El niño neoliberal y sus bondades

Una asociación de ideas que llevan a otras ideas y que recorren tanto espacios físicos como mentales con paradas en las exposiciones de Pilar Albarracín y Alicia Framis. Por Ignacio Tejedor


09 enero 2019

Dibujo: Ignacio Tejedor

 

La creatividad mola, y mola mucho. Una persona creativa denota inteligencia, frescura y un toque de diversión. Cuando nos referimos a alguien como una persona creativa lo hacemos con cierta solemnidad desenfada y desde una actitud simpática. Podemos esperar de esas personas que se dediquen a una profesión atractiva, dinámica, poco rutinaria y en la que está más que permitido expresarse libremente. Si hasta hace unas décadas los librepensadores y las profesiones liberales monopolizaban el aura de la singularidad autónoma, las primeras décadas del S.XXI han desplazado ese foco a la clase creativa (Richard Florida) invitándonos a todas a formar parte de esa clase. Entonces, ¿la clase creativa ya no está dominada solo por artistas y publicistas? Y, vayamos más allá ¿una persona creativa puede ser excluida de la clase creativa?

 

Si pienso en el Señor de las moscas me vienen a la cabeza dos escenas: en la que Ralph recrimina a Jack con acritud que hayan abandonado el fuego (sus responsabilidades), y cuando se descubre lentamente desde un plano nadir la figura del comandante (como salvador). Como sabemos, el argumento de la película gira en torno a la supervivencia de un grupo de niños en una isla desierta, contexto donde deberán explotar su creatividad para mantenerse con vida. A pesar de que el trasfondo moralizante tiene más que ver con la voluntad de poder intrínseca al ser humano y la maldad como germen innato, creo que las dos escenas me atravesaron por algo relativo a la domesticación de la creatividad. En la primera de ellas el “líder”, aún siendo el más creativo y afectuoso del grupo, culpa a su “amigo” por excederse en las actividades imaginativas, ignorando la obligación que les permitirá ser rescatados; en ese momento el grupo se escinde entre los que desean experimentar la libertad, cumpliendo ciertas normas, y quienes quieren vivir (en un principio) sin ningún tipo de castraciones. Después de este conflicto, las diferentes posturas creativas se distancian tanto que requieren del ejercito (si bien William Golding y Peter Brook usan marines amistosos, Harry Hook usa un general del ejercito de tierra con un rictus inflexible) para socorrer al niño creativo frente a los malvados salvajes (así los llama William Golding en su novela) que dieron rienda suelta a su creatividad incontrolada.

 

Aberto Santamaría en su libro En los límites de los posible. Política, cultura y capitalismo afectivo, publicado en febrero del año pasado, expone a través del estudio de casos variados el paradigma de la creatividad y el uso de los afectos en la actualidad; ambos recursos sirven al Estado para definir el orden de lo que es posible y no en nuestra sociedad. En este ensayo la cultura (Accionismo cultural neoliberal), entendida como un terreno amplio, se presenta como generadora de adhesión y herramienta para gestionar lo invisible (emociones, afectos, aspiraciones), variando las formas de ver y de sentir con el fin de beneficiar los procesos productivos. Aparte de las reflexiones tan acertadas que comparte sobre cómo los mecanismos del poder se infiltran en las capas más inesperadas de nuestras vidas, me interesó especialmente el tratamiento que hace de la creatividad. Santamaría hace un detallado análisis de la tendencia a la creatividad que se da en nuestra sociedad, conformando desde la infancia un tipo de sujeto, el ser creativo, cuya estructura mental (flexible, tenaz, imaginativo, productiva, inoperante políticamente) le permita reinventarse constantemente para satisfacer a las demandas del mercado y poner su creatividad al servicio del mercado. Define la figura del “niño neoliberal” como un sujeto habitualmente productivo, útil, imaginativamente consensual y creativamente competitivo. Pero sobre todo, inhabilitado para cualquier impulso de participación democrática activa. Este niño, creativo y domesticado, es un futuro sujeto empresa-de-sí con un compromiso constante para ofrecer productos que le diferencien del resto, y a quien le estimula la inestabilidad en tanto que moviliza su creatividad.

