Givenchy, la leyenda (viva) de la alta costura

El Museo Thyssen-Bornemisza dedica una exposición íntegra al gran modisto francés Hubert de Givenchy. Un proyecto comisariado por el propio diseñador, junto a Eloy Martínez de la Pera, que rinde homenaje a su historia, sus creaciones, su inspiración y, sobre todo, a sus musas. Por Sandra Bódalo


03 noviembre 2014

FOTO 1 Hubert Givenchy retratado por Robert Doisneau, 1960

Hubert Givenchy retratado por Robert Doisneau, 1960.

 

Entrar a la exposición sobre el gran diseñador francés Hubert de Givenchy te hace sentir como Edipo en las proximidades de Tebas. Una gran instantánea de un joven Givenchy te espera apoyado sobre sus grandes manos y con una mirada desafiante directo al objetivo de Robert Doisneau. Igual que una esfinge que espera ansiosa  a que resuelvas el acertijo y seas digno de conocer los secretos que aguarda.

 

Por primera vez, el Museo Thyssen-Bornemisza se rinde a los encantos de la moda con una amplia retrospectiva de una leyenda (viva) de la historia de la alta costura. Aunque en cierta manera, ya había flirteado con este tema en otras ocasiones, como la muestra del aclamado fotógrafo peruano Mario Testino o la amplia exposición de Cartier. Hasta el 18 de enero, los amantes del diseño y también los curiosos, podrán contemplar la vida y obra de uno de los más célebres creadores del siglo XX y uno de los pocos, por no decir el único, que todavía nos acompaña.

 

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Como si de un vals se tratara, casi un centenar de sus mejores piezas bailan cheek to cheek —como dirían Fred y Ginger— con las obras de Francisco Zurbarán, Joan Miró, Sonia y Robert Delaunay o Theo Van Doesburg. Como coleccionista, Givenchy ha reconocido en numerosas ocasiones la influencia de la pintura en su obra. No obstante, a diferencia de Yves Saint Laurent, sus vestidos dialogaron con la creatividad, la armonía, la simplicidad y la elegancia de la pintura, sin necesidad de recrearla.

 

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“El vestido debe seguir el cuerpo de una mujer. No es el cuerpo el que debe adaptarse al vestido”.

—Hubert de Givenchy.

 

Caballero de la Orden de la Legión de Honor Francesa (1983), Dedal de Oro (1978 y 1982), Oscar de la Elegancia (1985)… Infinidad de premios demuestran el talento de Givenchy. Un auténtico aristócrata de la alta costura que supo esculpir el cuerpo femenino. Plumas, lentejuelas, satenes y terciopelos visten a una mujer impecable y vanguardista. “Aunque creo que mi fórmula era demasiado nueva para la época”, admite el diseñador.

 

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“Las suyas son las únicas prendas con las que me siento yo misma. Es mucho más que un diseñador, él es un creador de personalidad”.

—Audrey Hepburn.

 

No se puede nombrar a Hubert de Givenchy sin que le sigan los nombres de Audrey Hepburn y Cristóbal Balenciaga, a continuación. Ella su musa, él su maestro. Como el modisto francés afirmó en una entrevista en 2010, “tuve dos grandes privilegios en mi vida: la amistad de dos personas increíblemente talentosas, Cristóbal Balenciaga y Audrey Hepburn”. Con el primero, mantuvo una relación de total admiración desde los 10 años e, incluso, se trasladó a París con la firme intención de trabajar junto a él. Pero no sería hasta que llevara su primera colección a Nueva York cuando podría conocer a su ídolo de la infancia. De él, heredó su forma de entender la costura, la importancia de prestar atención tanto al interior como al exterior de un vestido o la pureza de las líneas y los volúmenes. Sobran las palabras para explicar el impacto que supuso el diseñador español en Givenchy, pero si tuviéramos que elegir una frase, nos quedaríamos con esta: “Balenciaga fue mi religión. Están Balenciaga, y Dios”.

 

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Por otro lado, la relación con Audrey Hepburn comenzó como deberían empezar todas las historias de amor: con una divertida anécdota y completa fascinación. La primera vez que la joven actriz visitó su tienda en el número 8 de la Rue Alfred de Vigny, una de las dependientas anunció su llegada al diseñador. Al escuchar que “la señorita Hepburn” le estaba esperando, Givenchy fue de inmediato pensando que se trataba de la ya consagrada Katharine Hepburn. Sin embargo, para su sorpresa, se encontró con la jovial sonrisa de Audrey. Una belleza tan frágil como la porcelana que encandilaría a hombres y mujeres por partes iguales. Como él explicó, “cuando se presentó en mi atelier estaba vestida con unos pantalones pescadores, alpargatas y un top que dejaba ver un poco el vientre. Sabía perfectamente lo que le iba bien”. Por esta razón, no es de extrañar que la exposición del Thyssen le reserve un capítulo especial. Así pues, nuestros sueños se hacen realidad al contemplar los diseños que lució en películas como “Sabrina”, “Cómo robar un millón y…”, “Una cara con ángel” y la eterna “Desayuno con diamantes”. Ambos formaban un binomio más perfecto que el blanco y el negro.

 

Blusa Bettina e ilustración de Rene Gruau.

Blusa Bettina e ilustración de Rene Gruau.

 

Junto a su amiga y embajadora de la marca, también destacan otras tres mujeres que son sinónimo de estilo: la duquesa de Windsor, la princesa Grace de Mónaco y Jacqueline Kennedy. Sus vestidos forman parte del imaginario colectivo del siglo XX, como el que llevó Jackie Kennedy en la visita oficial a Francia del presidente de los EE.UU., John Fitzgerald Kennedy, junto al general De Gaulle. Y, por supuesto, su primera gran fuente de inspiración: Bettina Graziani. Modelo, leyenda de los años 50 y amiga a la que le dedicó su primera gran creación: la blusa Bettina. Protagonista de su primer desfile en 1952, una pieza confeccionada con un material tan económico como el algodón, frente a la majestuosidad de tejidos de la época.

 

En 1995 se retiraría con nostalgia pero orgulloso porque “mis sueños infantiles se habían cumplido”. No todos podemos decir lo mismo.

 

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