El ritmo de la calle

Ante la imposibilidad de vivir de la música dentro de las líneas del negocio más convencional, no son pocos los que se lanzan a la calle para vivir de ella. Esta es la historia de Ernest, un grupo formado por dos hermanos de León que han hecho su sueño realidad. Por Sergio C. Fanjul. 


11 septiembre 2013

 

Un día laborable, al anochecer, las calles de Madrid se van quedando vacías al tiempo que la luz anaranjada de las farolas va tomando las aceras desiertas. Pero al pasar por la calle Preciados, que ya va olvidando su ajetreo diurno, se encuentra un gran corro de ciudadanos, muchos de ellos en el suelo, que a veces dificultan el tránsito. ¿Un pic-nic urbano, una asamblea de indignados, un aquelarre? No: en el centro del improvisado anfiteatro está el grupo de música callejera Ernest. Al frente, los hermanos Rodríguez, Alberto y David, dos gemelos con botas camperas, gafas de aviador y pinta de guiri, sobre todo por el exquisito acento británico con el que van desgranando sus armonías vocales, pero que no son de Liverpool, si no de León.

 

Los Ernest dejaron su ciudad natal, donde trabajaban como camareros, para ganarse la vida en la capital dedicándose al difícil arte (¿y negocio?) de la música. Pero nada de pelear con discográficas, estudios de grabación o conciertos en salas: los Ernest vinieron para cumplir su sueño de tocar en la calle. Y de vivir de ello. “Siempre, desde que empezamos a tocar a los 16 años, nos había rondado lo de tocar en la calle, pero no como algo negativo, sino como una aventura romántica. No como una opción B, si no como una iniciativa”, explican. La situación de la industria musical casi obliga a tomar esta determinación: “Ahora tienes que llegar a la gente de otras maneras. Es muy difícil tocar en una sala y que la gente vaya a verte”.

 

En Madrid la música callejera crece como musgo allá por donde haya tránsito. Se encuentra de todo, en la calle o en el metro, al norte y al sur de la Gran Vía: nutridas bandas de mariachi, como la que suele tocar en la Puerta del Sol, también nutridos y bien marchosos combos de jazz formado por ciudadanos del este de Europa, practicantes del cordófono (esa extraña mesa con cuerdas tensas encima que se percuten con una especie de fusta), ancianas violinistas de pasado misterioso o rockeros, como los miembros de Ernest.

 

La legislación permite tocar en la calle siempre que no haya amplificación ni percusión, los músicos tienen que tocar a pelo. “Sin amplificación hay que gritar mucho. Nosotros tomamos el ejemplo de Glen Hansard, el de la película Once, un músico callejero que toca en Dublín, donde hay mucha tradición y se permite amplificar, pero que prefiere tocar a viva voz”. Durante su mandato, el entonces alcalde Alberto Ruíz Gallardón, hoy polémico ministro de Justicia, amenazó con prohibir, dentro de la llamada ordenanza contra el ruido, las actuaciones callejeras creando, también, gran polémica entre los que se dedican a esto, que se sintieron criminalizados (había multas previstas de 750 euros), aunque al final la cosa quedó en agua de borrajas. “Pocas cosas me gustan más que oír música en la calle”, dijo entonces el alcalde.

 

Los miembros de Ernest han llegado a acuerdos con los comerciantes y los vecinos de la calle Preciados (la calle comercial más cara de España y la duodécima del mundo): “El presidente de la asociación de comerciantes nos dijo que le parecía muy bien la música pero nos pidió que no viniéramos antes de las ocho y media de la tarde para no taparles los escaparates ni obstruir el tráfico de viandantes, cosa que aceptamos para llevarnos todos bien. Los vecinos también nos han dicho que les gusta lo que hacemos pero que no estemos más tarde de las once y media los laborables o las doce en fines de semana, cosa a la que también accedimos”, explican.

 

Aunque también tienen temas propios, que tocan de vez en cuando, con el tirón de sus versiones de clásicos del rock anglosajón como Bob Dylan, Beatles, Oasis, The Eagles, Mamas and the Papas, o la Creedence Creedence Clearwater Revival, la banda ya se ha hecho su legión de admiradores que les siguen por las redes sociales y que vienen muchas tardes a verles tocar. “Se para gente de todas las razas, condiciones y culturas. Se nos pone la piel de gallina en ciertas situaciones que nos han pasado: en una ocasión tocando el “Wish you wew here” de Pink Floyd, alguien se puso a cantar con nosotros mientras se le caía la lágrima, tenía una carga emocional muy fuerte para él. Con el “Hotel California” de los Eagles una canadiense fue como si se le parase el corazón, se le empezaron a caer también las lágrimas, y se puso a mirar al cielo. Luego nos contaron que se había muerto su marido hace un año y era su canción favorita. Nos dio un abrazo, fue muy emocionante”. Aunque a veces también suceden cosas desagradables como la irrupción de borrachos o gente que se pone a hacer burla y buscar protagonismo: “Estamos inmunizados para todas estas cosas”, dicen, “pero a veces te sale la vena beligerante y te cabreas. Son las cosas incómodas de la calle”.

 

Los Ernest viven de esto y así piensan seguir: “La discográfica no te va a producir si no eres ya conocido por redes sociales y demás. Tal y como está el panorama, ni los famosos venden ya”.

 

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Comentarios:

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nieves says:

Yo soy rendida admiradora de los Ernest, y no solo por su calidad musical, si no por su valor y por su gran amor por la música. Me parece mucho mas decente lo que hacen estos dos hermanos que lo que hablan esas grandes estrellas diciendo que hoy en día es imposible vivir de la música, por como está la industria. Lo que no se puede vivir es grabando un disco cada dos años y haciendo tres megaconciertos. Pues si, con eso es difícil vivir en Miami o en Pozuelo, en un gran chalet y con los lujos correspondientes. Deberían aprender de lo que es vivir la música y trasladarlo a todo el que quiera parar un par de minutos a escuchar una canción

Juaner says:

1. Supongo que cuando decís José María Gallardón queréis decir Alberto Ruiz-Gallardón.

2. Doceavo no designa al ordinal de doce. Es duodécimo o decimosegundo.

3. He tenido la “suerte” de cruzarme cien millones de veces con estos dos. Nunca entenderé lo que triunfa o no en la calle. Para mí, que esta gente viva de tocar cada día las mismas canciones, sin riesgo ninguno, sin cambiar el repertorio, sin buscar otra cosa que el aplauso fácil, me parece que es respetable, pero que tiene el mismo valor artístico que la tuna o el señor que hace fotocopias en mi calle.

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