En el estudio de Rosell Meseguer

La artista visual Rosell Meseguer trabaja en un espacio situado en el distrito de Retiro que le proporciona tranquilidad, privacidad y las posibilidades de convertir el estudio en mucho más que en un lugar de trabajo. Por Irene Calvo. Fotografías por Ángela Losa.


21 julio 2017

Tras vivir durante varios años entre Latinoamérica y España, la artista Rosell Meseguer reside actualmente en Madrid, donde imparte clases en la Universidad Complutense y trabaja en varios proyectos creativos como freelance. En febrero inauguró un nuevo estudio en el distrito de Retiro, “una zona con mucha vida artística, la Fundación Juan March, Casa Asia y muchas galerías” y, desde entonces, ha estado adecuando el espacio para sentirse lo más cómoda posible, ya que para Rosell el estudio es un lugar de concentración y trabajo.

 

 

El primer estudio al que tuvo acceso fue mientras cursaba Bellas Artes: “En la asignatura de Pintura nos dejaron un espacio delimitado en el aula, no era un estudio como tal, pero teníamos una mesa, una silla y un caballete. Recuerdo el momento en el que nos dijeron que podíamos tener un espacio para nosotros y delimitarlo… De repente tuve privacidad dentro de la facultad, era fascinante”. Al mismo tiempo, usaba el garaje de su casa, que sus padres habilitaron para que se convirtiera en estudio. Ahora, por primera vez, Rosell ha separado por completo el espacio de trabajo de su ámbito doméstico: “He tenido varios estudios-vivienda en Madrid, en Latinoamérica y en otros países y es muy práctico porque tienes todo a mano, pero te descentras mucho más porque tienes que poner una lavadora, te llaman por teléfono… Por otra parte, la gente que venía al estudio terminaba viendo espacios íntimos porque no había una separación clara entre el taller y la casa. Separar el estudio de la vivienda me ayuda a concentrarme mejor y a tener más privacidad en el espacio de trabajo”. La necesidad de un estudio independiente donde trabajar vino a raíz del proyecto “Lugares de Tránsito“, que incluía una estancia en la residencia de artistas Cannonball (entonces Legal Art) en Miami, en 2010: “Fue solo un mes, pero fue tan provechoso… No tenía que poner lavadoras, atender teléfonos… Tenía mi estudio y luego compartía espacios comunes, como la cocina o el baño, con otra artista koreana; en total éramos seis artistas. Compartir estos espacios me hizo sentir acompañada por otros profesionales y pudimos generar una red. Allí me di cuenta del aprovechamiento del tiempo cuando tenía un estudio que no estaba en mi casa, y decidí que tenía que buscar un espacio donde trabajar que estuviera separado de mi vivienda”.

 

 

Al haber tenido casi siempre estudio-vivienda, Rosell solo ha compartido lugar de trabajo en residencias o becas y por periodos cortos: “Compartir estudio tiene sus cosas buenas, como conocer a tus compañeros y compartir contactos, pero si necesitas poner música un día, o hacer ruido o usar materiales con olores fuertes, es más complicado. He tenido las dos opciones y sé lo bueno y lo malo de cada una”. De hecho, el estudio ideal para ella sería un modelo intermedio entre estar sola y compartir con más personas: “Sería un edificio de estudios, pero con poca gente y estudios separados, donde no se compartiesen baños o cocina, para poder tener tu privacidad y al mismo tiempo estar cerca de otros compañeros”.

 

Para la artista es indispensable tener un sitio donde trabajar y desarrollar obra: “Puede sonar individualista pero sí que creo que es bueno que los artistas tengan su propio estudio, el problema siempre viene del aspecto económico, cuanto puedes pagar. Entiendo que haya artistas que quieran compartir espacio con otras personas, porque al final te incentiva a trabajar, en mi caso no tengo ese problema”. Meseguer confiesa que tiene establecida una rutina en la que intenta, al menos, pasar entre cinco y seis horas diarias en el estudio, aunque “me encantaría venir más tiempo, porque hay que sacar trabajo, no solo la obra, sino el proceso creativo en sí, en el estudio realizo el trabajo más práctico; la parte investigativa la desarrollo en el museo, la institución, o la biblioteca…”.

 

 

Antes de llegar a este espacio, Rosell estuvo buscando por otras zonas de Madrid: “Miré en la zona centro -Gran Vía, Chueca- y, por precios similares al de este estudio, encontré espacios muy deteriorados, que necesitaban reforma… También pregunté en Oporto pero estaba casi todo alquilado”. En comparación a este reciente boom de los estudios y de la vida artística, en general, en la capital, la artista recuerda cómo hace varios años, en un momento en el que aún no existía Matadero, La Casa Encendida o MediaLab, en la zona norte de Madrid se creó una pequeña comunidad creativa: “Cerca de Barajas, Tatina y Raquel abrieron una galería, Galería Artificial. Alrededor de la galería se generaron unos cuantos estudios de artistas, algunos trabajan en la galería y otros no. Había algo de los modelos neoyorkinos, como el del barrio de Williamsburg en Brooklyn”. Sobre este recuerdo surge una reflexión y, a su vez, una pregunta: ¿llegaremos alguna vez a ese ambiente neoyorkino de galerías y estudios? Rosell es concisa en su respuesta: “No, porque no tenemos el potencial de coleccionismo que existe allí, tampoco tenemos el nivel de ‘industrialización’ que EEUU ha desarrollado en las artes visuales o escénicas”.

 

Rosell ha desarrollado gran parte de su trayectoria en América latina, por lo que puede comentar algunas diferencias con los estudios europeos: “Existen varios casos en los que se utilizan grandes casas, que fueron residencias o colegios, que han quedado semiabandonadas. Una persona se ocupa de coordinar la casa, arrendando los diferentes espacios. Se paga por los metros cuadrados que tenga el estudio, que pueden ir desde 20 hasta 120. Además, encuentras artistas emergentes y consagrados mezclados. Allí sólo algunos artistas muy, muy reconocidos pueden permitirse tener estudio y aun así, muchos de ellos tienen el estudio en casa como el caso de Eugenio Dittborn, a quien debo la gran generosidad de haberme mostrado su estudio”.

 

 

El estudio donde trabaja Meseguer es amplio, luminoso y tranquilo; en él hay diferenciados dos espacios: “Siempre intento que haya una parte más diáfana, más limpia. Y ahí se encuentra una parte de biblioteca, materiales, el ordenador… Y hay otra parte del estudio que es la mesa de trabajo e incluso el suelo, que también lo utilizo para montar”. El lugar posee un potencial que Rosell supo ver rápidamente: “Al entrar en el estudio por primera vez me recordó al montaje en una sala expositiva, hice un recorrido visual pensando en cómo aprovechar los espacios”. A la artista le gustaría aprovechar los recursos que le ofrece este sitio y las visitas que recibe de amigos profesionales de diferentes partes del mundo, para convertirlo en un punto de encuentro donde se puedan realizar pequeños eventos: “Después de verano se presentará un catálogo de una exposición colectiva en la que participo, y es probable que salgan un par de eventos más. También le vi capacidades expositivas al lugar, así que no he querido colgar nada, aunque me gusta tener obra a la vista, así que he colocado unos tacos de madera para que las obras puedan estar expuestas sin necesidad de hacer agujeros en las paredes y posibiliten mover mi obra para colocar la de otro artista en un momento dado”. En sus planes más inminentes entra convertir el baño en un laboratorio fotográfico e incluso impartir talleres relacionados con una de sus especialidades, los procesos antiguos fotográficos.

 

 

Hace unos días se falló la beca Botín de Artes Plásticas y Rosell ha sido una de las seleccionadas: “Estoy trabajando en un proyecto sobre el concepto del carbón y otros minerales, que es lo que voy a desarrollar para la beca Botín. Esta idea con la que vengo trabajando desde hace unos años, tuvo una primera parte gracias a la invitación del comisario Sema D’Acosta -a quien le quiero dar las gracias desde aquí- a realizar un proyecto sobre la Navidad, un tema muy complicado, más allá de las creencias personales de cada persona. Me entusiasmaba mucho la idea del carbón dulce como regalo navideño, toda una tradición en España, y fue el concepto que desarrollé”.

 

A pesar de llevar ya unos meses en el estudio, Rosell no deja de pensar en cómo seguir puliendo el espacio: la disposición de los muebles, el almacén o dónde colocar más estanterías: “Para mí es muy importante el mobiliario del estudio, que haya un equilibrio y tener unos buenos materiales, sean nuevos o no. Pero que al entrar te den ganas de trabajar”.

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