El refugio del noctámbulo

Hay pocos lugares que puedan enorgullecerse tanto de haber sido refugio de la evolución de la cultura nocturna en Madrid como el viejo caserón que ocupa el número 11 de la calle Arenal. Desde el siglo XVIII ha visto pasar por sus estilosas puertas a literatos sin fortuna, grandes dramaturgos, rutilantes vedettes, músicos de rock o imponentes djs. Por David Arias


15 abril 2016

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Foto: Joy Eslava.

 

Hoy es el hogar de la Joy Eslava. La macro-discoteca primigenia de Madrid cumple 35 años y recorremos las noches que la hicieron única y salvaje, al tiempo que recuperamos las historias de Arenal, 11 antes y después de la Joy.

 

Ya en 1760, la cultura madrileña se instala en el 11 de Arenal, donde tiene su sede una importante imprenta y librería que surte de literatura a la villa. En el edificio, a lo largo de los siglos XVIII y XIX, vive toda suerte de gente honrada, desde estudiantes a médicos, que cruzan sus vidas con la librería de Hernando que se inaugura en 1838 sustituyendo a su antecesor, el Almacén de papel y libros rayados. Durante todo el siglo XIX, la librería se convierte en un centro cultural a la usanza de los actuales. Se programan presentaciones de libros o conferencias y se distribuyen libros. Hasta allí acuden estudiantes, escritores, profesores y lectores para intercambiar impresiones o buscar trabajo. Los profesionales liberales de la época encuentran una especie de Infojobs primitivo, dejando anuncios en el local buscando curro o publicando anuncios en la prensa decimonónica concertando citas en el lugar.

 

En 1851 la librería de Hernando comienza a convivir con una casa de huéspedes que trata de sacar partido del incipiente fenómeno del turismo. Toda una innovación para la época que se oferta con todas las comodidades: sirvienta, decoración exquisita y vistas a Arenal con tres balcones a disposición del viajero. En 1871, Bonifacio, el sobrino del músico Hilarión Eslava, tiene una modesta tienda de pianos en unos portales más allá de la actual Joy. Decide dar un paso más y promover un coqueto teatro en la zona. Se asocia y logra adquirir un local cuyas puertas saludan al pasadizo de San Ginés.

 

Le encarga la obra al arquitecto Fernández de los Ronderos y el resultado es un café teatro con capacidad para 1.200 selectos madrileños. El ayuntamiento inspecciona el local y le da licencia para inaugurar en diciembre de ese mismo año. El ímpetu de Eslava le lleva a adelantar los plazos al 30 de septiembre de 1871. Parte de los sibaritas habituales del Teatro Real lo tildan despectivamente de “destartalado y mezquino”, aunque no ocultan su encanto underground. No obstante, el diario La Iberia se da un paseo por el lugar y lo describe como “lindísimo y elegante teatro, en cuya construcción, aparato escénico y comodidad no se ha escatimado en gastos”. Los frescos en el techo de Ferri, Bussato, Foreti y Martín le confieren un aire parisino y sus adornos dorados, que aún conserva, le dan un porte muy bohemio. En su interior se aloja, externalizado, el Gran Café de Granada, que sirve maravillas gourmets a los amantes del buen teatro. La noche del estreno todo está preparado, se ofrece la recaudación a la beneficiencia. Por ese motivo, Eslava invita a la duquesa de Montijo, supuesta benefactora, que pasa de la invitación.

 

La primera noche es un éxito rotundo en un lugar donde resonarán piezas clásicas de Wagner y Beethoven, pero que apuesta por una comedia en tres actos para su premiere, de nombre “Redimir al cautivo”. La prensa alucina con el entorno y opina que “ocupa el primer lugar entre los coliseos madrileños de su clase”. El teatro tiene compañía propia pero tampoco hace ascos a promotoras y compañías teatrales de todo tipo. Su eclecticismo la convierte en una referencia del teatro más alternativo de Madrid y se posiciona en ese ámbito con rotundo acierto.

 

Poco después, para adaptarse a las demandas de aquel público de finales del siglo XIX, integra la cafetería en el teatro y tras observar que las veladas musicales no son del todo rentables, apuestan por el fenómeno creciente del café teatro. Se convierte rápidamente en referencia de Madrid apareciendo incluso en la zarzuela de 1886, “La Gran Vía”.

 

El nuevo director creativo del Eslava, conocido como Leyva, apuesta por la comedia y la zarzuela. Quiere dominar la escena y con ese objetivo ficha al cómico estrella de la década de los 90 del siglo XIX: Ricardo Zamacois. En el cambio de siglo, los fichajes estelares del Eslava le llevan a la cima con obras míticas que duran meses en cartel y provocan los suspiros de la platea. Actuaciones memorables como la de Loreto Prado en “A las puertas de la gloria”, donde casi peligra su vida al interpretar un ictus, convierten al teatro en un must.

