El día que la música encontró a Helena

Helena Goch engancha y emociona. Hablamos con ella sobre su incursión en el mundo de la música y sobre su primer álbum, que se presenta el próximo 7 de marzo en la Sala Sol. Por Ángela Cantalejo


25 febrero 2015

Foto: Julio de la Rosa.

Foto: Julio de la Rosa.

 

Helena Goch se piensa insignificante dentro del universo. Y eso será, precisamente, lo que hace que sonría tanto: la firme creencia de estar aquí por pura casualidad, de que haber nacido persona en vez de hormiga es algo puramente accidental. “Deberíamos tomarnos menos en serio: solo con mirar a la luna y pensar todo lo que hay encima de nosotros, lo conseguiríamos”. Es posible que ese pensamiento provoque que no tenga un plan B y es muy consciente de su buena fortuna y que poner música a la campaña de una conocida marca de ropa interior, protagonizada por Elsa Pataky, “fue el click que lo cambió todo”. Nos vemos con ella en la tienda de guitarras Headbanger, en la calle la Palma 73 y, entre curiosos, instrumentos y gominolas, nos lo cuenta todo.

 

No nos engañemos, es imposible no compararla con el resto: es mujer, es guapa y canta. Así que hay que atarle una etiqueta con un hermoso lacito al cuello y buscar estereotipos fácilmente clasificables, es más fácil para todos. Ironías aparte, ella es “consciente de que la música es mucho más exigente con las mujeres; a los hombres se les etiqueta menos”. Lo dice alguien que vivió una temporada de la interpretación y conoce bien las reglas del juego, un pasado como actriz curte mucho la autoestima: “Es un mundo con un porcentaje de frustración muy alto porque puedes hacer una prueba muy bien, pero si no cumples los requisitos estéticos, lo bien que lo hagas da igual”. Y en la música, como en la interpretación, está segura de que no responde a ciertos prototipos aunque sabe que “la gente se forma siempre sus propios personajes y, si eres mujer, buscan con quién poder compararte, que te adecues a unos patrones muy arraigados”.

 

Aún así, insisto, y durante nuestra charla intento convencerla de que las mujeres altivas, frías y con caída de ojos a lo femme fatale, triunfan más. Ella, sonriente, ilusa, inquieta, no se incomoda: “Creo que cada uno tiene que estar seguro y contento de la imagen que proyecta. Yo estoy en un momento muy dulce, no sé cuándo va a volver a pasar algo así, y eso es lo que quiero proyectar”.

 

La música y ella son amigas desde hace poco, a pesar de que se conocen desde la infancia. Empezaron una relación más estrecha el día que a Helena le dio por cantar delante de sus amigos un tema de los Beatles que sorprendió a todos. “Llegué a la música por pura curiosidad, quería investigar por qué mi voz salía así de manera tan natural, quería ver qué era eso y qué significaba”. Dicho y hecho, aprendió a tocar la guitarra para poder cantar con autonomía y el resto vino solo: “La primera vez que pude cambiar de acorde, intuí una melodía y mientras descubría el instrumento, iba componiendo”. Por eso dice siempre que sus canciones están hechas de un modo muy naïf, “son historias contadas con dos acordes”.

 

 

Esta es, precisamente, la parte más cautivadora para ella: “Es algo muy mágico porque cuando era actriz contaba historias de otros, ahora, algo que has compuesto en el sofá de tu casa con tu perra al lado, que es tuyo, viene un señor que no conoces de nada a agradecértelo por haberle emocionado. Sin duda, en la música la responsabilidad y la satisfacción es mucho mayor: cuando alguien te agradece una canción creces hasta el cielo”.

 

A pesar de que su carrera musical ha sido meteórica (apenas 5 meses desde el comienzo de la grabación del LP “Little Tiny Blue Men” con Ernie Records), miedos e inseguridades también ha habido: “Al principio era extremadamente vulnerable y subía al escenario pidiendo perdón por si estaba usurpando el lugar de alguien, me sentía un poco intrusa. Al final pensé: No, mis canciones son mías y debo valorarlas como son, puede que no sean el resultado de 15 años de búsqueda existencial, pero esta gente está aquí porque quiere escucharlas”.

 

En su camino se cruzó el recién premiado Julio de la Rosa (Goya a la mejor BSO por La isla mínima), “pura emoción, inteligencia e intuición” y su bastón desde entonces, que acompañó a esas canciones con arreglos formidables que daban, si cabe, más delicadeza a las melodías originales. “El proceso de producción me fascinó, me parece increíble que las canciones puedan crecer tanto y que se convirtieran en un montón de instrumentos preciosos contando una misma historia”.

 

Queda claro entonces que si algo le gusta a esta valenciana, son las historias. Tanto, que confiesa que el único sitio de su vida donde impera el orden es en su librería. “Me enganché a la lectura muy pequeñita con Agatha Christie y, ahora, tengo la biblioteca más bonita del mundo” pero le molesta seriamente “haber perdido ciertos rituales cuando leemos o vemos cine, con esa obsesión de tener siempre el teléfono móvil al lado”. Se emociona cuando habla de libros, como si fuera una droga a la que acaba siempre sucumbiendo, tanto, que confiesa haberse comprado recientemente varios libros de Foster Wallace para darse un atracón. Va a resultar que, al final, también hay un punto de artista atormentada tras su aparente candidez. “Claro, por dentro pasan un montón de cosas aunque lo primero que vean de ti sea una sonrisa”.

 

A la capital llegó con 18 años para estudiar y le encanta que “Madrid sea muchas ciudades en una, que siempre pase algo pero que, a la vez, haya tanta vida de barrio y se mantenga tan castizo”. Por eso le gustan barrios como Tirso de Molina o Conde Duque, visitar museos y hablar con la panadera de su calle. Piensa en la presentación de su álbum, el 7 de marzo en la Sala El Sol y aún le cuesta creérselo: “Si me lo hubieran dicho hace cinco años, no hubiese parado de reírme”.

 

No sabemos si Helena necesitará ese plan B. Sí sabemos que siente, engancha y emociona, que cautiva y deslumbra. Con una luz fulminante que derriba todas las formas cuadradas, encasillada y llena de etiquetitas de tu cerebro y lo convierte en una espiral colorida e irregular, serpenteante. Está bien, nos ha desmontado: tiremos todos los planes B a la basura.

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