El Campo de Cebada: cultura colectiva a cielo abierto

Del inmenso espacio que dejaba una piscina pública demolida, surgió un laboratorio urbano para la cultura y el intercambio. No es magia, hay muchas manos puestas en esto. Por Isabel Beldad


21 agosto 2014

Imagen de El Campo de Cebada

 

Cada día se hace más difícil en Madrid descansar o encontrarse con amigos en el espacio público sin que haya desembolso de dinero de por medio. La arquitectura hostil y los controles dificultan el encuentro; los bancos son unipersonales y las calles y plazas más céntricas están atestadas de terrazas. Bien es cierto que no nos quieren en común y más si es con los bolsillos vacíos. A esta privatización de los espacios públicos que vive Madrid hay que sumar el hecho de que, obviamente, las plazas en las grandes ciudades no suelen contar con el poder que tiene una plaza de pueblo en cuanto a vida común y colectividad; además (salvo excepciones en algunos barrios) tampoco tenemos la sana costumbre rural de “salir a tomar el fresco”.

 

Entonces, ¿solo nos quedan los bares para ser felices?

 

Menos mal que, en la misma ciudad, existen reductos donde perviven las buenas costumbres de manera alternativa y, afortunadamente, cada vez más, pues en los últimos años la ciudad también vive una ebullición de espacios que buscan y consiguen la reapropiación del espacio público, ya sea para hacer valer la gestión y participación ciudadana desde la horizontalidad y el intercambio de conocimientos, como para simplemente poder “estar”, y hacer uso de ellos de la manera que cada cual estime oportuno: sentarse a leer, jugar, ver una película en el cine de verano, pelar pipas (sin ensuciar).

 

Imagen Cebada (propia)

 

El Campo de Cebada fue cedido por el Ayuntamiento de Madrid en 2011. Fue entonces cuando varios colectivos, asociaciones, vecinas y vecinos se pusieron en marcha para dar forma y color a este espacio comunitario en el céntrico barrio de La Latina, cuyas calles a día de hoy están casi completamente privatizadas, colmadas por las terrazas de los numerosos bares de la zona. Aun así, la intención no es crear una barrera respecto al barrio, más bien todo lo contrario: que el diálogo con el vecindario se mantenga constante, que el engranaje donde todas las partes son igual de importantes no tenga sus límites en los muros del edificio, que no exista el “afuera”. Aquello de “hacer barrio”.

 

Con los y las vecinas se negocia, por ejemplo, el nivel del volumen de los actos que supongan más ruido (como los conciertos, el cine, etc). Además, las llaves del lugar rondan también entre distintas personas del barrio, siguiendo una premisa básica: quien abra el espacio, se encarga de cerrarlo. A la gente del barrio, asociaciones y colectivos, se suman todo tipo de personas que acuden al lugar, también curiosos, incluso grandes marcas que han intentado publicitarse ahí (con poca suerte, claro) debido a sus grandes dimensiones, ubicación céntrica y sus portones abiertos que lo hacen visible y atrayente. Quizás esta sea la marca más distintiva del lugar, pues todo ello hace que personas que no estén necesariamente vinculadas a centros sociales, sí conozcan ECDC y, lo más importante, que el espacio les invite a entrar. El público en Cebada es, por tanto, completamente heterogéneo e intergeneracional, desde la señora que va a arreglar el huerto, hasta la familia que asiste a una película del cine de verano, pasando por los niños que se juntan a jugar al baloncesto.

 

ventana Cebada (propia)

Ventana fabricada con la puerta de una lavadora.

 

No hay que poner puertas al campo, pero si existen los muros, los pintamos. El arte de los muros también corre a cargo de cualquiera que se preste: cada artista que desea pintar sus paredes cuenta con unos cuatro metros de esta para plasmar su obra de arte urbano. Estas obras permanecen durante un tiempo máximo 6 meses; pasado este tiempo, se reemplaza por otra nueva de la persona que lo solicite. Ningún muro es igual a otro en este lugar. Pero el proceso de reapropiación colectiva y resignificación del espacio no acaban aquí, también la construcción de muebles urbanos estuvo a cargo de algunos colectivos de arquitectos locales como Basurama, Zuloark, Todo por la Praxis y los muebles que han ido sumando algunos vecinos. Son muebles de código abierto, muchos de ellos reciclados y transportables.

 

La programación de verano y de meses venideros se puede consultar en su página web: cine al aire libre todos los jueves cuando cae el sol, el salsódromo, torneos de baloncesto, o la construcción –planeada desde septiembre– de una gran cúpula para albergar todo tipo de actividades cuando el tiempo no acompañe.

 

Pasen y vean.

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