El Trópico visita la rave

Noches de desenfreno, drogas, drum & bass gobernando la cabina y un entorno clandestino. Así eran las grandes raves cubiertas de polvo en los 90 y principios de siglo. Algo ha cambiado en la última década en las raves madrileñas. Se han limpiado los clichés y han apostado por una programación rica y variada, tendente a la diversión y con un concepto asociativo de difusión de una nueva cultura urbana. Por David Arias


16 febrero 2016

En Madrid han surgido decenas de asociaciones culturales que abogan por noches cargadas de ritmos calientes, buen rollo y mucho colorido tropical. Algo ha cambiado en el mundo rave y hemos decidido descubrir de qué se trata.

 

La rave se ha transformado en un concepto más complejo y menos peyorativo. Los colectivos abogan por la difusión de la cultura a través de free parties y eventos musicales gratuitos abiertos al underground. La mayoría de ellas nace de un grupo de amigos con ganas de organizar fiestas y darles un contenido más visual, atrayente y divertido.

 

El referente para casi todas ellas es el colectivo Guacamayo Tropical. Los ritmos ardientes y tropicales de sus fiestas celebradas en diferentes locales de la ciudad han cambiado el decorado y la inspiración de muchas de las raves madrileñas para siempre.

 

LA SIERRA TROPICAL

 

Manglar es uno de los colectivos más activos desde su fundación en junio de 2013. Su contribución cultural a Collado Villalba ha sido considerable. Su base de operaciones es el CSOA La Fábrika, situado en el espacio del antiguo Testa, una discoteca que cerró hace muchísimos años y que, una vez abandonada, fue okupada. Jorge Montero recuerda la primera fiesta que organizaron allí. “Nos comentaron el buen estado de lo que había sido el Testa, con barras, cabina y dos terrazas enormes. Nos encantó una de ellas con capacidad para 450 personas y no lo pensamos más”.

 

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Ya tenían el lugar. A pesar de no ser asamblearios, se reunieron para aprobar la ubicación y repartirse tareas bajo la supervisión de los tres miembros primigenios –Jorge Montero, Rocío Barbas y Luis Herrero–, a los que se fueron uniendo María, Juancar o Guille. Tenían un presupuesto de 200 euros, pero lograron reunir a un buen compendio de la escena alternativa de Collado Villalba y un cabeza de cartel de lujo como Guacamayo, el germen y dinamizador de toda esta escena. Tenían claro el aforo máximo que podían permitirse: 300 personas. “Más gente acarrea mayores problemas de organización y seguridad. En un principio nuestro objetivo era montar una fiesta con amigos”.

 

Aquel cálido verano contó con tres fiestas de Manglar en la vieja fábrica de Collado, una cada mes, y supuso el despegue definitivo del colectivo. La reputación de sus fiestas alocadas fue creciendo gracias, sobre todo, al boca a boca, pero también a las redes sociales. “En la primera fiesta teníamos unas 150 personas de Villalba y 20 de Madrid. A lo largo de estos años hemos invertido la dinámica”. La clave de sus animadas fiestas radica en sus horarios amplios, en la diversidad de personas que disfrutan de ellas y en el estilo desenfrenado y colorido de su música.

 

Uno de los propósitos más importantes de este tipo de colectivos es concienciar al público de la libertad cultural, a un precio no abusivo que facilite el acceso, ya sea dentro de proyectos autogestionados o fuera de ellos. Para ello, “es importante comprender lo que se hace allí y qué se reivindica”. Las limitaciones legales y organizativas en cuanto a eventos al aire libre les ha obligado a cambiar de localización. “Una fiesta al aire libre solo es viable si pones un precio por entrada alto o tienes algún patrocinador importante que te respalde. En cualquier caso, ninguna de las opciones son contempladas por Manglar”. El nivel de decibelios es otro de los principales impedimentos encontrados en Collado Villalba, con normativas municipales muy restrictivas con la cultura.

 

A pesar de estas limitaciones, en cada fiesta se cuelga el cartel de Sold Out. “Nunca nos excedemos de 350 asistentes, porque no tenemos capacidad para administrar más público. Controlamos el aforo mediante pulseras y, en caso de exceso de demanda, se debe guardar cola y esperar a que alguien abandone la fiesta defintivamente”.

 

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El nivel organizativo en sus eventos es alto. También han montado Sweat Dealers, una promotora cultural que ha trasladado la experiencia acumulada en Manglar a un espectro más amplio. Les podemos disfrutar en diversos lugares de Madrid bajo el paraguas de Conspiraciones Tropicales –una reunión de diferentes colectivos tropicales–,  una manera de entender la fiesta divertida y sin prejuicios. Todo un desfase de color y amor tropical.

 

Ambos se decantan por lo tropical, sin descartar otros estilos. “No queremos ser tropicales 100%. Yo –Jorge– pincho cumbia electrónica, música británica, techno, funk, jungle… Escuchamos de todo y por eso lo único que exigimos a nuestros temas es un sonido soleado, veraniego y colorido. La idea es disfrutar, tomar una piña colada, disfrazarse, bailar, pillar un pedo divertido o terminar encima de la barra moviendo las cinturas al ritmo de la cumbia electrónica mientras atardece”.

