El Paseo (X). Alrededor y dentro del jardín botánico

Llegamos a nuestro décimo paseo y nos damos un atracón de los únicos brotes verdes en que confiamos, comemos en un restaurantito que mantiene el nivel de felicidad que llevábamos y gastamos lo que nos queda en La Fábrica. Por Gorka Elorrieta


24 abril 2014

botánico

 

Lo que dice Diana Aller y Sergio Botella en su agenda semanal lo tenemos siempre en cuenta. El otro día, entre un concierto y una expo, se había colado el Real Jardín Botánico. Allá que fuimos a refugiarnos, a ver si nos atravesaba el síndrome Stendhal. Allá que buscamos una sombra para terminar el libro. Mejor ir solo o, todo lo contrario, con niños. La primavera, ese momento. Para evitar aglomeraciones (tablets y grandes cámaras de fotos) es mejor acercarse un día entresemana o el finde a la hora de la siesta (aunque paseando contásemos más  turistas extranjeros que locales; ellos no cumplen el rito ibérico).

 

Vagabundeamos arriba y abajo. Rododendros en flor. Pájaros exaltados. Espectacular Hillary, una peonía. Nos dejamos ir azarosamente todos, nos cruzamos con la misma gente una y otra vez. Los pasos se ralentizan. Rumiamos grandes asuntos y temas sin importancia. Y lo cursi que resulta todo (texto incluido) por más que pensemos en Thoreau y Walser y no en la niña vestida de primera comunión buscando el mejor fondo para su retrato. Nos paraliza un detalle. Las plantas que nos gustan son casi siempre japonesas. Las perspectivas del espacio mutan al cambiar de terraza y visualizamos por un momento un fotograma de ‘El Año Pasado En Marienbad’. Y, al rato, vemos una cámara de videovigilancia apuntando a un pino (tecnología invadiendo una naturaleza ya codificada, algo domesticada y el recuerdo del aviso en la entrada: “… no es jardín público, se trata de un museo de plantas formado por colecciones vivas”). Nunca habíamos llegado a este extremo del recinto, al jardín de invierno. Respiramos profundo.

 

Un claxon nos destierra. Hora de comer. Reconfortante deriva la nuestra… Y al precio que nos han puesto la cultura, soltar 3 euros por todo esto (abandonarse, aprender, recrearse) es un regalo.

 

 

Tandem

 

El cierre de Motha nos dejó bastante huérfanos: local bonito, amabilidad desbordante y comida placentera made in home. Mucho nos hemos preguntado por sus responsables, que lo dejaron cuando marchaba como un tiro. Y, de repente, hace poco nos enteramos que uno de nuestros favoritos del Barrio de las Letras, TriCiclo, se había hecho con el espacio para crear Tándem. Desde su apertura, el hermano mayor se ha mantenido en la cresta de la ola, siendo visita obligada de toda clase de foodies. De ese éxito –lleno a diario por el boca oreja todas las noches- y de la pasión de sus dueños/chefs nace esta propuesta más desenfadada, más informal. Ensaladas, raciones gourmet, bocadillos y sugerencias fuera de carta (siempre atractivas). La vajilla, pincelada de buen gusto. La música (casi en general) mejor off.

 

Su ensaladilla rusa está en los márgenes de lo canónico,  tiene personalidad propia y gusto suave. En su carta se ha dejado caer uno de los platos más solicitados de TriCiclo: los canelones. Pedidlos si nos los habéis probado. Acierto seguro. La apuesta más firme de esta novedad hostelera son esos bocadillos internacionales (mexicano, italiano, ibérico…). El chino, con pan al vapor, costillas de cerdo y hierbas frescas, recuerda a otras paradas asiáticas que nos gustan. Está delicioso si te atraen esas combinaciones que aúnan cierto atrevimiento y exotismo bien entendido y ejecutado. El arroz con leche es de campeonato y dura un suspiro. El carácter de la propuesta y de sus garantes traerá cambios. A juzgar por la afluencia de clientes con que ya cuentan, crecerán a la vista de todos. Ah, los fines de semana hay que reservar mesa (más que una sugerencia es una obligación).

 

 

La Fabrica2

 

Nos vamos a tomar el café a la barra del bistrot que abrió hace más de un año La Fábrica, que, tras las últimas reformas, ha cambiado el espacio (imagen impecable y muebles a medida) y la oferta casi íntegramente. Se mantiene la galería fotográfica (visitamos en el piso inferior la exposición de Robert Harding Pittman) y han sumado muchas baldas de librería con criterio y portadas atractivas (abajo es fácil acabar comprando algo). En el piso a pie de calle, las estanterías están repletas de vinos (caros), relojes (Swatch), comida delicatessen (Petra Mora), plantas, mochilas, piezas de Peseta, joyerías artesanal, revistas (Fuet Magazine) y fanzines modernos y otros detalles trendys. Aquí casi todo entra con soltura por los ojos pero no llega al bolsillo con tanta alegría.

 

 

 

 

 

 

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