En el estudio 35.000 jóvenes

El barrio de Oporto, en el distrito de Carabanchel, acoge desde octubre un nuevo estudio llamado 35.000 jóvenes, donde trabajan, entre otros artistas, Amaya Hernández, Valeria Maculán y Cristina Mejías. Un espacio en el que los tiempos en soledad y las experiencias comunes están en perfecta armonía. Por Irene Calvo. Fotografías por Ángela Losa.


14 febrero 2018

Recorremos la Calle de la Oca, en el distrito de Carabanchel, cerca del metro de Oporto, mientras nos cruzamos con los vecinos del barrio, una mezcla homogénea de gente mayor que arrastra pesados carros de la compra y personas jóvenes que hablan con fuerte ímpetu por el manos libres del móvil. Una agradable luz fría ilumina esta mañana cualquiera de febrero mientras callejeamos brevemente hasta llegar al estudio 35.000 jóvenes. Cuando llamamos al timbre de la puerta, escuchamos pasos acelerados desde el interior del piso. Nos recibe Cristina Mejías y nos va mostrando los diferentes espacios del estudio, hasta llegar a una zona común, donde nos encontramos con Amaya Hernández y Valeria Maculán. Actualmente en 35.000 jóvenes están trabajando Amaya Hernández, Antonio Menchen, Cristina Mejías, Valeria Maculan, Christian Lagata, Juan Viso, Candela Sotos, Andrea Loik y José Luis Cremades.

 

De izquierda a derecha: Valeria Maculán, Cristina Mejías y Amaya Hernández.


 

“Cristina, Antonio [Menchen] y yo estábamos en otro espacio, que era diáfano pero pequeñito y un poco oscuro, así que nos pusimos a buscar y cuando encontramos este sitio, nos encantó la luz y que estuviera compartimentado”, cuenta Amaya. Que fuese en Carabanchel no fue un detalle que estuvieran buscando, tal y como explica Cristina: “Fue totalmente fortuito que nos quedásemos en el barrio de Oporto. Cuando empezamos a buscar vimos varios sitios, hasta que un amigo que tenía el estudio por aquí me dijo que por esta zona se alquilaban naves. Así que vinimos a pasear, buscando carteles, preguntando a porteros, sin saber que había tantísimos artistas aquí”. Tras encontrar el lugar, Antonio, Amaya y Cristina decidieron reformarlo, y no fue hasta octubre del pasado año que el estudio estuvo listo. “Cuando terminamos de reformarlo, hicimos una invitación general, anunciando que teníamos espacios disponibles”, comenta Amaya; “vi la publicación y resulta que tenía que abandonar el espacio donde estaba, así que me pareció interesante: la zona me venía bien y sabía que había muchos otros estudios de artistas por el barrio y eso me gustaba”, recuerda Valeria.

 

 

La organización del estudio es muy democrática y asamblearia y esto es algo que Valeria también valora muy positivamente: “Esto a mí me encanta, cada idea que surge se debate y se vota entre todos, y me parece muy enriquecedor participar de algo así porque da pie a estar en contacto con gente activa, que está trabajando y que está produciendo; un lugar vivo”. De hecho, fue a través de una votación como se eligió el nombre del estudio, recuerda Cristina: “Hicimos un brainstorming y las opciones que salieron las sometimos a votación. La idea fue de Francisco Chamorro y Javier Ruiz Pérez. Cuando votamos este nombre, yo no tenía ni idea de dónde podría venir y por eso me gustó”. Amaya, por el contrario, enseguida asoció conceptos: “A mí me gustaba el componente social del nombre. 35.000 es una cifra como otra cualquiera pero que podría pertenecer a un acontecimiento importante, como de titular: ‘35000 jóvenes se manifiestan…’, tiene esa parte de componente social que me parece muy bonito”, pero lo que está claro es que “es un nombre que no pasa desapercibido, enseguida se queda en la memoria”, concluye Valeria.

