El cementerio de muñecas del Rastro

Un recorrido por los puestos del Rastro a través de un único objeto: las muñecas. Por Alba Ballesta y Nicolás Asensio


05 abril 2016

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Los lugares abandonados desprenden cierto embrujo que atrapa. Por eso se ha acuñado la expresión de castillo encantado para designar lo que, en realidad, es un castillo abandonado. Son espacios que la soledad ha revestido con misterio y cada uno de los elementos que los puebla se convierte en un jeroglífico o un secreto que quizá nunca se desvele.

 

Ahora bien, existen lugares que, aún siendo habitados por objetos abandonados, se han convertido en el epicentro del ajetreo y el bullicio. Tal es la premisa del Rastro de Madrid, un cementerio de objetos olvidados por donde transitan cada semana cientos de personas. La imagen resulta todavía más significativa si se compara con el paisaje nocturno de esas mismas calles, en las que el mercadillo se instala los domingos. Por la mañana cuesta desplazarse, llegar de un lado a otro sin llevarte algún empujón, puedes encontrar un bar en cada esquina, aunque con dificultad encuentras sitio en él para sentarte. Cae la noche y esas mismas calles recuerdan a las de un pueblo fantasma. De repente, no solo el gentío y los puestos ambulantes desaparecen, sino que incluso los bares parecen haberse evaporado. Inquieta la paradoja que encierran estas calles, concurridas y escandalosas cuando no hay más que objetos abandonados, silenciosas y deshabitadas cuando esos mismos objetos las abandonan. De entre todos ellos, hay uno que sobresale por encima de los demás, y sobresale precisamente porque se repite en numerosos tenderetes y aunque abunde y su imagen perturbe con especial resonancia, pocos reparan en él. Como mínimo, algunos reparan, pero nadie los compra. Se trata del objeto abandonado por excelencia: las muñecas.

 

Es raro dar con un puesto donde no haya al menos una muñeca observándote. Lo más frecuente es que, como mínimo, aparezcan en parejas o amontonadas en grandes grupos. Suelen estar apiladas en cajas o esparcidas sobre un trozo de tela en el suelo y, siempre, rodeadas de otros objetos abandonados, como cámaras analógicas, candelabros o todo tipo de vajilla. Del mismo modo que los espacios pueden llegar a transformarse por completo en función de los cuerpos que habiten en ellos, también esos cuerpos se vuelven muy distintos a través de la posición que les fuerza a ocupar ese mismo espacio. Cómo se coloquen esas muñecas resultará decisivo a la hora de generar en el paseante un tipo de emoción u otra. De ello no solo depende la postura, si la muñeca está sentada o tumbada, por ejemplo, sino también la interacción que pueda tener con el resto de sus compañeras o con los demás trastos a su lado. Aquellas que se exhiben aisladas de las demás muñecas son las que menos llaman la atención de los paseantes, excepto si se trata de algún ejemplar conocido, una vieja gloria, como la Mariquita Pérez por la que pregunta algún transeúnte frente al puesto de Paco. En otros tenderetes se pueden encontrar, también, pequeñas figuritas de porcelana que vienen en cajas como cofres de joyería. En una de esas cajitas descansa una pareja de bebés diminutos vestidos con trajes regionales. Es inútil preguntar de dónde vienen, ya que, por lo general, los vendedores no dan muchos datos sobre la procedencia de su género. Tan solo el Charro, apodado así porque se vino de Salamanca cuando era joven, con su puesto dos calles más arriba, nos cuenta que compran gigantescos lotes de herencia. Es lo más rentable, dice, porque las gentes de antes guardaban todo y porque los familiares quieren quitarse pronto el muerto de encima. Nos explica que él selecciona los objetos y que su mujer se pasa las tardes limpiándolos. Por eso relucen los vestidos de las tres muñecas que yacen sobre pañuelos en su puesto y sus ojos tienen un brillo alegre como si acabaran de recibir un baño.

