Emergencias del acontecimiento

Los artistas Fabian Treiber, Amaya Hernández y Miriam F. Lara reflexionan sobre la perspectiva temporal y la sucesión del devenir en “Emergencias del acontecimiento”, una exposición que se puede visitar hasta el 5 de mayo en la galería Espositivo. Por Nerea Ubieto.


18 abril 2018

El tiempo se nos escapa de las manos. Huye. Pasa ligero. Quién pudiera retenerlo, alargarlo, guardar pequeñas porciones para ser recuperadas en cualquier momento. Mucho se ha dicho y escrito sobre el tiempo, pero la realidad es que no existe: es solo una construcción que nos permite entendernos y gestionar nuestras experiencias sin colapsarnos. Lo único real es el acontecimiento, es decir, el presente. En el ahora ocurren las vivencias que registramos y, posteriormente, sirven para narrar el pasado, o bien, proyectar el futuro. En este sentido es útil entendernos como lo hizo el filósofo inglés John Locke: una conciencia ordenadora que compone y divide los materiales que encuentra en su mente. El yo consiste para él esencialmente en esta capacidad, porque todo lo que pueda encontrar y ordenar es variable, mientras que la conciencia estructuradora permanece siempre la misma.

 

 

Pensar la temporalidad, bien sea desde la individualidad más cotidiana o desde una supuesta precisión científica es el discurso de fondo de esta exposición, tan inspiradora como heterogénea. Los recuerdos se modifican en mayor o menor medida en función del impacto visual y emocional que hayan tenido en nosotros. A veces son vagos, otras vívidos, pero en cualquier caso imprecisos. El artista alemán Fabian Treiber, residente del programa Espositivo 7B en 2017, representa en sus pinturas de la serie “Common things” objetos que forman parte de su vida diaria y que traslada al lienzo tal y como permanecen en su memoria. Un ejercicio de recuperación mental en el que la inmediatez y la imprimación sensorial juegan un papel clave.

 

 

 

Entendemos el tiempo de una manera lineal, como sucesión de momentos que transcurren uno detrás de otro, sin embargo, está concepción tan naturalizada es sólo una posibilidad de aproximarnos a los eventos. Miriam F. Lara nos propone otra versión basándose en la idea de periodo de retorno del agua que se usa en ingeniería hidráulica: un concepto estadístico que intenta averiguar hasta qué punto un hecho puede considerarse raro a partir de estudios de observación de la probabilidad. En este sentido, la artista plantea el tiempo como algo probabilístico en el que cualquier futuro que podamos pensar tendría una estructura fractal, es decir, todo suceso es posible, pero estaría asociado a una probabilidad. Con esta idea de buscar los acontecimientos eventuales crea “Frágil”, una instalación que parte de un hexaedro de cristal en el que, al tirarlo, cada cara tiene 1/6 de probabilidad de que salga porque es completamente regular. El siguiente paso es generar poliedros irregulares en los que cada lado se asociaría a un acontecimiento y, para sacar su correspondiente probabilidad, habría que tirarlos muchas veces. Llevando este ejercicio al extremo, incluye la esfera como un cuerpo geométrico que tiene infinitas caras y que, además, se ha utilizado desde hace siglos en las ciencias adivinatorias para tratar de acercarse al futuro. El resultado al tirarlo sería, de alguna manera, totalmente abierto y desdibujado. Por otro lado, la artista considera la idea de la mecánica cuántica según la cual el proceso de observación de las probabilidades, lejos de ser inocuo, obliga al sistema cuántico a optar por alguno de los posibles resultados, convirtiéndose en una la fuente de indeterminismo. En el caso de la pieza la frustración es mayor, ya que toda la estrategia de tiradas inventada para intentar construir algo certero, queda reducida a la más absoluta imposibilidad: las figuras son de cristal y el experimento se agotaría en la primera tirada. La pieza plantea, desde una complejidad metafórica, como el pensamiento de predecir un tiempo futuro está abocado al fracaso.

 

 

 

Finalmente, el objetivo de la obra de Amaya Hernández, “La pagoda”, parece ser justamente el contrario: evocar un tiempo pasado, en concreto, aquel que se posaba sobre el edificio de Miguel Fisac del mismo nombre durante el mes previo a su demolición en 1999. Siguiendo en su línea de interés por la memoria de los espacios, la artista pone su atención en esta obra emblemática de Madrid y decide recuperarla de una singular y extremadamente poética: reconstruyendo su atmósfera. El proceso es lento y laborioso, el resultado impecable. En primer lugar, partió de los planos originales para construir un modelado en 3D del propio edificio. A continuación, realizó un estudio sobre cómo incidía la luz en las diferentes partes de la construcción para poder seleccionar las partes que más le interesaban. Una vez elegido el habitáculo situado en el suroeste, filmó con una cámara digital cómo iba entrando la luz desde las cuatro de la tarde hasta el anochecer. Para la producción de la pieza, acelera el tiempo comprendido en estas horas y lo que vemos es la luz que atravesaba dicha estancia durante un periodo concreto de tiempo.

 

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