El palacio de la noche

Existe un lugar en Madrid creado para intensificar las experiencias nocturnas, donde la vida ha transcurrido entre noches escandalosas y mucho estilo decadente. Ese lugar es un palacio con el que varias generaciones de madrileños han soñado al son de la luna reflejada en sus espejos. Recorremos la historia del Palacio de Gaviria, el hogar olvidado de historias difuminadas en grandes bailes de salón. Por David Arias


15 diciembre 2015

Palacio Gaviria 1

 

El palacio nace en 1846 de la obsesión de Manuel Gaviria por crear el lugar más bello y festivo de la ciudad, todo un punto de encuentro de las artes de aquel siglo XIX madrileño. Este sevillano no tarda en hacerse un hueco en la corte a su llegada a la capital. Ya en 1830 es condecorado con una cruz de Carlos III por sus habilidades bursátiles puestas al servicio de la corona. Además de por su habilidad en la bolsa, su fortuna se incrementa gracias a su ganadería de reses bravas que copan la mayoría de carteles taurinos del país. Se instala en la calle Mayor como regidor de la ciudad y le llueven encargos de todo tipo, como restaurar la excelencia en la cría de caballos. Poco después, se le nombra tesorero del reino y, al igual que le ocurrirá a Bárcenas, su riqueza crece de manera exponencial desde aquel momento. Hay cosas que nunca cambian en este país.

 

En plena guerra carlista, presta al estado más de 120 millones de reales, una cifra que hace tambalear las arcas del país. La polémica de la década de 1830 se produce cuando el estado le devuelve el préstamo con una plusvalía de más de 15 millones, aprobado por un polémico acuerdo con el ministro de finanzas, Isturiz. Los presupuestos se resienten de tal manera que la recaudación a las clases trabajadores se incrementa en 200 millones y 50.000 quintos designados por levas para las diferentes guerras intestinas y de ultramar del maltrecho imperio. A diferencia de la actualidad, hubo dimisiones en el comité de donativos patrióticos, como la del marqués de Miraflores, empujado por Mendizábal, el valiente que retiró tierras a la Iglesia en aquel siglo XIX.

 

Palacio Gaviria 3

 

El tesorero, lejos de amilanarse por la situación del país, decide hacer una demostración de músculo financiero y adquirir un local en la calle Arenal, en el número 9. Ocupa el espacio del palacio de los duques de Arcos. Aún resuenan los ecos de su delito de financiación ilegal cuando salta la noticia del secuestro de sus hijas en plenas escuelas Pías por el villano Villena, un pobre sastre natural de Baeza, de ojos negros, frente ancha y porte elegante, según las crónicas. Villena engaña a las niñas con una presunta carta de su tío para sacar a las crías de la escuela y solicitar un rescate. Las Gaviria aparecen poco después y le reconocen en una rueda de reconocimiento de la que sale condenado a muerte. En la celda comparte angustias con el mítico bandolero Luis Candelas e intenta fugarse sin éxito. El condenado siempre negará su delito hasta su ajusticiamiento.

 

Mientras, Gaviria sigue viviendo una dolce vita decimonónica, animando fiestas y recepciones reales en Madrid, en París o en Londres. Cuando deja la tesorería, su sustituto advierte de las telarañas que encuentra. No obstante, el proclamado marqués de Casa Gaviria se las apaña con la licencia exclusiva del tabaco en la península y en las colonias, y mediante reuniones con inversores cuyos resultados poco honrados la prensa define así: “En el pecado lleva la penitencia“.

 

En 1849, el palacio se encuentra casi terminado. Hay otro motivo de celebración para los marqueses: la boda de sus hijas de 15 y 16 años con los ricos hermanos Soriano en un matrimonio de conveniencia. El obispo Tarancón les casa ante la flor y nata de la aristocracia palaciega, con la reina Isabel II de madrina, que le regala a las crías un collar y un alfiler de brillantes.

 

Reina_Isabel_II

Isabel II.

 

Las fiestas no se hacen esperar en Arenal, 9, aunque el palacio no se da por inaugurado hasta 1851, con la reina siendo aún muy joven para poder resistirse a los bailes más encendidos de la ciudad. Los balcones a Arenal se abren cada noche para que los ciudadanos de a pie sueñen con los salones del palacio atiborrados de aristócratas fiesteros. Los saraos se hacen legendarios entre la prensa y el Palacio de Gaviria pronto adquiere una connotación especial dentro de los múltiples complejos palaciegos que riegan la ciudad de desigualdad. Entre fiesta y fiesta se aprueba hacer un paso entre Arenal y la calle Mayor, eliminando la “ridícula” casita del número 8, logrando la apariencia que ha llegado hasta nuestros días.

 

En 1853, mucho antes de los gabinetes de comunicación y de los community managers, la marquesa hace una gira por las diferentes publicaciones de la época, digna del ¡Hola! En ellas se ensalza el diseño de Aníbal Álvarez, un audaz arquitecto que se había pasado media vida visitando París o Londres para implementar el estilo “moderno” de estas capitales en Madrid. El neoclásico se instalaba en la ciudad gracias a sus años vividos en Italia, donde se experimenta un auténtico resurgimiento de la era grecolatina. Los muebles y adornos son encargados a los mejores artistas y ebanistas de la corte, dejando un lugar trascendental al pintor de cámara de la reina, Joaquín Espalter y Rull. De las manos de este genial artista provienen los frescos del salón de baile. Un lujo exquisito que aún reivindica su propósito inicial: poner en boga el talento nacional en contraposición con el arte venido de fuera.

