El revólver del crítico musical

¿Para qué quieres a un crítico musical? Si tu respuesta irreflexiva a esa pregunta es “¡para nada!”, cierra esta pestaña del navegador y ponte a leer otra cosa, este artículo no es para ti. En cambio, si te has parado a pensar cuatro segundos en el papel y la necesidad de la crítica hoy, te doy la bienvenida y espero que me acompañes en el scroll. Por Elena Cabrera


02 marzo 2015

pam

 

Diez periodistas musicales –uno de ellos es fotógrafo, una de ellos es mujer— han creado en Madrid una asociación llamada PAM, acrónimo de Periodistas Asociados Musicales. Puede que conozcáis sus nombres: a Íñigo López Palacios, Darío Manrique y Lino Portela les habréis leído en El País, a David Saavedra en Rockdelux, a Beatriz G. Aranda en Rolling Stone, a Pablo Gil en El Mundo y a Sebastián Alonso en Jenesaispop. Javier Herrero trabaja para la Agencia Efe. A Ángel Carmona le habréis escuchado en Radio 3 y muchas de las fotos de conciertos que miráis las ha hecho Alfredo Arias.

 

Esta decena de personas forman la Junta Directiva provisional de la PAM y han lanzado un llamamiento al resto de periodistas musicales para que nos asociemos con ellos. ¿Es una buena idea? Salvo un par de opiniones contrarias lanzadas vía Twitter, no he podido encontrar más que felicitaciones y bienvenidas a una iniciativa que “venía haciendo falta”, he leído.

 

Si la primera pregunta ya era complicada de responder, la que estoy a punto de disparar lo es aún más, pero parece ser que son balas del mismo revólver: ¿para qué quiere un crítico musical una asociación de críticos musicales?

 

Dice Darío Manrique que para “darnos una voz común” y “visibilizar una profesión maltratada y ninguneada”. ¿Para qué se quiere una voz común? Responde Javier Herrero que para “expresar más contundentemente” el “desacuerdo” con “determinadas prácticas o agravios que socavan la libertad de información” y “menosprecian” el papel de la crítica “dentro de todo el conglomerado musical”.

 

Herrero no nos aclara cuáles son esos agravios ni cuáles y quiénes ejercen esas prácticas. Es un misterio para mí. Puedo intentar leer entre líneas que se refiere a posibles presiones por parte de la industria musical para convertir a los periodistas en publicistas, y así seguir malamente a flote sobre los cascotes del naufragio.

 

Necesito más respuestas a mi “para qué”, por eso acudo a los estatutos de la asociación y en ellos leo una serie de “fines” que van desde el genérico de “potenciar” la defensa de la libertad de información y expresión que recoge la Constitución a otros más concretos como el “reconocimiento, defensa y promoción de los derechos de los periodistas musicales” o la facilitación del “diálogo y acceso a las fuentes informativas”. Quiere la Asociación convertirse en “interlocutor permanente” entre sus socios y las instituciones.

 

Desde hace un tiempo vengo escuchando propuestas, como la de David Aristegui, para crear un sindicato que defienda los intereses de los periodistas culturales freelance, que es el estado laboral más habitual en la crítica. El ejemplo sería National Writers Union en Estados Unidos que, con más de 1.200 miembros, es capaz de organizarle al Huffinton Post un boicot por no pagar las colaboraciones. Me preocupa que los estatutos de la PAM, en su artículo 4, letra e), no recojan el ámbito laboral como un orden prioritario en la representación de sus asociados.

 

Pero quizás me desconcierta más que la primera y única propuesta, novedosa por así llamarla, de la PAM sea la creación de unos premios que, como anunciaron en su rueda de prensa, se mirarían en el espejo de los británicos -y prestigiosos— Mercury Awards. Los asociados elegirán el mejor disco español del año.

 

¿Por qué no me parece buena idea? Llamadme pesada, pero por lo mismo de siempre: repetir las estrategias de la clase dominante te convierte, lo quieras o no, en clase dominante. Y, aún consciente de la posición de privilegio que me supone ser periodista, no quisiera reafirmarla aún más conscientemente premiando a uno por ser “mejor” que los otros.

 

La periodista musical Patricia Godes lo expresaba en Twitter de la siguiente manera: “cambiamos tu disco de OT por uno de Wilco”. Un gráfico resumen que explica el temor a cambiar el criterio de unos por el criterio de los otros. La estrategia es la misma y el orden establecido no cambia. Me gustaría que pensáramos en común, sí, pero no para crear una réplica del establishment en formato pequeño y la medida del buen gusto, sino para intervenir decididamente en la cultura.

 

La antonimia bueno/malo, mejor/peor, ganador/perdedor simplifica la producción cultural a criterios inmanejables, peligrosamente relacionados con el gusto personal y extremadamente débiles en manos de un periodista musical. Por eso, si la respuesta a mi primera pregunta, la de para qué quieres a un crítico musical, tiene como respuesta “para que diga cuál es el mejor disco del año”, yo también contestaría “¡para nada!”.

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