En el estudio de José Luis Serzo

El artista plástico José Luis Serzo trabaja en un estudio en el distrito de Carabanchel. No es su primer estudio, pero tampoco será el último.  El universo creativo que caracteriza la producción de Serzo se expande por cada rincón de este espacio, junto a ideas y proyectos de gestión cultural. Por Irene Calvo. Fotografías por Ángela Losa.


21 marzo 2018

Volvemos al distrito de Carabanchel, en el barrio de Opañel, en una fría y lluviosa mañana. Las calles, los pequeños negocios y el ambiente de este vecindario ya nos resultan familiares. En los últimos meses hemos frecuentado las cercanías de la boca de metro de Oporto, debido a la cantidad de artistas que trabajan en el distrito de Carabanchel. Esta vez entramos a un enorme portal y el portero de la finca nos interroga desde su garita. En cuanto mencionamos el nombre del artista al que vamos a visitar parece relajarse. Subimos a un ascensor que nos lleva a una especie de pasillo cerrado por una puerta que, al abrirla, da a otros pasillos. En esta laberíntica estructura encontramos el estudio de José Luis Serzo.

 

Mientras nos enseña su espacio de trabajo, José Luis va recogiendo y ordenando objetos y revisando algunas de las obras que tiene almacenadas. Antes de sentarnos a hablar, guarda una caja, con sus respectivas baquetas, mientras explica con un brillo especial en los ojos que toca en un grupo de música pero que -se apresura a decir- “esa es otra historia”.

 

 

Antes de llegar a este estudio, el artista manchego ha pasado por muchos otros, pero guarda un recuerdo especial de su primer espacio de trabajo: “Fue un garaje en mi pueblo, que antes había sido una carpintería de unos tíos míos. Creo que ha sido el mejor estudio que he tenido nunca: espacioso, con luz natural… Allí fue donde me lancé a investigar por primera vez las resinas, los moldes… Incluso hice un par de exposiciones en aquel sitio”.

 

Ya en Madrid, Serzo ha pasado por todo tipo de espacios habilitados como estudio, lo cual le ha permitido desarrollar una serie de destrezas: “Mi primer estudio en Madrid fue en una habitación donde vivía con mi novia, en un piso compartido. Aunque era bastante oscura, allí pinté mi segunda individual. Y, sobre todo, aprendí a pintar sin mancharme [risas]”. José Luis también ha compartido estudio en la capital en varias ocasiones, la primera de ellas en este mismo barrio de Opañel: “Junto a unos compañeros de la facultad alquilamos por aquí un espacio que había sido un gimnasio y que no podíamos manchar porque era del padre de uno de ellos, por lo que tampoco nos podíamos explayar mucho. Para pagar este espacio, estuve trabajando como asistente de otros artistas”. Más tarde, Serzo estuvo compartiendo estudio con Marchesi por el centro de Madrid: “Allí realicé la primera serie que tengo catalogada, Post Show. Era un ambiente curioso, porque Marchesi trabajaba con animales y yo en ese momento estaba investigando la vanitas y temas cercanos; así que aquello parecía un pasaje del horror, en los pasillos se acumulaban todo tipo de calaveras y pieles curtidas. Alguna vez pasó que un galerista salió de allí chillando… [risas]”.

 

 

El último estudio en el que Serzo estuvo trabajando antes de llegar a este espacio fue también en el centro de Madrid, en un curioso lugar: “Santiago Talavera, Arturo Prins y yo alquilamos un garaje. Entramos en este sitio de manera provisional porque era un lugar sin ventanas, ni ventilación alguna, pero es verdad que lo adecuamos y le sacamos mucho rendimiento. Al final estuvimos allí casi diez años”.

 

José Luis encontró este estudio en Carabanchel, hace ya cuatro años, porque su grupo de música ensayaba cerca: “Vi que por aquí se alquilaban estudios, así que pregunté y me quedé con este. Siento que es un sitio provisional”. Este sentimiento de espacio de trabajo eventual viene dado por el trayecto que José Luis tiene que realizar hasta llegar a su estudio: “Antes vivía en el centro de Madrid y no me preocupaba por el transporte. Ahora vivo en Las Matas y me planifico el día mucho más”. Estas condiciones obligan al artista a fijar unos horarios de trabajo y separar por completo el ámbito doméstico del lugar de trabajo: “Para un artista tener el estudio en casa o cerca de casa es bueno, pero a la vez también tiene su parte mala porque en este trabajo nunca terminamos de saber cuál es nuestro horario. Yo intento tener una rutina fijada, aunque en mi casa tengo cuadernos para dibujar o realizar bocetos, intento separarlo de mi vida diaria, no veo muy sano no descansar nunca.” No obstante, Serzo admite que no le importaría tener el estudio en el hogar, aunque con ciertas condiciones: “Sí me gustaría encontrar una casa con un espacio adecuado para trabajar, pero es complicado encontrar algo que encaje con lo que quiero, por la zona que me interesa y con mi presupuesto”.