 

La prensa lo define como una suntuosa realidad y ensalza el buen gusto de sus propietarios sin recordar la procedencia de la fortuna que lo ha hecho posible. Los contactos generados en esos salones dan tantos frutos como en las noches de alta alcurnia de hoy en día. En 1857, la marquesa es nombrada dama real y cinco años más tarde es invitada al parto de la infanta María Luisa Fernanda, en lo que suponemos un gran honor en aquellos tiempos.

 

Palacio Gaviria 4

 

Las fiestas siguen siendo el plato fuerte del lugar. Los ricos de Madrid no dudan en elegir el palacio de Arenal para sus bailes, dejando en segundo lugar a la condesa de Montijo, otra gran anfitriona de la época. La propia emperatriz Eugenia sufre de grandes berrinches al no poder competir con sus fastuosas fiestas de su palacio en la plaza del Ángel. La hija de los Gaviria brilla con luz propia en tales eventos. Casada en segundas nupcias y nombrada duquesa de Castro-Enríquez prosigue la tradición festiva hasta que enviuda de su marido. En ese momento entierra sus decepciones bajo la preciosa bóveda que contempló la plenitud de sus ilusiones juveniles.

 

A primeros de siglo, apenas un eco mudo sobrevive a las risas que un día poblaron los salones del palacio. La marquesa, en un grave declive mental fruto de sinsabores y decepciones abandona su hogar para instalarse en otro palacio en la calle Atocha, donde muere en soledad en 1909. Una década más tarde, el palacio resurge mediante la boda de su hija, la tercera duquesa de Castro-Enríquez con el marqués de la Revilla. El hecho se convierte en un bombazo informativo y resucita el interés perdido en el lugar. Una generación entera redescubre el lujo suntuoso del palacio repleto de Luis XIV, vajillas de oro, cuberterías de plata y muebles artesanos que aún decoran el enorme espacio de más de 1.000 metros cuadrados.

 

Tras un periodo de luz, llega de nuevo el ostracismo cuando queda casi abandonado tras la Guerra Civil. Años después, sus propietarios arrendan la planta superior del local al Centro Asturiano. El lugar se convierte en el punto de encuentro de todos los astures llegados a Madrid desde cualquier punto del planeta. Siempre son bien recibidos con sidra y unas buenas fabes. A pesar de las amenazas de desahucio por unos propietarios con ganas de instalar espacios comerciales en el enclave, realizan más de 150 actividades culturales anuales y se convierten en un referente gastronómico y cultural de la ciudad, aunque su mayor fuente de ingresos es un transitado bingo. En 1985 no llegan a un acuerdo con los arrendatarios y el Centro Asturiano de Madrid adquiere el edificio Asturias por 50 millones de pesetas.

 

A comienzos de los 90, otro proyecto encuentra acomodo en este emblemático palacio. El empresario Juan Goberna acompañado de su socio Evelio Miñano reconstruyen el lugar tras años de abandono. Se lo toman en serio y viajan a Florencia para localizar mobiliario acorde con el estilo renacentista de los elegantes salones que un día brillaron con luz propia. El resultado es excelente y en Arenal 9 se abren las puertas de nuevo a los madrileños. Tertulias literarias, expos, conferencias, conciertos de música clásica, rodajes de cine o presentaciones musicales llenan una programación que te traslada al siglo XIX hasta la madrugada. Una especie de think tank cultural a 1.500 pesetas la consumición. En 1991, Joaquín Rodrigo celebra su 90 aniversario con un recital inolvidable que ha quedado impregnado en ese salón tan festivo como evocador. A lo largo de los 90, la programación se va tornando más convencional y en 1999 se celebra un cotillón espectacular con go gos, barra libre y conexión vía satélite con discotecas de Londres, París y Berlín. La modernidad se abre paso entre las paredes del viejo palacio de Gaviria.

 

Palacio Gaviria 6

 

Las fiestas locas de Nochevieja se convierten en tradición al tiempo que prosperan un tipo de eventos que serán recordados durante todo este siglo XXI. Las llamadas relaciones internacionales son una excusa para beber y fumar en el salón donde se divertía Isabel II mientras ligas y charlas en diversos idiomas con gente de otras nacionalidades. El palacio puede narrar muchos ligues y amores alocados e intensos. El Mundo se hacía eco en 2006 del matrimonio de un británico de Manchester y una peruana, perdidamente hechizados por el magnetismo de un palacio concebido para vivir la noche y el amor de manera sofisticada. En El País, un anuncio describe durante años a la discoteca de referencia en Madrid como “un palacio del siglo XIX para las madrugadas del siglo XXI”. En sus tres pistas, no obstante, reinan tres ambientes diferenciados por la música de los 70, los 80 y los 90 la del siglo XX. Esa época dorada del palacio desaparece sin hacer ruido, como suele suceder con este estruendoso lugar, en 2010.

 

Desde entonces, este palacio mágico, uno de los estandartes más bellos del neoclásico de tintes italianos en Madrid, permanece oculto al público. Sus salones se reservan ahora a eventos privados o públicos como Forest, un mercado de diseño celebrado este año o el próximo Mad Market, un mercado navideño de diseño y gastronomía, abierto desde el 18 al 20 de diciembre. Son ya pocas las ocasiones disponibles para contemplar de nuevo este templo a la noche más refinada y excesiva, un lugar donde el arte y la historia se vuelven juguetones y se reflejan sin complejos en los espejos de su salón de bailes, tratando de ser envidiados de nuevo por los transeúntes de Madrid.

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