 

LAS NOCHES EN CIUDAD UNIVERSITARIA

 

Fisura es un claro ejemplo de la evolución de las fiestas de electrónica. Sus eventos en Ciudad Universitaria fueron transformando su actitud y música rave en un mar tropical de diversión y compromiso cultural. Luismi, uno de los más veteranos de este movimiento, nos lo confirma: “Hemos variado adaptándonos en función de la gente que hemos ido conociendo. Nos gusta dar oportunidades a todo tipo de gente, aunque nos han influenciado mucho Guacamayo, Manglar o La Selva. Nuestro rollo ha evolucionado desde lo más rave, como el hardtek, hasta la electrónica latina alternativa”. No hay noche que se repita.

 

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Fisura está compuesta por 10 personas que, de manera altruista, unen esfuerzos para generar una cultura libre en la ciudad. “En total somos 20, incluyendo colaboraciones”. Casi todos son estudiantes, de filosofía o de literatura universal como el propio Luismi, técnicos audiovisuales y de sonido, djs, expertos en diseño, cámaras y hasta un masajista. “Somos gente creativa que se busca las habichuelas por su cuenta”.

 

La noche alternativa madrileña se disgrega en diferentes free parties repartidas por toda la ciudad y celebradas en espacios públicos y locales de capacidad reducida. Luismi coincide con Manglar en el aforo máximo que pueden gestionar, en torno a las 300 personas, y en el propósito de concienciar a la gente de que este tipo de fiestas autogestionadas es posible. “Lo más difícil es inculcar entre la gente respeto. No permitimos babosos ni violentos”.

 

Los espacios que ocupa Fisura para su fiesta se ubican en Ciudad Universitaria, donde se han convertido en referentes y pioneros de un tipo de fiestas con una demanda creciente. “Hay sana competencia entre los más de 20 colectivos que yo conozco en Madrid”. Estos proyectos están en contacto, aunque “es necesaria una plataforma de difusión conjunta. Es un tema complicado porque muchos de nosotros vemos lo alternativo como clandestino. Yo creo que lo ideal para generar una escena potente es que sea accesible a todo el mundo. Y si genera dinero mejor, el problema sería que eso se convirtiese en el leitmotiv. La escena underground siempre se anticipa a la moda futura a base de creación libre.”

 

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Mientras, las fiestas en Ciudad Universitaria siguen poniendo una nota de color a la noche madrileña. “Más que un colectivo de raves, somos un colectivo cultural que monta free parties”. En esas noches hay todo tipo de gente, desde punks, pokeros que se han enterado de que hay fiesta, rastas o raveros. Allí tienen la libertad de hacer y expresar lo que quieran. “Los pocos problemas se deben más a la masificación que a la organización. Nada grave. La gente acaba gestionando los problemas típicos”.

 

No obstante, sigue habiendo prejuicios, como el tema de las drogas. “Es parte de una doble moral. En el Mondo o en el Kapital parece que la gente no se droga, pero sucede todo lo contrario. La diferencia está en que en nuestras fiestas todo el mundo es libre de hacer lo que quiera y es más visible. En lugar de ir al baño, la gente consume en la pista, pero al final la droga es parte de la cultura y es un tema que no puedes tapar. Nosotros queremos difundir el uso responsable”.

 

CULTURA EN TRES CANTOS

 

El Colectivo K nace en 2008 en respuesta a las inquietudes de varios estudiantes de 17 años de Tres Cantos. Esta ciudad tiene hoy en día casi la misma edad que tenían ellos cuando se unieron para luchar contra el inmovilismo cultural de su localidad. Su intención es ofrecer posibilidades a artistas locales y crear una oferta cultural estimulante. A pesar de ser jóvenes sin recursos, consiguen organizar una infraestructura de unas 20 personas. Estos socios primigenios aportan 20€ al proyecto, suficientes para adquirir el equipo. Con ellos organizan su primer fiestón, una noche intensa, en la que participan raperos y djs locales. Al año siguiente, ya programan dos fiestas, una en primavera y otra en otoño.

 

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Su punto de inflexión se produce poco después de la caseta que instalan en las fiestas patronales de Tres Cantos. Por sus raves pasan David, Gabi y otros djs de diferentes generaciones con ganas de aportar sus bpms al proyecto. En 2011 ya cuentan con aforos de más de 200 personas, aunque al año siguiente esa cifra descendió. No les importó porque para ellos el dinero es secundario. “Cada uno aporta tiempo o dinero, lo que importa es estar implicado y ayudar al colectivo”.

 

En 2012 dan un paso más allá y consiguen un local a modo de sede, convertido en un estudio de grabación, donde se apoya el talento de muchos jóvenes de la zona. “Allí se han grabado varios temas de diferentes bandas. Lo importante es ofrecer la oportunidad a quien la necesite”. Las fiestas siguen siendo su plato fuerte y a lo largo de sus años de existencia han creado noches inolvidables.

