Fotos kirlian de Madriz # 15

Decimoquinta entrega. Nuestros pasos se detienen en la calle Irún, frente a las oficinas de Google. Allí se está celebrando una fiesta. Texto: Jesús Llorente. Ilustración: Wences Lamas.


12 febrero 2014


En la calle Irún, hace ya algunos meses, Google decidió adquirir unas oficinas de esas que puedes ver por dentro desde el exterior porque su fachada es de cristal no deformante. En realidad, lo que se ve es un gran cartel con las conocidas letras del logo y sus característicos colores en la parte inferior de lo que parece un enorme mostrador. Las paredes son totalmente blancas y a veces, al fondo, se atisba algún empleado deslizándose, como si caminase por una escalera mecánica totalmente horizontal. Es un concepto opuesto a los edificios con fachadas de espejo que reflejan el sol y el odio que sentimos por no poder ver qué está pasando en las entrañas del monstruo que habita en el interior de éste o aquel emporio. Unas gigantescas gafas de sol que nos impiden descubrir sus profundas ojeras de yonki de los negocios. Pues bien, en la calle Irún, Google tuvo a bien organizar una fiesta, de bienvenida, o de despedida, no lo sabemos bien. Frente al mencionado mostrador situaron unas cuantas sillas (en las que nadie se sentaba) y unas mesas (en las que no colocaron nada). Los invitados se agolpaban en la puerta sosteniendo sus copas de balón con variados tipos de Gin Tonic, y hablaban en su indescifrable cháchara. Uno llevaba unas gafas de pasta sin lentes (novedosa idea para otro genial nuevo tipo de edificios: el inmueble desnudo). Dos chicas destacaban por sus sujetadores imitando la caída natural de los pechos. Otro tenía una corbata con un tablero de ajedrez. La luz artificial les hacía parecer albinos. A las tres de la mañana todos se apresuraron, al unísono a una habitación interior, dejando la entrada y el vestíbulo prácticamente vacíos. Alguien les convocaba por algún tipo de circuito interno para hacer algo, ver algo, asistir a algo. Bajo una de las mesas la cenicienta muchedumbre abandonó una cubitera (con aspecto de papelera) en la que había no menos de 150 cubitos de hielo. Y entonces, de detrás de unos arbustos comenzó a asomar una mugrienta jauría, que poco a poco se iba acercando a la misma acera de Google como si todos ellos quisieran admirar el escaparate de un mundo diferente, un mundo mejor. Cerca de la Calle Irún hay un comedor social. Y en los alrededores de la estación de Príncipe Pío se reúnen borrachos, indigentes, drogadictos y excluidos en general, y son frecuentes las visitas del SAMUR las 24 horas del día. Pero aquella noche, a las tres y cinco de la mañana, parecían llenos de vida, pegando sus narices varicosas en las paredes de cristal, en la puerta de cristal que no se atrevían a abrir. Miraban dentro con las pupilas dilatadas, no entendiendo bien lo que estaba pasando. ¿Adonde habían ido los invitados? ¿Por qué no había restos de comida en ningún lado? ¿A qué se debía la ausencia de vasos, ceniceros o bandejas? ¿Qué hacían allí todos aquellos cubitos de hielo? De repente, uno abrió la puerta y agarró la cubitera-papelera con la mano izquierda –una especie de muñón de guante blanco- justo en el mismo momento en el que aparecía un camarero en patines que, al detectar a aquel ser de pelo sucísimo y mejillas rojas como el fuego, hizo un mohín como de no haber visto nada en absoluto, dio una vuelta completa en sus zapatos con ruedas y se volvió por donde había salido, con el corazón latiéndole a mil por hora. Había visto a un salvaje de verdad robando hielo, agua helada, muy fría. ¿Qué será lo próximo?

 

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Comentarios:

Añadir comentario
Juan Diego Mellado says:

Esas fiestas de mordernos en Madrid. El dibujo del pobre da bastante miedo.

Xel Mérida says:

¿No habéis pensado publicar todo esto (y lo que venga) en una especie de guía alternativa de Madrid como las que ya hay de otras ciudades? Algo así como “Los rincones oscuros de MADRIZ? Serguro que es algo que se vende bien en sitios como LA CENTRAL. ¡Adelante con ello!

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