El rayo de la muerte español

Coincidiendo con la exposición sobre Tesla de la Fundación Telefónica, rescatamos del olvido al doctor Longoria, el madrileño que inventó el “rayo de la muerte”. POR DIEGO PARRADO


09 enero 2015

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Anoche en la Venda Negra caímos en la cuenta de que habíamos olvidado diseccionar uno de los personajes clásicos de la literatura gótica: el científico loco. Algunos miembros de nuestro club habían visitado la exposición dedicada al olvidado Nikola Tesla que durante estos meses se muestra en el Edificio Telefónica; aquel genio que, entre otras muchas contribuciones a la tecnología moderna, concibió la corriente alterna; y, repasando sus numerosas excentricidades (su obsesión por el número 3, su celibato, la amistad que trababa con las palomas, etc.), terminamos hablando de doctores de la categoría de Frankenstein o Rotwang, que, como Tesla, desafiaron el poder de Dios.

 

He ahí entonces que una vez más se nos brindó la ocasión de vincular lo extraño con la Historia de nuestra ciudad, pues hubo un científico de Madrid que compartió la obsesión de Tesla por la electricidad y pretendió imitar al todopoderoso en el más oscuro de sus cometidos. Se trata de Antonio Longoria (Madrid, 1890 – Florida, 1970), el científico que aseguró haber inventado el “rayo de la muerte”.

 

El propia Tesla había trabajado en el diseño de uno de esos rayos, un arma de “60 millones de voltios, muerte y exterminio a 400 kilómetros de distancia capaz de acabar con un ejército de un millón de hombres, pero la muerte le sobrevino antes de que pudiera desarrollar sus ideas y la humanidad quedó privado de ese último invento suyo. Era la época que siguió a la Gran Guerra, y el mundo, que acababa de perder su inocencia, buscaba el arma definitiva; un arma ante cuya sola mención palideciera cualquier ejército enemigo, pero que con la muerte de Nikola Tesla quedó condenado a existir solamente en las páginas de la ciencia ficción (Flash Gordon disparaba con su pistola rayos de ese estilo).

 

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Sin embargo, la revista Popular Science publicó la siguiente noticia en su número de febrero de 1940: “Palomas al vuelo caen muertas al instante por la acción de una máquina situada a una distancia de cuatro millas. Este es el logro que supuestamente ha conseguido el doctor Antonio Longoria, de Cleveland, Ohio, quien recientemente ha declarado haber destruido su letal máquina por el bien de la humanidad. El inventor de Cleveland ha afirmado que tropezó por casualidad con su rayo mortal mientras investigaba sobre el tratamiento del cáncer con radiaciones de alta frecuencia. La acción de estos rayos mortales, según sus afirmaciones, es indolora y está basada en cierto mecanismo que convierte la sangre en una substancia sin utilidad, tal y como la luz transforma sales de plata durante el proceso fotográfico. Anteriormente un grupo de científicos, según apareció en prensa, había demostrado que estas radiaciones eran capaces de matar ratas, ratones y conejos, incluso cuando los animales estaban resguardados en el interior de cámaras con gruesas paredes metálicas. Estos rayos, según la opinión del doctor Longoria, podrían matar a seres humanos con la misma facilidad.” 

 

Existía por tanto un “rayo de la muerte” similar al profetizado por Tesla, y lo había inventado un científico español: Antonio Longoria, un madrileño afincado en Estados Unidos. Su descubrimiento, por otro lado, no podía ser más oportuno, puesto que acababa de estallar la Segunda Guerra Mundial y los Aliados requerían de un arma de ese calibre para frenar a Hitler. Pero al parecer había un problema: Longoria era pacifista

 

Aunque en sus declaraciones a la prensa se declaraba un ferviente admirador del presidente Roosevelt, el doctor se negaba a mostrar su rayo de la muerte al Departamento de Guerra americano, pues “no se sabe quién podría ser el presidente que ocupe la Casa Blanca cuando Roosevelt ya no esté”. El español, según declaró siempre, aborrecía las armas y temía que su descubrimiento, que había resultado de su lucha contra el cáncer, terminara sirviendo a alguna causa malvada. De manera que, manteniéndose fiel a sus principios, Longoria decidió guardarse para sí los pormenores de su invento y, como suele decirse, se llevó su secreto a la tumba.

 

En su epitafio puede leerse lo siguiente: “They said it couldn’t be done. He did it.”, aunque lo cierto es que la verdad de todo el asunto es hoy casi tan insondable que la muerte que enmascara esa lápida. 

 

¿Estuvo un madrileño en posesión del poder de Abadón, el ángel exterminador del Apocalipsis?

 

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