 

Me acuerdo hace ya unos cuantos años, después del estallido de la crisis, que empezaron ha aparecer anuncios publicitarios animando a la población al emprendimiento personal (trasladar la responsabilidad del desempleo a los parados), después comenzaron las tarifas reducidas en la cuota de autónomo los primeros meses y, junto a las condiciones contractuales en empresas públicas y privadas, proliferaron los “falsos autónomos”. Quien no ha montado una cafetería especializada en cereales, ha creado una marca de calcetines biodegradables o se ha convertido en diseñador con ∞K seguidores. Los artistas, quienes hemos encarnado tradicionalmente el espíritu de la creatividad, nos vemos obligados a amoldarnos al nuevo paradigma. Ya no vale esa idea romántica de desmontar la hegemonía racional y ser contestatarios, la lógica neoliberal nos exige generar objetos consumibles capaces de adaptarse a las condiciones ambientales del momento como dice Alberto Santamaría. Seguir las tendencias, ser acorde con los intereses de las instituciones, diferenciarse de otros artistas sin alejarse de los estilos dominantes es como ceden algunos entusiastas, respondiendo a la demanda de felicidad y autoayuda, dejando de lado los principios de emancipación en palabras de Remedios Zafra.

 

En El entusiasmo, Zafra profundiza en la precariedad que vivimos quienes trabajamos en el ámbito de la cultura. Si he relacionado el Niño neoliberal con Ralph (El señor de las moscas) para referirme a la domesticación de la creatividad, ahora relaciono a Sibila con Jack (salvando las distancias argumentales). A lo largo de su libro Zafra menciona a Sibila, una figura femenina que encarna el entusiasmo por el que se trabaja en el terreno de la cultura donde las pasiones de los creadores buscan una creatividad no domesticada pero que se ve perjudicada por el sistema neoliberal. La imaginación no pragmática, esa que perturba y genera disenso, no está contemplada en la clase creativa, no se premiará con los privilegios del neoliberalismo sino que se sofocará, se asfixiará hasta que el entusiasmo ceda y se abandone un tipo de arte subversivo.

 

Sobre la precariedad hablábamos José Begega y yo tomando un café mañanero antes de visitar la exposición de Pilar Albarracín. José me contaba que prefería desvincularse de la palabra artista y todas sus connotaciones porque lo que hace cada vez está más lejos de las demandas del mercado del arte. Él prefería situarse en la periferia del arte y actuar en su contexto: identificar las problemáticas de su entorno (condiciones laborales en su trabajo, discriminaciones y abusos en su entorno asturiano, problemáticas relacionales entre sus personas cercanas…), escuchar las voces menos atendidas y encontrar su manera de contribuir al cambio. Me pareció una estrategia similar a la del uso de la creatividad en las empresas pero sin fines productivos en términos monetarios. Lo complicado de esta postura es la viabilidad económica, pues en el paradigma neoliberal, como hemos visto más arriba, no interesa. En primer lugar no genera objetos mercantilizables que puedan circular dentro de un sistema económico. En segundo lugar, sus actuaciones perturban el orden establecido y por último, su perímetro de actuación e impacto resulta anecdótico en términos de difusión mediática. Así pues, sus modos de hacer difícilmente serán expuestos en una galería, reconocidos por un jurado para la obtención de un premio, o adquiridos por una institución para formar parte de una colección; esto dificulta considerablemente la retribución económica de su trabajo, obligándole, como a Sibila, a buscar ingresos en otros sectores para poder encontrar una economía de supervivencia.

 

Con esta conversación todavía en mente entramos a la exposición de Tabacalera, una exposición que según vindicaba la artista, no contemplaba sus honorarios en los presupuestos del comisariado. Más de sesenta obras de los últimos 25 años distribuidas de manera muy esclarecedora nos recuerda el trabajo incesante de Albarracín con los que desde principio de los noventa lleva sacudiendo la folclórica cultura andaluza, pero también mediterránea, cargada de agresiones sexistas.