 

Aunque afirman que no buscan generar una identidad propia, en el estudio 35.000 jóvenes sí que se comparten ciertas maneras de pensar y convivir: “Antonio, Amaya y yo, sabíamos desde el principio que no queríamos que fuese una especie de coworking o una oficina”, confiesa Cristina y continúa Amaya: “Había una intención de realizar actividades e involucrar a más gente, hacer cosas como la convocatoria de los libros de artista que hemos realizado para Open Studio”.

 

 

A pesar de llevar poco tiempo, ya comienzan a notar influencias de sus compañeros: “A lo mejor no de una manera consciente, pero al final todo lo que hacemos es referencia o transformación de algo que hemos visto, así que sí, claro, a pesar de que nuestras obras son muy diferentes”, manifiesta Amaya y Cristina opina: “Me gusta hablar de lo que hacemos, compartir opiniones y eso se termina notando”. Para Valeria la influencia es otra, aunque muy importante también: “Se contagia la concentración de los demás en sus propios trabajos, empiezas a observar y al verlos trabajando, te motiva a ponerte tú”. En este contexto incluso se ha comentado la posibilidad de generar trabajos en colaboración: “Sí que hemos hablado de algunos proyectos, y nos planteamos desarrollar trabajos en colaboración, comisariados… Pero todavía es pronto” explica Amaya.

 

Sin embargo, uno de los puntos que, sin duda, más caracteriza a estas artistas es que no querrían trabajar solas bajo ningún concepto: “La idea de compartir un espacio, salir, intercambiar ideas, es importante para estar sano, porque si no tantas horas sola… Para mí, mi estudio es un espacio de trabajo donde es importante que esté sola para producir, pero más importante es que ese lugar esté en otro que sí está compartido con más gente”, afirma Valeria y, en esta misma línea, declara Cristina: “Para mí es importante que sea un espacio compartido y nos encontremos aquí. Me gusta tener el espacio de trabajo fuera del hogar, porque me gusta llegar a mi casa y decir: ’he trabajado y ahora estoy en casa’ y descansar. Si trabajas en casa es muy difícil desconectar”, a lo que añade Amaya: “También es una apuesta, es posicionarse socialmente diciendo: ‘voy a alquilar un estudio para desarrollar mi trabajo’, de tal forma que al tener un lugar, un espacio donde trabajar, ser artista se convierte en un trabajo de verdad, para ti y para los demás. Es como la habitación propia de Virginia Wolf, ese lugar tuyo donde te sientes a gusto para poder crear”.

 


 

 

Cristina Mejías actualmente se encuentra realizando una residencia en El Ranchito ARCO Lisboa: “Trabajar fuera de aquí me ha resultado un poco caótico al principio, necesito hacer el espacio mío y cuando llegas a un sitio nuevo, es extraño. Me gusta trabajar con muchas cosas a la vista, así que he ido llevándomelo poco a poco y ya me voy sintiendo más en casa. Estar allí está genial, porque puedes trabajar con proveedores, pedir materiales y te lo traen allí mismo”. 35.000 jóvenes no es el primer estudio de Cristina: “En Berlín estuve compartiendo estudio con una señora en una especie de gruta, en un sitio que era como un cementerio de madera y pagaba muy poco. Después, también en Berlín, me hice mi propio estudio en mi habitación – no sé siquiera si puedo considerarlo así- separé un espacio de mi cuarto con bastidores y lienzos”. Una vez en Madrid, Cristina ha pasado por varios espacios hasta llegar a este. Aunque Mejías desarrolla gran parte de sus investigaciones fuera del estudio, necesita de este lugar de trabajo para seguir desarrollando sus proyectos: “Suelo trabajar en proyectos de larga duración que comienzan con una investigación previa fuera del estudio, aunque no trabajo con una idea clara, por eso, el estudio no es solo un lugar donde ejecutar, es donde continuo con el proceso de investigación y analizo los materiales que he recopilado fuera”. El próximo mes de mayo, durante ARCO Lisboa, se mostrará el proyecto final en el que Cristina está trabajando durante la residencia. Fruto de otra residencia, en Maracaibo, Venezuela, se inaugurará el 16 de marzo en Maczul una muestra en la que la artista participa: “Estuve trabajando con una comunidad indígena, los Wayúu, e inicié un proceso de trabajo para realizar un tapiz con sus técnicas, un proyecto complicado porque lo he llevado a distancia, ya que en el tiempo que estuve de residencia no me dio tiempo a terminarlo”. Más cerca, en tiempo y espacio, en Madrid, en el Espacio OTR el próximo viernes 16 de febrero, Cristina estará participando en una colectiva, comisariada por Dalia de la Rosa, “y lo próximo es en octubre, una residencia en Tabakalera de tres meses”.