 

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Luis, que lleva ya diez años vendiendo en el callejón del Mellizo, afirma que las muñecas de su puesto son tan antiguas y tan bonitas que todos los domingos vende unas cuantas, a niños, a padres o a curiosos en general. Enseguida, agarra cinco de golpe y nos hace un precio de veinte euros por todas. No sabemos reaccionar ante la imagen, desde esos brazos que las apretujan, nos miran cinco seres que parecen bebés o niñas, muy frágiles y a punto de caer al suelo. Ante el silencio, Luis las rebaja y mientras nos despedimos las suelta y caen en tromba. Antes de que nos hayamos alejado lo suficiente, vemos cómo han vuelto a formar la pirámide inicial en la que se apilaban.

 

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Lo cierto es que la estela de lo fúnebre impregna la mayoría de los puestos con muñecas. Muy cerca del de Luis, encontramos uno que reserva un tercio de su espacio a la venta de este producto. Decenas de Barbies, Bratzs, Kens y Action Men se agolpan en cestas de fruta en posturas muy extrañas: una está desparramada en la esquina como si estuviera en un jacuzzi, o le pone la pierna a otra sobre la cabeza, o se sienta sobre sus muslos; otras se abrazan o se besan. Desde lejos, la imagen de cuerpos aglutinados recuerda a un campo de exterminio que, de cerca, se hace más terrible porque la mayoría sonríen o están impasibles ante la aberración en la que viven. A pesar de estar amontonadas sin que haya apenas un resquicio entre un cuerpo y otro, están solas, y en esa soledad han enloquecido hasta el punto de no saber interaccionar entre ellas. Por eso, si las pones una frente a otra se miran con ojos hueros.

 

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Aunque muchas de las muñecas están en perfectas condiciones, el halo perturbador que las envuelve hace que parezca imposible que alguien pueda jugar con ellas. Quizá lo que las hace terribles sea el contexto. Tenerlas derramadas como casquería entre baratijas las despoja de toda la individualidad que puedan tener, porque una muñeca, ante todo, es identidad, no solo la que posee ella misma como recién nacido o princesa rusa o supermodelo o mujer de negocios o sevillana, sino, más bien, por todo aquello que representaba para su antiguo propietario. Hubo un momento en que cada muñeca tuvo nombre. Probablemente, muchas de ellas acompañarían a los niños mientras dormían y la mayoría fueron las protagonistas de aventuras reales o imaginarias que ayudarían a forjar el carácter de su dueño. Cada muñeca, en definitiva, encerraba una relación de espejos con el niño: la muñeca fascinaba al niño por sus propios rasgos que, con mucha probabilidad, nunca podrían llegar a pertenecerle, mientras el niño proyectaba nuevos rasgos en la muñeca que le habían llamado la atención de sí mismo, de sus familiares o de sus amigos. Hubo un momento, entonces, en que el niño y la muñeca parecían estar unidos de forma irrompible, pues el niño construía la identidad de la muñeca mientras la muñeca le enseñaba a conocerse a sí mismo.

 

Ahora el vínculo se ha perdido y quizá sea eso lo terrible. El Rastro es un cementerio de seres que fueron imprescindibles para nosotros hace tiempo, pero que hemos abandonado sin soltar una sola lágrima. Más bien, son las muñecas las que se duelen por nuestra pérdida desde los tenderetes donde viven ahora, porque cuando nosotros perdimos nuestra infancia, ellas perdieron todo su sentido.

 

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Comentarios:

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Gansobaco says:

Maravilloso. “A pesar de estar amontonadas sin que haya apenas un resquicio entre un cuerpo y otro, están solas, y en esa soledad han enloquecido hasta el punto de no saber interaccionar entre ellas”.

Guardemos un minuto de silencio por esas bellas criaturas despojadas de ropa y esperanza.

María Nix says:

El final me ha hecho estremecer. Solo quiero irme a casa a recuperar mi infancia perdida.

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