 

Sigo su trabajo desde hace años al conocer sus escenas callejeras (Sangre en la calle, 1992), muy próximas al teatro imagen, con las cuales irrumpía en las calles sevillanas simulando su asesinato (o el de cualquier otra mujer). En 1994 se enterró a sí misma en el campo (Enterramiento), y años después llenó las calles de carteles en las que anunciaba su desaparición (Se busca, 1997) pidiendo a los viandantes que si la encontraban la llamaran. Como puede verse en Que me quiten la bailao, el trabajo de Pilar Albarracín está cargado de humor negro y sarcástico, pero también de compromiso y resistencia. Para la inauguración de su exposición en La Principal de Tabacalera (Promoción del Arte), presidida por un gran paso de Semana Santa bocabajo (El Capricho, 2011), trajo a cien flamencas sevillanas para que protagonizasen la inauguración, caminando desde Atocha a la sala de exposiciones donde se tumbaron todas en el suelo simulando un puputan.

 

El valor de esta exposición no está sólo en el contenido crítico de las piezas, ni la visión retrospectiva del trabajo de la artista, lo más admirable de la muestra es la constancia de la artista a pesar de las dificultades económicas que sufre cómo la mayoría de artistas españoles. Su carácter salvaje se resiste a dejarse sofocar por las modas del mercado, y eso queda claro en la expo: 25 años de trabajos unidos por la coherencia crítica y su sólida postura. Pero claro, como decía más arriba eso tiene sus riesgos: la inestabilidad que parece ser sinónimo de artista porque aún siendo una profesión, las retribuciones económicas son más simbólicas que otra cosa.

 

Ante situaciones de precariedad me acuerdo de Begoña y Alfonso que con sus ganas de tener hijos, se resignan a una decisión vital (por eso de que nace una persona) dada la inestabilidad de la que oscilan los artistas. Esa irritación la trasladan a sus piezas en las que los públicos acceden a una realidad marcada por las redes del neoliberalismo que plantean Zafra y Santamaría. No solo enfrentan el problema a los receptores, sino que construyen un territorio de lo posible, de lo que se podría hacer; uso de la cultura no como el accionismo cultural neoliberal para definir mentalidades y establecer límites, sino para inducir al posicionamiento crítico.

 

Estas dificultades que sufren especialmente las mujeres está bien planteada en The walking ceiling, performance inédito de Alicia Framis que presentó en la inauguración de su exposición Pabellón de Género en la sala Alcalá 31. En este performance, ocho mujeres con perfil de ejecutivas (también hay otros campos que sufren esta desigualdad pero producen menos ingresos y se conocen menos) marchan al son de un ritmo marcado por ellas mismas sosteniendo un gran vidrio sobre sus cabezas. Estas mujeres daban vueltas al centro de la sala entre las que se mostraban otras piezas como MAMAMEN, Arquitectura secreta o Hijas sin hijas. Las que más llamaron mi atención fueron dos un tanto controvertidas: la primera en la que dos policías cacheaban a los visitantes de entrada para después abrazarles (no me gusta que me abracen desconocidos), y otra que me trajo a la mente una anécdota de Lila Insúa que frente al pabellón de Santiago Sierra en la bienal de Venecia, dejó su pasaporte a unos visitantes no españoles para que pudieran entrar. Cuando me dijeron que solo podían entrar hombres ofrecí mi DNI a una mujer para que pasara, quería escuchar cuál era la respuesta de las azafatas que hacían el filtro por el binarismo tradicional del aspecto físico a diferencia de la identificación nacional que proponía Santiago Sierra.

