Fausto: anhelar la muerte, detestar la vida

El montaje que Tomaž Pandur ha hecho del “Fausto” de Goethe puede verse hasta el 11 de enero en el Centro Dramático Nacional. Repasamos los aciertos y desaciertos de la adaptación del director esloveno. Por Ángela Cantalejo


28 noviembre 2014

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“Si, pronto yaceré en el polvo

Tú has de buscarme, pero no estaré”

—Job 7,22

 

Toda esta historia de Fausto y el contrato con el Maligno viene de la mala costumbre que tienen las deidades de arruinarnos la vida a los insensatos humanos. Desde el mundo antiguo politeísta hasta nuestros días, la historia de la humanidad está plagada de grandes faenas divinas. Pongamos como ejemplo a Adán y Eva en el Paraíso. Ellos ahí, tan alegres y bucólicos, disfrutando de su creación hasta que al buen Yahveh le da por aconsejarles que no se les ocurra acercarse ni al Árbol de la Vida y la Muerte ni al de la Ciencia del Bien y del Mal. Y ya la tenemos liada.

 

Si analizamos bien la escena, no sabemos con certeza la necesidad que tenía el omnipotente y justo Creador de poner allí esos dos árboles, pudiendo plantar un par de alcornoques o de cocoteros. El caso es que la tentación apareció en forma de reptil (criatura también hecha del cincel de Dios) y nuestros ancestros cayeron como chinches. Al fin y al cabo, ¿quién diantres decidió que el conocimiento fuese pecado? Jorge de Burgos, en “El Nombre de la Rosa”, nos advierte de que el saber es sólo para los elegidos y que éste se mantiene oculto para el estúpido vulgo. ¿Cómo no vamos a necesitar que nos echen un cable para saciar nuestra infinita sed de desafío a la autoridad que nos prohíbe? La lectura del pecado original es relativamente sencilla: nos creímos más listos que Dios e hicimos de la soberbia el primer pecado (y del que por cierto derivan, según Dante, los 6 capitales restantes). El bueno de Santo Tomás ya decía que no todo conocimiento lleva a la virtud y que el exceso de amor por uno mismo ofende sobremanera al poder divino.

 

Así que, lo que pasó después ya lo conocemos todos: pillada máxima y cabreo monumental con posterior expulsión del Jardín del Edén. Eso sí, podría haber sido peor, menos mal que Dios, antes del destierro, puso a un amenazante querubín vigilando el Árbol de la Vida porque, conociendo a la parejita curiosa, ahora seríamos todos inmortales y la sobrepoblación iba a ser poca broma. Conclusión: al final, cambiamos tranquilidad e inocencia por corrupción, dolor y el muy sobrevalorado libre albedrío.

 

Pecadores sin descanso desde entones, después vinieron muchos otros insensatos que aguantaron carros y carretas. Desde Caín, que en la excelente semblanza de Lord Byron, se pregunta por qué tiene él que nacer si no lo ha pedido en un grito de rebeldía romántica frente a un supuesto Padre “bondadoso” que hace descarados agravios comparativos entre un hijo y otro. Y es que, desde la Caída, el hombre se ha visto inmerso en una relación bastante insana con el sufrimiento y la soledad. El sufrimiento de no entender las razones de un Dios que le deja sólo ante las adversidades (el mejor ejemplo lo encontrarán en la inacabable paciencia del Santo Job) cuando él ni siquiera ha pedido estar en este mundo. No olvidemos que, además, Dios fue el primero en preferir el mal frente al bien al hacer de Caín y sus descendientes el “pueblo elegido”. Chúpate esa.

 

Teología aparte, lo que está claro es que la atracción del hombre por aliarse con el Maligno, nos viene desde la misma cuna del homo sapiens. Y, la mayor parte de las veces, ese acuerdo suscribe conseguir algo que nos haga parecernos más a dioses: amor ilimitado, riquezas, poder, conocimientos o virtuosismo musical (como en el caso de Paganini o Robert Johnson). Otro infeliz, el Fausto de Goethe, agotado ya de la razón y el saber baldío, quiso pactar únicamente poder sentir la belleza y las penas del mundo hasta el punto de verbalizar el deseo sublime de “detente instante”.

 

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El mito de Doktor Faust tiene muchas interpretaciones y relecturas, desde Marlowe a Thomas Mann, pero es la más célebre de todas, la de Goethe, la que puede verse estos días en el Centro Dramático Nacional, a cargo del siempre polémico Tomaž Pandur. Sálveme Dios (o Satán, que viene más al caso) de creerme yo crítica teatral. Pero mi humilde sentido común me dice que Pandur ha vendido su alma a la estética, al efectismo y a la violencia visual. Y digo esto porque ni un pequeño “pero” se puede poner a la puesta en escena del director esloveno, magnífica y casi cinematográfica, pero haciendo un flaco favor al texto. A una servidora, espectadora ocasional, le gusta disfrutar del guión en boca de buenas interpretaciones y no estar más pendiente de la intoxicación de incienso que sufrió el público durante toda la función o la artificiosidad de algunas escenas que rompen completamente el pacto de ficción. Al final, la catarsis trágica nunca llega y uno es plenamente consciente de estar ante un gran espectáculo. Y eso, en teatro del bueno, malo.

 

Y no es que sea reacia a reinterpretaciones postmodernas de los clásicos (un gran ejemplo es, por cierto, la visión shakesperiana del más que recomendable Peris Mencheta) sino muy al contrario: los relatos universales podrán seguir contándose de mil maneras porque la naturaleza del hombre y sus pulsiones siguen inmutables siglo tras siglo. Ahora bien, postmodernidad, fractura salvaje y atmósfera pre-apocalíptica así, con calzador, pues tampoco. En favor de Pandur diremos también que Goethe tampoco ayuda mucho a la hora de crear tensión dramática porque, desde luego, escribir teatro no era precisamente lo suyo. No se puede alcanzar la virtud en todo.

 

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De todas formas, en esta irregular versión, resulta muy interesante y acertada la encarnación del Metistófeles clásico en una familia de cuatro miembros, al más puro estilo napolitano, que encarnan valientemente el Mal colectivo, el pacto con el Leviatán hobbesiano, la diabólica sociedad-estado, la masa cainita del-hombre-es-un-lobo-para-el-hombre y con el que uno se ve obligado a pactar si quiere conocer a qué sabe el mundo.

 

Sea como fuere, hoy en día, deberíamos tomarnos esto de los apretones de manos entre humanos y demonios no literalmente, sino más bien como una revolución individualista contra el poder, las normas a decretazo o lo que no comprendemos y queremos entender. Porque la soledad hace que nos entreguemos a los placeres de la masa. Para pensar menos. Y también para poder compararnos con otros e intentar amarnos más que ellos: soberbia, una vez más, pero disfrazada de máscara facebookiana o de identidad diluida en fotos de Instagram. Internet es, probablemente, nuestro nuevo Árbol del Bien y del Mal. Y nosotros, en nuestra bipolaridad moderna convertida en pacto, nuestro propio Satanás reptante. No sé si al final de los días podremos decir aquello de “detente instante, eres tan bello”. Posiblemente, ese momento trascendental nos pille entre los anuncios de Gran Hermano y un post de “Diez cosas que deberías hacer antes de los 30”. Somos hijos de Caín y el pecado, al fin y al cabo, evoluciona. Y ya puestos a pecar, si tiene que llevarme el Diablo, que me lleve en coche.

 

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