Esto se acaba

¿Qué hacer cuando se acerca el fin del mundo? ¿Qué cara ponemos? ¿Y si al final no pasa nada? Por Diana Aller


21 diciembre 2012

 

Los hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hombres geniales y pueblos fuertes sólo necesitan saber a dónde van”. José Ingenieros (1877-1925). Filósofo y psicólogo argentino.

 

Imagine que un día encuentra en su ropa interior restos de una hemorragia. No es normal. De hecho hace días que siente un dolor extraño después de evacuar. No ha querido pensar en ello. Es de esas cosas que se pasan por alto por intuirse desagradables. Pero la sangre le impresiona. Mucho. Por eso decide ir a su médico de cabecera y ya de paso preguntarle por esa otra molestia que va dejando de un día para otro: Una encía inflamada, una verruguita en la mano, una receta de un ansiolítico…

 

Se hace análisis y pruebas (alguna tan desagradable como la palpación anal), y en cuestión de días, apenas horas, le piden que se siente en la consulta. Está su doctora y le acompañan dos personas que no sabe quiénes son. Con mucha claridad pero contundencia, le dicen que padece cáncer de ano.

 

De pronto ve la escena desde fuera, le parece tan ridícula como increíble. Los facultativos se muestran falsamente didácticos y tranquilos, le explican los pormenores, los resultados de las pruebas, la metástasis, la inminente operación y el tratamiento con quimioterapia. También le hablan de nuevos procedimientos alternativos y poco invasivos, de hablar con su familia, de lo importante que resulta mantener la fuerza y el ánimo. Le dan dos volantes para otras pruebas, y una hojita con instrucciones de no sabe qué. También le dicen que le van a llamar desde psiquiatría para citarle. Y usted sale de allí sin haber entendido gran cosa. Bueno sí, que tiene cáncer, que además es de ano, y que mañana a las 9 de la mañana tiene que estar allí otra vez para no sabe bien qué preoperatorio.

 

Camina hacia su casa. Su casa. Tiene una casa. Una vida. Una familia a ratos pesadísima, un ticket arrugado en el bolsillo, pocos pero buenos amigos y también tiene frío. Cancer. ¡Joder, cáncer! Es muy fuerte, lo ha vivido como si fuera un sueño, pero empieza a sonar real. De hecho siente como si su preciado ano escociera, como si gritara.Cuando se quiere dar cuenta, está de pie, quietx en mitad de una multitud ausente, que, evidentemente no padece cáncer de ano. Tienen prisa, miran el móvil, llevan cascos, bolsas o van de la mano. ¡Qué afortunados e imbéciles parecen!

 

¿Qué va a hacer? ¿Cómo lo va a comunicar? Se visualiza a sí mismx hablando con sus allegados, con su familia, uno a uno; con sus amigos… El sábado ha quedado ¿y si no acude? ¿y si va para darles la noticia? Encuentra una extraña necesidad de regodeo en sus pensamientos y va más allá: Se ve en el hospital, enchufado a mil cables y aparataje. Le visitan sus seres queridos. Es evidente que si todo eso ocurre, es que está mal. Muy mal.  ¿Y si muere? ¿Qué canción sonará en su funeral? No se le ocurre ninguna, porque van pasando sus allegados compungidos y lloriqueantes por su cabeza. ¿Cuánto sufrirá cada amigo? ¿Quién cerrará su Facebook? ¿Qué pasará con su ropa? De pronto se siente culpable de autocompadecerse, de sacar rentabilidad emocional a su ojete dolorido y enfermo.

 

¿Metástasis? Eso quiere decir que se le ha extendido por más sitios ¿no?  Le han hablado de ganglios linfáticos, de órganos afectados… De tratamiento con psiquiatras… Tiene que aceptar su propia muerte. Es un hecho. Le dan arcadas. Un vómito que no termina de materializarse le obstruye el estómago y siente los pies y las manos heladas mientras le bulle el cerebro.  ¡Joder, cáncer! ¿Por qué de ano? Piensa en los hábitos poco saludables que ha practicado, no necesariamente con las partes pudendas. Ha fumado, se ha alimentado mal y no ha practicado deporte últimamente… Esto es una putada, no vale decir “y si hubiera hecho, y si hubiera dejado de hacer”. No, esto es real, ahora lo ve claro.

 

Se sienta en un banco y observa la vida: qué bonita y qué estúpida es. Usted se cambiaría por cualquiera, incluso por aquella pareja fea que ni se mira, por la señora del carrito, por el moro de la chupa gris… por cualquiera. Esto se acaba, pero ellos continuarán ahí con sus miserias. Piensa en su madre. Su madre es la persona que más le quiere, sin duda. Su madre se va a morir también. De pena. Piensa en que ya no verá a su madre ni ella a usted. Piensa en sus amigos. Pasa del ensimismamiento a la pena y rompe a llorar. Piensa en que ya no quedan buenos ratos, ya está todo vivido.

 

O no… Tiene un tiempo aun. ¿Qué hará? ¿Qué haría? ¿Viajar a Tailandia? ¿Drogarse a diario? ¿Follar sin parar? Sorprendentemente no quiere hacer nada de esto. Piense… ¿Qué quiere hacer? ¿Qué le apetece en éstas sus últimas semanas de vida?

 

Sé lo que quiere. Solo una cosa: vivir. Con sus mañanas eternas, su familia pesada, su rutina, con los carteles cutres de los establecimientos por los que pasa cada día. Quiere el café recalentado a toda prisa, los cordones de los zapatos viejos, el suelo sucio de su dormitorio, los perros que le suenan de tanto verlos por el barrio. Desea discutir con su pareja, sabiendo que siempre va a ser así; desea llegar tarde, cometer los mismos errores de siempre, mirar escaparates, sacar dinero del cajero, ver Sálvame, aburrirse, trabajar, fregar dos platos y tres vasos y pensar que qué aburrida es la vida. Desea vivir. Algo que el puto cáncer anal le va a impedir.

 

Siglo V, Península de Yucatán: la civilización maya desarrolla una suerte de calendario solar bastante preciso sobre cortezas de árbol. Los códices se reelaboran y evolucionan.. Los restos arqueológicos nos hablan de los mayas como un pueblo evolucionado, sanguinario, exquisito, detallista, comerciante y fanático. Ensalzan la fuerza, pero también los números. Ser guerreros y matemáticos, les hace avanzar de forma sobresaliente durante la época precolombina.  Ellos lo explican a su manera: aquí se acaba la cosa, ellos no ven más allá. Usted verá cómo entiende el mundo a partir de ahora.

 

Yo lo explico a mi forma: ¡Enhorabuena! Usted no tiene cáncer de ano. Está a tiempo de emprender el gran cambio. El de su mentalidad. Desde dentro hacia fuera. No tiene sentido decir que se tiene un mal día. Son todos buenos. Porque esto se nos viene abajo; el gran ojete mundial está supurando, sufriendo y echando mierda. ¿Vamos a seguir lloriqueando o vamos a empezar a ser guerreros y matemáticos?

 

Comienza una gran era, y yo voy a fabricar un nuevo calendario y lo voy a celebrar. Espero que usted también.

 

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