 

Julia Fons y González en una escena del estreno de la zarzuela La Corte del Faraón en 1910.

Julia Fons y González en una escena del estreno de la zarzuela La Corte del Faraón en 1910.

 

Siempre a la vanguardia y ya en el siglo XX, la dirección de Vicente Lleó catapulta al Eslava con obras como “El conde de Luxemburgo” o “La corte del Faraón”. Tras el esplendor siempre llega la decadencia y en este caso la avaricia provoca la caída en desgracia de este teatro con encanto. Lleó se emborracha de éxito y decide ampliar un renovado Eslava. Los infames gastos producidos por las obras y un descenso en la calidad teatral y en la asistencia le llevan a la ruina y con él al teatro. El talentoso Lleó muere poco después, en silencio, sin el aplauso del público, sin un duro y en una triste casa de huéspedes de Augusto Figueroa en el momento en el que estrenan en el Apolo su obra “¡Ave, César!”.

 

En 1916 se inicia una nueva era con el apogeo del Teatro del Arte influenciado por París y que sitúa a la dramaturgia del Eslava y de Madrid en la vanguardia. Poco después se produce el suceso truculento por el que todo buen teatro que se precie pasa a la historia. En 1922 estrenar en el pasadizo de San Ginés está muy caro, por allí ya han desfilado obras de Valle-Inclán, Jacinto Benavente o “El Sombrero de tres picos” de Falla y eso aumenta el caché y las ansias por tocar el cielo en su escenario. Alfredo Vidal y Planas y Antón de Olmet se disputan el cartel. Vidal se adelanta y fracasa. Al mismo tiempo, Olmet coquetea con una mujer pretendida por Vidal y éste al ver el éxito sexual y teatral de Olmet discute acaloradamente con él en plenos preparativos de su obra. En la platea, Olmet trata de asfixiar con sus propias manos a Vidal y éste le dispara a sangre fría. El pobre Olmet muere poco después desangrado sin remedio. Vidal pasará solo tres años en la cárcel, pero la condena será para Olmet que, según muchos, vaga eternamente por el teatro. Hay quien dice haberle visto y forma parte ya de la leyenda del Eslava.

 

La maldición impregna el teatro. Su responsable Martínez Sierra decide girar por América para forrarse, pero regresa arruinado y el Eslava se abandona a sí mismo hasta los años 30. Es entonces cuando una estrella mundial se encapricha del viejo teatro. La vedette Celia Gámez se instala entre sus paredes y lo revitaliza con su revista picante y glamourosa. Lo nunca visto en Madrid provoca que las noches sean cálidas y repletas de aplausos en el Eslava durante la feliz época republicana. Al caer los primeros morteros franquistas en la capital, la artista argentina abandona España. Sin embargo, el teatro no cierra sus puertas durante la contienda. Tras la entrada de las tropas franquistas en la capital, la cartelera del teatro se transforma y retrocede siglos mediante obras de Pilar Millán Astray, Zorrila o Calderón.

 

Celia Gámez.

Celia Gámez.

 

En los 40 regresa Celia Gámez recupera su cetro de reina de la noche madrileña y devuelve el esplendor perdido al Eslava hasta 1956, cuando da una espantada épica dejando el teatro abandonado. El aristócrata Luis Escobar Kirkpatrick compra el Eslava y recupera sus antiguas cotas de éxito con cabarets estilosos y una estrella en ciernes, Nati Mistral. A finales de los 60, la revista pasa de moda y en Arenal, 11 vuelven los tiempos oscuros. A mediados de los 70, vedettes como Norma Duvall o actrices como Concha Velasco le dan una última oportunidad a la revista y al antiguo teatro Eslava. Será la última.

 

Dos obras de teatro controvertidas se convertirán en el canto del cisne del Teatro Eslava. Se trata de “Las manos sucias”, una sátira del genial Jean Paul Sartre sobre la existencia del intelectual de izquierdas. En el Eslava se representa su versión española firmada por Adolfo Marsillach y con una joven Carmen Maura entre el reparto. La última obra interpretada en el Eslava reconcilia al lugar con el inigualable Lorca, que había fracasado en los años 30 en sus tablas. “Así pasen cinco años” pone el broche final a más de un siglo de luces y sombras y el viejo teatro baja el telón definitivamente en 1978.

 

En 1972, un joven inquieto de nombre Pedro Trapote pide una excedencia para dedicarse junto a un socio al negocio de las embotelladoras de vino. La experiencia supone un fracaso enorme en su historial empresarial pero le reconduce hacia su futuro. Junto a otro socio se vuelca en la compra y gestión de salas de fiestas en una época en que la libertad se empieza a divisar en la noche madrileña. Autodefinido como abstemio, ni fuma ni toma drogas, eso no impide que acuda al templo mundial de la noche en Nueva York para inspirarse. El Studio 54 es hoy un mito, pero durante los 70 era la referencia en cuanto a excesos nocturnos. Trapote aguarda durante tres noches que el dedo divino del portero le permita acceder al paraíso. Dentro se encuentra con un local semi-vacío. Recuerda aún la música y el show de luces nunca vistas, pero sobre todo no olvida la diversión del público puesto de farlopa hasta las cejas. Lo ve claro y quiere crear un lugar similar en Madrid, carente de macro-discotecas donde compartan alocadas veladas las celebrities y el pueblo llano.

 

Foto: Joy Eslava.

Foto: Joy Eslava.

 

En 1979 le compra el Eslava a Kirkpatrick mediante una señal de un millón de pesetas de la época. Suena a ganga puesto en perspectiva. Inicia dos años de frenéticas obras para poner a punto su concepto de glamourosa discoteca al estilo neoyorquino. Destacan los palcos, la imponente pista de baile, los viejos frescos del Eslava decimonónico y el carrusel circular de luces que la harían reconocible durante décadas. Todo está listo para su inauguración un 24 de febrero de 1981.

 

El destino es siempre caprichoso y en el caso de la Joy Eslava lo es aún más. Con más de 5.000 invitaciones enviadas a las personalidades más relevantes del famoseo y la cultura madileñas, se aguarda un evento que explote la nueva imagen de la sala. Sin embargo, un guardia civil bigotón irrumpe en el congreso con aquello de “Quieto todo el mundo” y el país se convierte en un puño con pesadillas castrenses. La noche anterior al estreno Trapote y el resto de españoles se pegan al televisor para conocer el desenlace de sus propias vidas y del país. Afortunadamente, el golpe de estado se desmonta y la libertad se abre paso. La Joy celebrará su inauguración por todo lo alto como un canto a la redescubierta libertad. El fiestón hace época y la Joy Eslava no tarda en convertirse en un referente de la nueva noche madrileña. Su concepto se expande y llegan el mítico Pachá y Kapital. Las gentes de la Movida hacen suyo el local y lo lanzan al estrellato mediante sus icónicas actuaciones en el inmortal programa Aplauso de TVE, que durante los primeros meses de la discoteca llenará de estrellas como Tino Casal, Alaska, Loquillo, Mecano, Stevie Wonder, Michael Jackson o Rod Stewart las pantallas monocanal de todo el país poniendo en boca de todos las luces, las fiestas y la gente guapa de la sala.

 

Foto: Joy Eslava.

Foto: Joy Eslava.

 

A mediados de los 80 ya es el centro neurálgico de los famosos y anónimos de Madrid con ganas de grandes conciertos, salvajes fiestas y eventos sociales relevantes. Roger Moore, la gran Gina Lollobrigida, Tina Turner, Julio Iglesias acompañado de sus innumerables novias de la época o Almodóvar forman parte de la fauna nocturna del local. También modistos como Paco Rabanne o genios como Rafael Alberti se pasean por la Joy, al igual que la parte joven de la familia real. Hay un ambiente muy internacional con gente que llega de todas partes del mundo, cuya actitud deshinibida encaja muy bien en esos años de apertura internacional de España. En esa época loca se puede ver a Maradona dándolo todo en la pista cuando el Barça juega en Madrid. También algunos jugadores de las plantillas de Atleti y Madrid mueven las piernas con más fuerzas que en el campo al ritmo endiablado de los DJs ochenteros de la sala.

 

Las parejas y los amores también tiene su momento en la Joy, no todo puede ser desparrame. Allí, se toma la primera foto juntos de Miguel Boyer e Isabel Preysler, asiduos al local. La aristócrata Simoneta Gómez Acebo también se liga a su marido en una sesión loca de Joy. Por allí también se han visto parejas míticas como la formada por Richard Gere y Sofía de Habsburgo y muchos aseguran haber visto la belleza serena de Catherine Deneuve en esa pista de baile legendaria con alguno de sus ligues. Aunque los veteranos de la sala recuerdan mejor cuando a uno de los banqueros más importantes del país le levantan a su mujer en su propia cara. Su expresión cuando su mujer se marcha con otro ricachón dicen que sigue siendo memorable.

 

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Foto: Joy Eslava.

 

Otros momentos menos románticos han dejado más huella en la historia de esta discoteca. Una noche, un rico jeque árabe se empeña en comprar la recaudación de toda la caja en metálico. Su reputación y su American Express sin límite de crédito provocan que no le tomen por loco. Trapote da el visto bueno después de una de las llamadas nocturnas más extrañas que ha debido tener. La recaudación asciende a dos millones de pesetas, con ese montante en una bolsa se sube a los palcos superiores de la Joy y desde allí comienza a arrojar los billetes por pura diversión a una platea enfervorecida por la lluvia literal de millones. Cosas de la Joy.

 

En otra ocasión un potentado alemán se gasta 10.200 euros en 25 botellas de Cristal, obliga al responsable de la sala a llamar a un Trapote que se encuentra en casa dormido desde hace horas. Le despierta, le hace regresar a su sala y le regala un lujoso reloj Piaget por la noche que había pasado, la mejor de su vida según ese alemán fiestero. Así eran las fiestas de la jet en la época dorada, a veces hortera, otras refinada.

 

En los 90, se relaja un tanto el desfase aunque siguen acudiendo muchas caras conocidas del cine, la cultura, la música o el deporte. Durante un partido del Madrid, al goleador chileno Iván Zamorano le toca el pegajoso marcaje del hoy carismático entrenador del Rayo, Paco Jémez. Su melena desontrolada le saca de quicio. De noche, Paco se va a la Joy y divisa al chileno en la pista. Decide saludarle ante la desesperación del delantero del Madrid: “¿Aquí también me vas a tocar los huevos?”, le espeta Zamorano. En esa época es una discoteca muy de futbolistas. También de ciertos políticos que se han gastado nuestro dinero en fiestones para el olvido.

 

En 1999 se produce un inmenso incendio que se lleva por delante los frescos primigenios que coronaban la sala desde 1871. Tras una importante tarea de reconstrucción que dura cuatro meses, la Joy saluda al siglo XXI diversificando su oferta y apostando por un sinfín de eventos culturales, desde fiestas light para los más jóvenes a monólogos de prestigiosos humoristas. Durante la presidencia de Ramón Calderón, Trapote es directivo de la junta del Madrid y la sala se convierte una vez más en testigo de las farras de los galácticos madridistas.

 

Las fiestas de nuevo cuño transforman una vez más la sala mediante el Loco Monday, la Tropic Tuesday, la Crazy, el Epic Nights o Fabulush y mediante grandes y pequeños conciertos de la escena nacional e internacional. Más de 12.000 noches de fiestas dan para mucho y tras 16 millones de visitantes quedan muchas historias compartidas por el imaginario colectivo. Recientemente, un Borbón como Froilán de Marichalar encontró empleo como relaciones públicas de la sala, aunque el staff de la Joy lo desmiente afirmando que el niño real más díscolo y bochornoso solo recaudaba dinero para su viaje de estudios vendiendo papeletas.

 

Uno de los adictos a la Joy más célebres es Rafael Almeida, un veterano de la sala que recientemente le contaba a El Mundo su vinculación con la sala. Este palentino de 71 años ha vivido 1.000 noches en la Joy. Todo un récord que comenzó en los 90 cuando un amigo de Pedro Trapote le envió una tarjeta VIP a su domicilio. Desde entonces no falla a la sala a pesar de no beber alcohol. Su droga es el baile y en este templo madrileño a la noche halla momentos de inspiración únicos.

 

A pincipios de este año surgió un rumor que dejó estupefactos a los nostálgicos de la discoteca. La Joy se iba a transformar en una flagship store de una gran marca. Rápidamente, Pedro Trapote desmintió la información augurando un longevo futuro a su proyecto en el año de su 35 aniversario. Hace tiempo que no dirige en persona sus designios, ahora en manos de su hijo, pero este año ha vuelto a aparecer masivamente en la prensa para celebrar la efeméride y confesar que en realidad su sueño no cumplido ha sido el de ser torero.

 

El 27 de febrero pasado se celebra la fiesta 35 aniversario por todo lo alto con vistas al ayer y una panorámica al futuro no tan esplendorosa por el difícil momento por el que pasa la noche madrileña debido al IVA cultural y la escasa sensibilidad de las administraciones con el ocio nocturno de la ciudad insomne. Aún así, el viejo teatro de Bonifacio Eslava sigue en pie siendo un punto de encuentro de los sonámbulos de Madrid, sobreviviendo a golpes de estado y al paso del tiempo.

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