Diarios de Verano: Me quedo contigo

Se acaba el verano y con él nuestros “Diarios” dedicados a esta estación. Cerramos la temporada estival 2014 con este relato que habla sobre volver a Madrid después de un tiempo fuera y sobre como, vayas donde vayas, esta ciudad siempre se acaba echando de menos. Por Isabel Beldad


29 agosto 2014

viva-madrid-que-es-mi-pueblo-img-96468

 

Llegaba yo al aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas después de pasar un año en Brighton, Inglaterra. Hacía un calor atroz y llevaba manga larga. También 40 kg de equipaje que conseguí descargar en un taxi que me llevó a casa. Dentro no paraba de hablar con el taxista (¡en español!) como si el espíritu de una monologuista se hubiera apoderado de mí. Charlábamos de las altas temperaturas, de la situación de los taxistas, también me pregunta sobre los alquileres y el precio de la vida en Inglaterra, decía que quería ir a Londres de visita. El viaje se pasó volando con tanta conversación. Ya en casa, sin mucha intención de reubicarme (empanarme contemplando mi habitación, besar al gato —porque no tengo—, o ver las noticias), me duché y me lancé a las calles. Aunque era miércoles, había una fiesta a la que ya había dicho que iría. Al llegar a Lavapiés, después de los abrazos y las bienvenidas, contemplé las calles y plazas llenas de gente y vida, tránsito de personas, jaleo; ¡pero si es solo miércoles! Veía alegría invadiendo esas plazas y calles. Tenía la sensación de que toda esa gente de las terrazas hablaba de sentimientos y emociones en alto y sin parar. Quizás estuvieran hablando de la cosa más anodina del mundo; del trabajo, o de los supermercados que les pillan más cerca de casa, pero para mí todo eran conversaciones sobre sentimientos y emociones. Me parecía prácticamente igual a esta escena de la serie Portlandia:

 

 

Tanto tiempo combatiendo los estereotipos culturales para ahora arrastrarlos así, pero el choque cultural se tiene que ver por algún lado, claro. Además, siempre que sean estereotipos positivos, los pasamos por alto. Al día siguiente de esa fiesta en la que no paramos de bailar, llegó el segundo momento de choque: la bienvenida de mis padres acontece en el portal de casa, ellos me estampan cien besos manchegos cada uno y yo, bastante enrarecida —pues llegaba del país de la prudencia y las maneras—, me preocupo por lo que pudiera pensar la señora que acaba de entrar al portal y contempla la escena. Después alguien me dijo que si algo sintió esa señora fue envidia sana. Ahora, bien enmarcada, digo que seguramente fuera así.

 

Esa alegría que percibí en aquel primer instante en Lavapiés se ha mantenido durante todo el verano. Una agenda del ocio y el amor desbordada, planes, planes y más planes, a los que acudes y los que haces, conciertos en salas, conciertos los viernes en la terraza de Matadero; también en la azotea del CA2M con cervezas a un euro y hermosas puestas de sol, fiestas en Vaciador (aventuras cerca de casa, como la canción), conversaciones interminables en el césped de Plaza España, una excursión con amigas a la sierra norte de Madrid para visitar La Selecta, un picnic en Madrid Río, cines de verano, un concierto de punk feminista en La Quimera, bailes y bailes, las fiestas de la Paloma, cañas en La Taberna Errante… Es imposible no engancharse al ritmo de Madrid, imposible no enamorarse. Una ciudad rebelde que acoge y brinda. Además de esa luz permanente, la ciudad está viva, hay muchas cosas pasando aquí; gente que además de gritar construye, gente haciendo radio, fanzines, conciertos, fiestas… No se me ocurre un lugar mejor para estar.

 

Volver cuando todos se van, llámalo valentía, locura o querencia a la Tierra. Pero en esta oda al amor que me amarra a la ciudad no me olvido, primero, de las cosas de allí que añoro, de las que, en parte, ya están en mí y del propósito de vuelta cuando sea posible. Y segundo, y más importante, del hecho de que a los jóvenes (y no tan jóvenes) que nos quedamos nos lo ponen realmente difícil para encontrar una manera de subsistir, que en un momento vital en el que debería desbordarse la ilusión, resulta más difícil mantenerla que perderla. Tampoco olvidemos la obviedad de que en esta ola de éxodo juvenil masivo casi nadie se va porque quiere, y que el exilio es voraz si es obligado. Pero esta apuesta debe ser algo parecido al propósito de mantener una relación amorosa de larga duración; no basta con la savia del amor romántico que nubla todas las imperfecciones, también hay que trabajarlo día a día para que pueda salir adelante. Así son las apuestas.

 

A poder ser, evitemos, por tanto, el “para siempre”, que es una conjunción de palabras que suena a autocondena. Lo que sé es que vaya donde vaya, hay un lugar que siempre echaré de menos, y que de momento, me quedo contigo.

 

11 diciembre 2015 by SABINA URRACA

De Madriz al campo (II)


Las criaturas urbanas tenemos un grave problema con respecto a la vida en la campiña, y es que nuestras mentes son tarros rebosantes de clichés cinematográficos.


10 noviembre 2015 by SABINA URRACA

De Madriz al campo (I)


La huida de Madrid, para que sea efectiva, debe hacerse al campo. Esta es la única posibilidad de desanudar temporalmente el vínculo con la capital.


21 octubre 2015 by REDACCIÓN

El futuro ya está aquí


Hoy, 21 de octubre de 2015, Marty McFly habría llegado al futuro. ¿Cómo se celebrará en Madrid este día de homenaje a “Regreso al futuro”?



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *