagones de metro a la espera de ser tragados por la laguna espumosa. Caprichosa y diversa como es la naturaleza, a veces esa masa de agua malsana tomaba la forma de un violento geiser como en Callao, a veces era una tranquila marea creciente como en Mar de Cristal, pero en todos los casos se producía el mismo efecto catastrófico: primero el estruendo cuando el muro de hormigón cedía ante las paredes vegetales que se contraían con los mismos movimientos que un colon irritado, llegando en sus convulsiones a aplastar el techo de los vagones. Una vez terminadas las sacudidas que convertían a los andenes en espacios claustrofóbicos, un aterrador silencio cuando las paredes del metro empezaban a excretar gruesas gotas del líquido que acababan en generosos chorros surgidos de las entrañas de la discontinuidad de Mohorovičić, esa misteriosa zona de transición entre la corteza y el manto terrestre.

 

A las pocas horas del inexplicable suceso y con todas las instalaciones del metro de Madrid inservibles, el líquido empezó a disipar su fetidez y a entrar en un proceso de solidificación. Los restos humanos que permanecían sumergidos en él recibieron sepultura en esa especie de alquitrán natural producido por el subsuelo y las autoridades se apresuraron a sellar con olvido, metal, hormigón y ladrillo todas las entradas del suburbano. El espacio subterráneo de Madrid quedó entonces reducido a un gran lago de chapopote que bien hubiese merecido el nombre de Lago Asfaltite, que los griegos daban originalmente al Mar Muerto dadas las minas de Betún que en él se localizaban. La cuestión es que los símiles no acaban aquí, ya que los historiadores antiguos hablaban también del Lago Asfaltite como “lago de Sodoma”, relacionándolo con la metrópoli maldita, y Tito Flavio Josefo, que visitó la zona, explicaba que, como en la ciudad de Madrid, en sus alrededores crecían frutos de muy buen aspecto que se convertían en polvo al morderlos.

 

Un caluroso día de agosto de 2014, el pueblo de Madrid se levantó con sabor de ceniza en la boca para descubrirse no sólo con una parte importante de la población mermada, sino con su principal sistema de transporte desmantelado por una gran catástrofe. Y consecuentemente el pueblo de Madrid se echó a la calle, no para manifestar su descontento y repulsa democrática, sino para iniciar una larga y lenta caminata hasta sus lugares de trabajo. Los trabajadores de Madrid con su ciudad subterránea desmantelada marchaban al frente arrastrando los pies y sin poder mirar atrás, como una Edith que huía de Sodoma pasto de las llamas. Parecía que si alguien miraba atrás para recordar que algún día hubo transporte público se convertiría en estatua de sal, por lo que la única opción era mirar hacia delante. Y delante de ellos sólo quedaban los rascacielos de la Castellana, de Plaza Castilla y los que florecieron en otras zonas, ya que ante el desmantelamiento del transporte y el caos urbano que produjo un metro inservible, la casta dirigente decidió condensar sus negocios y viviendas en altura en vistosas y seguras ciudades verticales. Para adaptarse a los nuevos tiempos y atraer a los turistas con el llamamiento de esa fantástica arquitectura vertical, se procedió a cambiar el lema de la ciudad que ahora lucía a la entrada de todos los complejos económicos: “Fui sobre miasmas edificada, mis muros de hormigón y cristal son, esta es mi insignia y blasón“.

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