 

A pesar de que es una buena selección de piezas para hacernos una idea del trabajo de la artista, vinculada a la Estética Relacional, se desprende un cierto aroma de pragmatismo creativo; ocurrencias dóciles asentadas en una fuerte convicción sociopolítica pero que acarician al espectador robándole incluso una sonrisa ingenua. El trabajo de Alicia Framis no necesita legitimación, su trayectoria avala la exposición en uno de las salas más reconocidas de Madrid y que en cada exposición invierte 15.000€ para la producción de obra y honorarios de la artista, 9.000€ para el comisario y 90.000€ en  montaje. Diferente de Tabacalera. Promoción del arte (dependiente del Ministerio de Cultura) y las condiciones que denuncia Pilar Albarracín, con una trayectoria igual de loable (sin tantos estudios en escuelas destacables y con colaboraciones menos mediáticas) pero cuya obra está enmarcada en un contexto mucho más concreto y donde sus performances sacuden la cotidianidad de su público, poniéndolo alerta sin dejar de cuestionar el humor folclórico que tantos límites ha puesto con sus imperativos jocosos.

 

Estas dos exposiciones abordan las problemáticas asociadas al género desde dos visiones distintas e igual de relevantes (aunque una tenga más presupuesto que otra); la primera hace referencia a esa creatividad furtiva, que responde al sistema de pensamiento y lo vulnerabiliza, la segunda en cambio se vale de las estrategias del mercado, las surfea y produce objetos que responden a las necesidades ambientales de las que habla Alberto Santamaría.

 

Frente a ese niño neoliberal que plantea Santamaría, caracterizado por su ingenio, flexibilidad, tenacidad y capacidad de amoldarse tenemos a Jack, Sibila o la joven flamenca que lucha con una bota de vino ensuciándose el vestido y desparramando vino por la sala. Ambos cargados de afectos, el primero por sus bondades y condescendencia y la segunda por ordinaria y natural.

 

Propongo una posible moraleja de la película del señor de las moscas, los salvajes, Sibila, la joven flamenca, si no controlan su creatividad acabarán sufriendo sus consecuencias, en cambio El niño neoliberal está protegido por el Estado quien reconoce sus bondades y manda al ejército para que le proteja porque: no puede dejar de crear (o producir), está al día en tendencias y debates públicos sin implicarse políticamente, es asertivo, condescendiente y confraterniza con sus inferiores para acercarse a sus superiores. En niño neoliberal sabe que es creativo y muchas otras no, por eso bondadoso con el resto, afectivo en sus términos pero distante en sus maneras.

 

Por el contrario el salvaje acaba convirtiéndose en un inconformista que lo cuestiona todo, sus pasiones le vuelven vehemente y eso produce incomodidad.

 

Lejos de la corrección popular y de la ortodoxia social, su visión excéntrica del mundo le permite ridiculizar lo convenido por real. Sibila, cansada de palmaditas en la espalda por escribir artículos brillantes o hacer exposiciones aclamadas, acaba reivindicando sus honorarios y creando el disenso en su entorno para encauzarlo hacia el bien de quienes cuya voz no suena ni resuena. El capital inmaterial que producen estos salvajes mueve más la intelectualidad que la creatividad vistosa y lo inmaterial es peligroso si no responde a las consignas del poder, quien castiga con el destierro a la precariedad un fondo de arenas movedizas donde nunca hay nada que pueda darse por garantizado, por sólido, por estable. Hay que correr siempre más para llegar al mismo sitio (Fernández Savater, 2018). En este sentido, normal que el barón Munchausen (Terry Gilliam, 1988) quiera morir dada la victoria de la racionalidad productiva frente a la capacidad imaginativa.

 

Esquema de ideas para este artículo. Por Ignacio Tejedor

 

Bibliografía:

 

Fernández Savater, Amador (2018). Cronopolíticas ¿alguna vez te han regalado un siglo? eldiario.es 08/06/18 https://www.eldiario.es/interferencias/cronopoliticas-in_time_6_780132005.html

 

Rogers, Carl (1979). El proceso de convertirse en persona.

 

Santamaría, Alberto (2018). En los límites de lo posible. Política, cultura y capitalismo afectivo. Madrid: Akal

 

Zafra, Remedios (2018). El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital. Barcelona: Anagrama.

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