 

La más espectacular se celebró en un castillo de Guadalajara. Un torreón en medio de un páramo con mazmorras, convertidas en pista de baile y un pozo. “De pedo en un castillo, fue increíble. Solo éramos 80, pero la experiencia no se olvida. Nos lo prestó otro colectivo, tuvimos que llevar el material en un camión. En el castillo era todo más complicado, no había agua corriente y teníamos que desplazarnos a por hielo a 10 kilómetros de allí, pero fue una fiesta genial”.

 

Los eventos de Colectivo K tienen un punto de diversión libre y una dosis de aventura. Les gusta salir fuera de la ciudad y han cubierto con buena música y una cuidada ambientación los campos de Molina de Aragón, lugares como Cerceda o rincones de Segovia.“Fuera de los núcleos urbanos todo es más sencillo en cuanto a precio y legislación. Buscamos sitios medio abandonados o pueblos. En el mundo rural la gente es más tolerante porque de jóvenes ellos se organizaban en peñas y están más habituados a fiestas organizadas. Nos ven como una fuente de ingresos y de vida social para sus poblaciones”.

 

Los marrones son inevitables, pero hasta ahora han sido contadas las ocasiones en donde ha existido algún problema serio. “En la Farmer de Segovia, el cacique del pueblo alertó a la guardia civil de una fiesta ilegal porque el terreno de al lado era suyo. Plantaron un dispositivo durante 24 horas y enseguida se dieron cuenta de lo innecesario de tener ocho coches allí. En el campo hay un vacío legal en cuanto a fiestas. No hay ninguna ley concreta para prohibir las raves. Existen multas por medio ambiente, pero no por ruidos. En Madrid es diferente, todo está más regulado y restringido”.

 

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Actualmente, el colectivo pasa por un relevo generacional importante con gente de 20 años que viene pegando fuerte. A ellos el término rave les resulta peyorativo, buscan fiestas diferentes, inesperadas, clandestinas pero también bonitas para colgar en Instagram. “Sin una buena organización no hay música. Nuestras fiestas al principio eran de rap, pero con el tiempo nos dimos cuenta de que solo funciona en conciertos, no en fiestas. Nos hemos abierto a la electrónica por demanda popular. Creo que si quieres hacer algo que mole, tienes que conectar con la gente, sorprenderla. El tiempo del drum en las rave ya pasó. Hay cambio de paradigma en la gente. Es algo más libre, donde además el artista tiene la libertad de fijar su propio estilo, sea cual sea”.

 

FURTHUR, EL CLÁSICO

 

La fiesta Furthur es un ejemplo de longevidad. Aún alejada de los ritmos tropicales, comenzaron organizando algo más que una rave en Casavieja, Ávila, hace más de una década. Su Furthur Gathering se ha convertido en un destino imprescindible cada junio. El evento cuenta con muchos acólitos, deseosos de vivir una experiencia cultural al aire libre en contacto con la naturaleza.

 

Foto: Berta de la Vega.

Foto: Berta de la Vega.

 

En el paraje natural de Casavieja instalan cada año un restaurante, baños, parking, duchas y hasta un mercado ecológico en una demostración de organización y autogestión única. Un autobús te recoge en Madrid para acercarte a la Furthur, donde te espera el mejor psychedelic trance, un muestrario de lo mejor de la escena electrónica underground en la última década. A pesar de predominar la electrónica más vanguardista, también han poblado su cartel de artistas que apuestan por la psicodelia acústica, el downbeat o el trance orgánico.

 

Han concebido la fiesta como una abertura mental mediante la música y la naturaleza. La Furthur sigue explorando su sonido y no cerrándose a ningún estilo, en lo que supone, como cada colectivo con el que hemos hablado, una apuesta por lo ecléctico. A pesar de todo, la música es solo una excusa para generar atmósferas únicas en sus escenarios naturales. El cuidado aspecto y las increíbles experiencias visuales generadas e integradas en el entorno son la seña de identidad de la Furthur, sorprendiendo a sus asistentes con vídeoarte, proyecciones, elementos decorativos espectaculares y experiencias enriquecedoras basadas en el buen rollo: equilibristas, payasos, acróbatas, ferias de artesanía, cuentacuentos, cómicos, pintura, conferencias, danza o meditación. El festín para tu mente es infinito y va más allá de una mera rave perdida en el campo.

 

Se trata de una conexión libertaria entre arte y público, diversión y concienciación artística. Una manera creativa de transformar el ocio en una experiencia enriquecedora, diferente y útil para la mente.

 

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Este recorrido por las raves de Madrid nos ha mostrado la profunda transformación del sector y cómo las apuestas por el trópico han traído una mayor apertura y, en cierta medida, una apuesta de los colectivos por músicos y propuestas diferentes. Ahora las raves quieren fomentar la cultura y son promotoras de una ingente cantidad de proyectos diferentes para generar una ciudad más viva. Los sustitutos de El Monasterio, 13Kalles o El Túnel, nos traen buena onda tropical capaz de limpiar viejos clichés y adentrarnos en un futuro inmediato cargado de colorido y diversión.

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Comentarios:

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Alberto says:

Muchas gracias por el reportaje a David Arias.

Mucho ánimo a tod@s los que salimos aquí para seguir con estos proyectos tan ilusionantes.

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