En el estudio de Gloria Oyarzabal

La fotógrafa Gloria Oyarzabal desarrolla gran parte de su trabajo en África, pero es en su estudio, en el madrileño barrio de Chueca, donde edita y compone sus proyectos fotográficos. En la intimidad de su hogar la artista encuentra el equilibrio entre trabajo, familia, amigos y sus otras facetas artísticas. Por Irene Calvo. Fotografías por Ángela Losa.


23 enero 2018

Callejeamos para dejar atrás el ruido de Gran Vía mientras nos adentramos en el barrio de Justicia y nos aproximamos a la parada de metro de Chueca. En una estrecha calle, donde conviven modernos bares y cafeterías con cuidada decoración, con pequeños y singulares negocios tradicionales, encontramos un edificio cuyo portal con suelos de mármol y techos con molduras nos avisa de la solera de la finca a la que estamos accediendo.

 

Gloria Oyarzabal trabaja en su propio hogar, situado en el corazón de Chueca. Un espacioso e impresionante salón se abre tras un pequeño pasillo; aquí se encuentra su estudio en doble altura, aprovechando el alto de la habitación. “Este piso estaba declarado invivible cuando llegamos aquí” -explica Gloria- “muy poco a poco fuimos reformándolo”. El resultado de ese esfuerzo es una estancia luminosa y tranquila en la que, a pesar de tener todo su material en la doble altura, Gloria tiene la opción de expandir sus trabajos por la sala en función de sus necesidades: “Tengo la suerte de contar con una mesa grande aquí, pero a veces cuando estoy editando fotografías empiezo a expandirme por el suelo”, sin embargo, la fotógrafa no requiere de condiciones especiales para trabajar: “Aunque trabaje con el ordenador sobre todo, es muy importante para mí tener buena luz, para dibujar, o para repartir las fotos por el suelo o en una mesa grande, para editar y componer”.

 

 

Oyarzabal siempre ha trabajado sola, aunque en una ocasión compartió estudio: “Hubo una época en la que estuve en un estudio compartido con otras chicas. Era muy entretenido, pero también un gasto más. He aprendido a concentrarme en casa y cuando mis hijos han sido pequeños ha sido muy práctico hacerlo así”. Para Gloria trabajar en el propio hogar tiene una serie de ventajas que ella valora mucho: “Ahorras tiempo y dinero. El hecho de no tener que trasladarme para ir al lugar de trabajo, el poder interactuar más con mi familia… Además, estoy acostumbrada a trabajar a saltos: mando un mail, salgo a ver a un amigo, vuelvo y hablo con mi familia, edito unas fotos y saco a los perros… Trabajar en casa me facilita este ritmo tan personal, no me iría a un estudio en otro barrio”. No obstante, trabajar en el contexto doméstico también conlleva una serie de inconvenientes: “Me distraigo mucho. Al estar en casa, si hay algún problema siempre estoy yo ahí; o si viene alguna visita, tengo que hacer un esfuerzo por concentrarme y, afortunadamente, tengo mucha capacidad de concentración pero a veces es imposible”.

 

En 1999 Gloria cofundó, y programó durante 10 años, la sala de cine independiente La Enana Marrón, enfocada a la difusión de cine de autor, experimental y alternativo. En aquella ocasión sí contó con una zona de trabajo fuera del hogar: “La Enana Marrón estaba cerca de Alonso Martínez y era una salita con butacas, una barra y sofás. En la cabina de proyección teníamos la oficina y solíamos tener a alguien que nos ayudaba porque el volumen de trabajo era enorme. Como era un proyecto que llevábamos mi pareja y yo, al final es cierto que el trabajo nos lo traíamos a casa, porque terminábamos hablando de películas, programaciones, visionados…”.

 

 

Además de licenciada en Bellas Artes, Oyarzabal también es diplomada en Restauración y Conservación de obras de arte, realiza labores de dirección artística y foto fija de cortometrajes experimentales y en documentales de autor y ha sido docente en IADE. Para Gloria todas sus facetas tienen que ver en su manera de trabajar: “Desde hace tiempo, siempre he compaginado varias profesiones: programadora de La Enana Marrón, profesora, restauradora, fotógrafa… Y creo que se me ha quedado algo de ese hacer variado porque un día voy a ver exposiciones, otro día trabajo en mis proyectos, otro avanzo con textos…”. En ese sentido, confiesa que no tiene una rutina establecida: “Me gusta leer un poco por la mañana, luego miro el correo, gestiono y trabajo en los proyectos por orden de urgencia. He de decir que las cosas que mejor me salen son las que hago ‘a menos cinco’, trabajo muy bien bajo presión y soy más fructífera”.

