El plagiarismo ya está aquí: doce cuentos del sur de Asia

¿Sabes qué es el plagiarismo? ¿Existe de verdad? ¿O es sólo una broma? En este texto te lo aclaramos. O no… Por Daniel Remón


09 diciembre 2014

 

La primera vez que oí hablar del plagiarismo fue a mediados del año pasado, en los vestuarios de la piscina municipal de Palos de la Frontera. Mi amigo César Ruiz-Tagle, escritor y traductor, estaba delante de mí en la cola del cuarto de baño, colocándose unas gafas de buzo, cuando me acerqué a saludarle.

 

– ¿Qué pasa? –le dije. No esperaba encontrarte por aquí.

 

Como yo, César tenía treinta años, una barba rala y una cierta tendencia a que se le alargaran las noches. Nos habíamos visto sobre todo de madrugada, en la calle o en bares de mala muerte, y aquel ambiente de salud y cloro era nuevo para los dos. Le pregunté por su trabajo. Quise saber qué estaba escribiendo en ese momento, pero él me dijo que ya no escribía. Había fundado un movimiento, eso sí. Un movimiento literario. Plagiarismo, se llamaba, y el otro culpable era Leandro Romaña, un tipo alto y desgarbado que estaba terminando de cambiarse unos metros más allá.

 

– Esta es la cuarta vez que vengo –me dijo Romaña cuando me lo presentaron. La primera me olvidé el bañador, la segunda la toalla y la tercera las chanclas. Pero hoy sí. Hoy me baño por mis santos cojones.

 

Le di la enhorabuena por lo del plagiarismo, pero en cuanto quise saber más acerca del movimiento se produjo un silencio, como si la pregunta en sí fuera una vulgaridad. Nos acercamos juntos a las taquillas. Ruiz-Tagle olía a vino y Romaña a cloretilo (¿o era al revés?). Es probable que estuvieran borrachos o que hubieran ingerido algún tipo de sustancia ilegal.

 

– ¿Has traído candado? – preguntó Ruiz-Tagle.

 

– Coño –dijo Romaña. ¿Había que traer candado?

 

Media hora después estábamos sentados junto a la máquina tragaperras del bar el Greco, en Argüelles. Yo sí que había traído candado, pero no me apetecía compartir taquilla con ninguno de los dos y sobre todo no me apetecía hacer ejercicio, de modo que no les costó convencerme para cambiar la piscina por unas cuantas cervezas. ¿Por qué nadaban?, quise saber. Ruiz-Tagle dijo que para no escribir. Romaña, por su parte, tenía motivos más terrenales: había empezado a nadar para curarse la espalda.

 

– ¿Desde cuándo te duele?

 

– Desde que le rompieron un taburete en la rabadilla –dijo mi amigo.

 

Al parecer, un compañero de Facultad había dicho que Jorge Luis Borges era un imbécil cuyo único objetivo fue el de trasladar las matemáticas a la literatura, a Romaña no le había sentado bien y empezó la pelea. El tipo se había cagado ni más ni menos que en el padre del movimiento, según se lee en el manifiesto plagiarista, firmado meses atrás en ese mismo local, en unas cuantas servilletas dobladas que Ruiz-Tagle se sacó en ese momento de la cartera. “Borges es el padre”, leyó en alto después de beberse la cerveza de un trago. “Bolaño el hijo, y César Vidal el Espíritu Santo”. Bebimos mucho aquella noche.

 

yo tambien

 

Entonces sí, me hablaron del plagiarismo. “El plagiarismo va a llegar”, me dijeron, parafraseando al gran Fernando Arrabal en aquel debate televisivo definido por Sánchez Dragó como “la merluza más famosa de la historia de España”. Me dijeron que el plagiarismo era una broma. Me dijeron que era una cosa muy seria. Me dijeron que era una religión y que era una brecha. Me dijeron que era un juego de niños. Me dijeron que no.