 

 

 

Valeria Maculán es, además de artista, gestora de un espacio independiente llamado Alimentación 30: “Es un poco la idea de Ricardo Basbaum que hablaba del artista-etc. Hay muchas personas que son artistas, gestores y más y compaginan sus actividades. Cuando llegué a España, hace 8 años, mi idea era armar un lugar para poder conocer otros artistas y poder organizar unos intercambios de experiencias. Desde el primer momento buscaba un lugar pequeño y finalmente lo encontré en la calle Doctor Fourquet, lo que me dio la oportunidad de integrar el proyecto en el sistema de galerías de la calle”. Para la artista argentina es vital tener su espacio de trabajo separado del ámbito doméstico: “Cuando trabajaba en casa, terminaba haciendo tareas domésticas y no rendía tanto. Aquí, aunque vengas y parezca que no has hecho nada, sí que has hecho, has completado tu tiempo de trabajo”. Valeria, que venía de la pintura, está desarrollando un nuevo proyecto: “Ahora mismo estoy retomando mi trabajo, luego de ser mamá. Estoy trabajando en una serie de obras que están entre la pintura y la instalación, son piezas de telas de gran tamaño en las que se abandona el esqueleto rígido del cuadro y en su lugar aparecen piezas blandas que se pliegan y se despliegan como prendas de un ser ambulante gigante. El abandono de estructuras rígidas por piezas maleables me permite modelarlos a través de principios básicos de la naturaleza, como el peso y la gravedad”. Valeria está trabajando en las obras que presentará en la feria de arte argentina ArteBa con su galería bonarense, la galería SlyZmud.

 


 

 

Amaya Hernández reparte su tiempo entre su practica artística y su labor como docente. Su obra ha ido evolucionando a lo largo de los años: “Trabajé un tiempo con maquetas muy pequeñas y en casa podía convivir con ellas; después quise hacer algo más grande, así que busqué un estudio y terminé montando un espacio con un grupo de amigos. Allí estuve un tiempo”. Amaya está inmersa en un proyecto que sigue la línea de trabajos anteriores de la artista: “Siempre he trabajado con el espacio y con la memoria de éste. Al principio trabajaba con fotografías y maquetas, pero poco a poco me he ido relacionando con las nuevas tecnologías y, en concreto, con la tecnología 3D”. El proyecto, que ha sido subvencionado por la Comunidad de Madrid, propone “recuperar la memoria de un edificio modernista que llamaban “la pagoda”, del arquitecto Miguel Fisac, un emblema de la arquitectura modernista de Madrid. A través de un programa, recreo la luz que entraba a determinadas horas en los diferentes pisos del edificio, justo el mes que lo derribaron”. Para Amaya, que trabaja habitualmente con estos conceptos de memoria, tiempo, historia y espacios, “es muy importante ver en estas obras cómo conviven el tiempo natural y el tiempo artificial y conectar el presente que vivimos a través de esta luz metafórica del paso del tiempo”. Además, la artista participará el próximo 5 de abril en una exposición en la galería Espositivo: “Voy a reconstruir la luz que entraría por una de las ventanas que han cerrado, al reformar la sala, y filmar el momento en el que conviven la luz natural y la luz que sale de la instalación y ver hasta qué punto podemos percibir si hay una diferencia o si la tecnología puede confundirse con la luz natural”. También podremos ver obra de Amaya el próximo mes de junio en el centro Conde Duque: “Estoy preparando una pieza para la exposición del aniversario de la escuela de fotografía Efti, donde hice el máster y luego trabajé como profesora unos años”.

 

Tras atendernos, las artistas vuelven tranquilamente a sus espacios de trabajo, mientras comentan pequeñas anécdotas, en un perfecto equilibrio entre esparcimiento y concentración.

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