 

 

Gloria puntualiza que su estudio no es un espacio de creación, un factor a tener en cuenta para entender su forma de trabajar: “En el estudio no es donde más creo, en el estudio gestiono y ordeno, pero la parte más creativa la desarrollo sobre todo en la calle, cuando estoy haciendo fotos, o cuando estoy en otros sitios que no son el estudio, en la cama, en la ducha, o paseando”. Oyarzabal desarrolla su trabajo principalmente en África: “Cuando estoy en Madrid no suelo sacar la cámara. Cuando vuelvo de África con la tarjeta de memoria llena tengo que ponerme a ordenar, seleccionar, pensar y no tengo la cabeza para salir a disparar”. La relación de Gloria con África es muy estrecha, estuvo viviendo en Bamako, Mali, durante tres años y fue seleccionada en la pasada edición del programa de residencias El Ranchito de Matadero Madrid – AECID, donde realizó una residencia en Matadero y otra en la Art House Foundation, en Lagos, Nigeria. Para la artista existe una gran diferencia entre los dos países: “Bamako no es una ciudad muy grande y Mali, un país muy pobre. De la gente del mundo del arte que contacté allí, solo algunos escultores tienen la suerte de tener un espacio grande para trabajar, los fotógrafos trabajan en casa. Sin embargo, en la residencia en Nigeria, me llevaron a visitar estudios de artistas de allí. Lagos es como Nueva York, es muy grande y la gente tiene buenos coches, estudios enormes… se le da mucha importancia a todo lo material. Aunque conocí a algunos artistas jóvenes que eran más sencillos y preferían trabajar en casa”.

 

 

Gloria también estuvo un tiempo viviendo en Francia, en la región de Iparralde: “En Francia toda la comunidad artística que conocí fue a través de la danza contemporánea, que practico. En otros ámbitos estaban un poco cerrados y al vivir en el campo era complicado relacionarme con ellos. Pero tampoco lo necesité, estuve muy a gusto trabajando sola y no eché de menos contacto con otros fotógrafos”. En Madrid no tiene problemas en ese sentido, ya que se siente completamente arropada por compañeros y amigos: “El 85% de mis amigos son artistas. Mis mejores amigas son artistas. Cualquier quedada que haga siempre es con gente creativa y surge el intercambio de informaciones, dudas y preguntas. Cerca viven Cristina Lucas y Fernando Sánchez Castillo, que son amigos míos desde la facultad, cuando tengo cualquier duda les llamo y quedamos para hablar. Igual con María Gimeno, Clara Carvajal, Fosi Vegue, Federico Clavarino…”. La céntrica ubicación de su estudio es un punto muy positivo que Gloria valora conscientemente: “Tengo un proyecto de vida de irme a vivir a Asturias y siempre pienso que allí podré tener mucho espacio para mis proyectos, pero no tendré esa posibilidad de quedar a tomar algo y comentar mis inquietudes o mis agobios con amigos y compañeros de profesión. De todas formas, espero tener otra madurez creativa para cuando esto ocurra y ser más autónoma”.

 

El estudio ideal de Gloria Oyarzabal se parece mucho al que ya tiene: “Sería muy parecido a lo que tengo pero tres veces más grande, con una mesa muy muy grande, necesito una superficie grande donde poder convivir con las imágenes”. Sobre compartir un lugar de trabajo con otros artistas, Gloria comenta: “Si surgiese irme a un estudio fuera, podría hacerlo, aunque no me convence la idea de compartir espacio con mucha gente, creo que me pasaría el día hablando con todos y no trabajaría nada [risas]. Es cierto que encontraría apoyo con problemas técnicos, pero no creo que pudiera funcionar compartiendo un espacio con mucha gente”. Finalmente concluye: “Me gustaría seguir trabajando en mi casa, pero en un lugar más espacioso”. Para Oyarzabal, el complemento ideal a la tranquilidad del estudio en el propio hogar son las residencias artísticas: “Las residencias para mí son un regalo, una libertad absoluta, sin horarios ni obligaciones. Me concentro muchísimo más y soy mil veces más productiva. Cuando estás en una residencia tienes un tiempo limitado y sabes que tienes que aprovecharlo y, como decía, funciono muy bien bajo presión”.

 

 

Actualmente, Gloria se encuentra trabajando en la publicación del fotolibro “La picnolepsia de Tshombé”, proyecto ganador del Landskrona FotoFestival Dummy Award, que se presentará en los Encuentros de Arlés este mismo año. Además, en esta misma semana inaugura en España y en Nigeria: “El día 25 inauguro en Can Basté, Barcelona, la exposición de “La picnolepsia de Tshombé” y el sábado 27 se inaugura una exposición colectiva en Lagos (Nigeria), en la que participamos los artistas que pasamos por la residencia artística en la que nos alojamos durante El Ranchito. Allí expondré el tercer capítulo del proyecto que comencé en Matadero, ‘Susana y los viejos’, que habla de la influencia del colonialismo en la identidad y representación de la mujer africana”. Gloria quiere seguir trabajando esta línea del feminismo africano: “Estoy muy emocionada con este proyecto porque estoy aprendiendo mucho, está cambiando mi punto de vista y abriendo mi mente sobre cómo no universalizar el discurso feminista de la mujer y cómo diferenciarlo en cada sociedad y cultura. Es muchísimo más satisfactorio que simplemente hacer fotos y componerlas”.

 

Siempre con una sonrisa, Gloria nos despide mientras da cariños a su perro, piensa en cómo enmarcar una obra, en un texto que tiene a medias y mira atenta el reloj para no llegar tarde a una reunión.

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