 

 

Igual que Serzo siente que este espacio de trabajo es transitorio, parece que su próximo estudio no será compartido, a pesar de las buenas experiencias que ha disfrutado con otros compañeros de profesión: “Echo de menos compartir cuando la convivencia es buena, como ocurrió con Santiago Talavera, que teníamos mismos gustos musicales, intereses teóricos y plásticos similares y éramos amigos. Podíamos respetar nuestros espacios y crecimos mucho todo el tiempo que estuvimos compartiendo. Por otra parte, yo siempre he compartido mis contactos: vivir es compartir, y es que en los estudios compartidos surgen estas sinergias tan interesantes. Cuando se juntan varios artistas en un lugar de trabajo termina siendo una especie de espacio semipúblico, que es algo muy bonito pero que también dificulta el trabajo”. José Luis tiene muy claros los contras de compartir en este momento y algunos se deben a su forma de trabajar: “Muchas veces hay roces por incompatibilidad de caracteres o formas de trabajar; yo, por ejemplo, tengo tendencia a expandirme, al trabajar con muchos medios, y puede ser molesto”. Otros inconvenientes vienen dados por los procesos de creación en soledad y la necesidad de un aislamiento sano: “Compartir también tiene un lado malo y es que no hay momentos de intimidad. Estamos en esta época en la que parece que todo lo tenemos que compartir continuamente, existe un exhibicionismo por las redes desmesurado… A lo mejor esto es el extremo de esa teoría que dice que necesitamos del ser amado para saber que existimos. Vivimos en una burbuja en la que creemos que hablamos con más gente que nunca, pero estamos solos y esto es una deshumanización”. En este sentido, Serzo, que reconoce ser muy social, tiene otros recursos para hablar con compañeros de profesión y personas, en general: “Hay un proceso de trabajo en el que se necesita la soledad y hay un proceso vital en el que no estás solo. A veces comparto pequeños espacios de mi estudio con otra gente y por suerte trabajo con asistentes, comisarío exposiciones, soy el actual presidente de AVAM… Tengo otras parcelas de mi vida donde puedo desarrollar esta faceta social. Y luego siempre están las inauguraciones”.

 

 

Serzo acaba de inaugurar su última exposición en la galería Gema Llamazares de Gijón. “Es que me lo he llevado todo”, se lamenta por no poder enseñarnos sus últimas obras. “Se trata de la última serie de ‘Morfología del encuentro’”, donde cuento la historia de Michael Burton Junior, un personaje que nace a partir de los altos ejecutivos de finanzas y el hombre moderno capitalista de las películas de los años 80, y que se ve abocado a buscar el sentido de la vida porque se siente vacío. Entonces emprende un camino iniciático hacia el Polo Norte, junto a su amigo James Schoendorff, en el que conoce a unas mujeres guerrero, parecidas a las Femen, que vienen a ponerle delante sus deseos y sus miedos ocultos, y la integración consciente de su parte femenina y espiritual”. La exposición se podrá visitar hasta el 28 de abril, pero Serzo volverá en septiembre a Gijón, esta vez al Museo Barjola aunque todavía no sabe qué mostrará allí: “Dependiendo de cómo vaya esta expo en Gema Llamazares o bien continúo esta serie con una gran instalación, o si no dispongo de presupuesto, tendré que exponer alguna instalación que ya esté producida con anterioridad”.

 

 

Al preguntarle a Serzo por su estudio ideal, parece que es algo sobre lo que ha pensado bastante: “Sería una mezcla de los que más me han gustado de otros artistas”, de hecho, hay un estudio que ha marcado al artista: “El de Joan Miró. Un estudio de techos altos, de dos plantas, con mucha luz, con áreas de oficina y otras para los trabajos plásticos, rodeado de naturaleza, pero cerca de la ciudad… Creo que al final todos los artistas necesitamos lo mismo: espacio amplio para trabajar, luz natural con la posibilidad de bloquearla, y una parte de almacén y otra de estudio-oficina, y zonas verdes”. Sobre este edificio utópico ya ha fantaseado el artista antes y termina confesando: “Mi sueño más ambicioso para el día de mañana, si llego a la vejez, es crear una especie de fundación-escuela-residencia de artistas-estudio que albergue la colección de las piezas que no he vendido nunca. Y me lo imagino en un espacio amplio, diferenciado, con gente joven y donde se comparta el conocimiento, que es algo que me hace muy feliz. Me lo imagino en un sitio entre la montaña y el mar, seguramente en el norte de España. ¡Tengo hasta el edificio dibujado!”.

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