 

Visitamos el Bukowski Club, en San Vicente Ferrer, y terminamos colándonos en el parque del Retiro. Estábamos en mayo y ya habían empezado a preparar las casetas para la feria del libro. Yo canté. Romaña vomitó en un stand dedicado al naturismo. Ruiz-Tagle dijo que había visto a un mimo y que estaba llorando. Lo más probable es que fuera mentira.

 

Lo que sí es cierto es que poco más de un año después de ese primer encuentro, el jueves 13 de noviembre, se presentó en la librería Cervantes y Compañía de Malasaña 12 cuentos del sur de Asia, libro que recoge relatos de escritores olvidados de Birmania, Vietnam y Singapur. ¿Sus nombres? Dee Jo Pai, Saw Htoo, K. Puu, Binya Waru y Queveco Chao, entre otros. Aunque los nombres, más aún para un escritor plagiarista, son lo de menos. Lo que importa es la obra, que sólo puede adquirirse en la citada librería, del mismo modo que la edición original francesa, Douze contes d´Asia du sud, estaba disponible únicamente en la “Shakespeare and Company” de París.

 

doce cuentos estante1

 

Tuve la suerte de ser invitado al evento. En todo ese tiempo no había vuelto a ver a Ruiz-Tagle ni a Romaña, pero tampoco estaban allí, en la presentación de un libro en el que habían tenido tanto que ver. Pregunté. Nadie les había visto. Estaban en un video de YouTube, eso sí, sustituyendo en placas conmemorativas los nombres de escritores clásicos españoles por los de los autores birmanos del libro, en un acto vandálico que reclamaba un nuevo paisaje literario para la ciudad, o no.

 

 

Luego me dijeron que no eran ellos, sino dos estudiantes de Filosofía que llevaban años sin echar un polvo. No encontré motivos para desconfiar.

 

Aquella tarde compré el libro, me fui a casa y lo leí de un tirón.

 

Los relatos, algunos anotados, prologados o traducidos por los propios Romaña y Ruiz-Tagle, y recopilados por Virginie Ooy, transitan desde la fábula hasta el juego vanguardista pasando por el costumbrismo, el género negro y la sátira moderna. Tantos estilos como voces hay en este volumen, a saber, hasta doce autores cuya identidad es en cierto modo un misterio. Y es que, si según Borges Kafka prefigura a sus precursores, esta obra multiforme se puede inscribir en una larga tradición de libros raros y/o imaginarios. Doce cuentos del sur de Asia hereda la imaginación del Marcel Swobb de Vidas imaginarias, la metafísica de Pierre Menard, el sentido del humor de Monterroso, la literatura lúdica de Borges y Bioy Casares bajo el pseudónimo de Bustos Domecq, el sacrilegio de Wilcock en La sinagoga de los iconoclastas y la pasión por el oficio de Patricio Pron.

 

Sin estos libros y autores no existiría el plagiarismo. Ni sin el Lazarillo de Tormes, sin Cervantes o sin Quevedo (porque sin ellos, claro, no existiría la literatura en castellano). ¿Qué quiere decir esto? Que el libro es bueno, en suma, y que es sólo el principio de un movimiento que ha nacido en Madrid y que promete. El próximo jueves 11 de diciembre, sin ir más lejos, César Ruiz-Tagle se desplazará desde su escondite hasta el bar Calvario de Lavapiés para leer Pequeños hurtos cotidianos, un relato de Kokoro Pattani incluido en esta antología (exquisito, por cierto). Leandro Romaña estará allí, creo. Yo también. Hablaremos de literatura, pero también puede ser que no hablemos de nada. En lugar de asistir al evento, un mimo enamorado en secreto de su sobrina se encerrará en los vestuarios de la piscina municipal de Palos de la Frontera, esperará a que cierren las instalaciones y se postrará de rodillas frente al espejo contemplando la idea del suicidio. No habrá Dios ni milagro alguno, nadie acudirá en su ayuda. Ni mucho menos un escritor plagiarista porque, como descubrí tras mi primer encuentro con el movimiento aquella larga noche de borrachera, al tiempo que metía las llaves en la cerradura y me daba cuenta de que me habían robado la toalla, las chanclas, el bañador y el candado, los escritores plagiaristas no saben nadar.

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