Hiperrealismo en el Thyssen

Pero eso… ¿es una foto o es un cuadro? Hasta el 9 de junio podemos ver en el museo Thyssen-Bornemisza la exposición Hiperrealismo 1967-2002. Por Sergio C. Fanjul


19 abril 2013

 

Aquí pasa como en las oficinas ministeriales, que a veces uno se encuentra plantas tan verdes, lozanas y realistas que no sabe si son de verdad o artificiales. Los cuadros hiperrealistas, como su nombre indica, son a veces tan parecidos a la realidad que son difíciles de diferenciar de una fotografía, por eso también se les denomina a veces como “fotorrealistas”. Si, como sabemos los miopes, un cuadro impresionista es como mirar a la naturaleza o la ciudad sin gafas, cuando todos los límites se funden y todo se hace borroso, el hiperrealismo es como salir de la óptica con gafas nuevas: todo está muy nítido, todo está en su sitio, todo es como la Realidad, si es que tal cosa existe.

 

La cosa tiene gracia: a partir de 1850, con el desarrollo de las técnicas fotográficas, los artistas figurativos se preguntaron, con buen tino, qué interés tenía ya representar el mundo tal cual es si eso ya lo podían hacer, con mucha mayor precisión, los fotógrafos. Pronto surgieron los impresionistas, que daban paso diferentes tratamientos de la luz y del color, a la subjetividad, y que pusieron la primera piedra del edificio del arte contemporáneo, ese que luego siguieron construyendo las vanguardias de la primera mitad del siglo XX. Pero, ya en la segunda mitad, llegaron los hiperrealistas, que no solo trataban de captar la realidad con todos sus infinitos (e infinitesimales) detalles: además, muchas veces, no tomaban el motivo del natural si no que, en una curiosa vuelta de tuerca, tomaban como modelos las propias fotografías. Qué descaro.

 

Al decir hiperrealismo, tal vez lo primero que se nos venga a la cabeza es la obra de Antonio López, con sus tristes visiones de los bloques del extrarradio madrileño o sus váteres desvencijados, sin embargo, la muestra que propone el museo Thyssen-Bornemisza, Hiperrealismo 1967-2012 (organizada por la el Institut für Kulturaustausch y comisariada por su director, Otto Letzese, se puede ver hasta el 9 de junio) se centra en tres generaciones de aquellos artistas que tomaron como referentes los motivos de la cultura pop, del capitalismo posindustrial de consumo y seducción, en un momento de esplendor de este sistema económico. Así que esta exposición se ve llena de color, de brillo, de luz, de “progreso” y de cachivaches como los que tiene usted en casa o ve desde su balcón. Un movimiento que se consagró en su exposición en la Documenta de Kassel en 1972.

 

Pero eso… ¿es una foto o es un cuadro?”. Una cosa curiosa de mi visita a esta exposición es que la gente alrededor hablaba mucho. “Pero… ¿cómo que bodegones si son cosas normales?”, decía una señora al entrar en la primera sección de la muestra, dedicada a los bodegones. La visitante pensaba encontrar frutas, jarrones y, si acaso, una pata de jamón demediada (lo que se ve en los bodegones clásicos), pero las naturalezas muertas de los hiperrealistas lo que representan, con todo lujo de detalles son carreras cochecitos de juguete (Hora punta, Don Jacot, 2009), detalles de alegres máquinas de pinball (de Charles Bell), botes de apetitosas chucherías (de Roberto Bernardi, apetece meter la mano en el lienzo y coger una) o coloridos tubos de pintura al óleo (de Audrey Flack).

 

Estas obras crean cierta fascinación en el público que se queda mirando las pinceladas invisibles, buscando la imperfección y supongo que comparando mentalmente el cuadro que tienen delante con la foto de la que haya salido. Lo que fascinaba a los hiperrealistas, y mucho, eran las motos (Triumph trumpet, Tom Blackwell, 1977), los automóviles (los dos coches de Sin título, de Don Eddy, 1971), hasta las autocaravanas, todos muy relucientes, y a eso se dedica la segunda parte de la muestra.

 

 

 

La ciudad ocupa la tercera parte, aquí destacan obras muy conocidas como las célebres cabinas telefónicas metálicas de Richard Estes (Cabinas telefónicas, 1967), que, como también señaló un visitante anónimo, son fáciles de encontrar reproducidas y enmarcadas en Ikea, como pósters en tiendas de regalos o como postales en tiendas de museos y otras superficies comerciales. También de Estes, es la estampa de una hamburguesería (los diners y los burguers también son muy del gusto hiperrealista) con su anuncio de Coca-Cola y todo (Nedick’s, 1970). Se exponen además cuidadosas vistas de calles de Nueva York (la fascinante panorámica nocturna hiperdetallada de Bertrand  Meniel, la más reciente, datada en 2012) o de Trafalgar Square, Londres (de Ben Johnson), ante las que el público se queda embobando, apreciando los detalles, como quien escruta una página de los libros de la serie ¿Dónde está Wally? Pero, claro, Wally no está y todos pierden.

 

La última parte, más breve, abandona lo inerte y vuelve al cuerpo humano hiperreal, donde se encuentran obras, entre otros, del único español de la muestra Bernardo Torrens, como la espalda desnuda de Allí te espero, de 2013, sin olvidar los detallados y muy famosos autorretratos de Chuck Close, que también se ven en el preludio de la exposición.

 

 

“Muchas veces se simplifica a los hiperrealistas como artistas que solamente despachan golosinas visuales, muy atractivas de ver”, explica Guillermo Solana, director artístico del museo aquí,  “pero tienen un cierto trasfondo que habla de la sociedad contemporánea, especialmente norteamericana, del fetichismo de la mercancía, de nuestro modo de vivir, de la obsesión por el transporte, de la vida en las grandes ciudades. Puede haber en algunos no un enfoque crítico, pero si antropológico, revelador de cómo somos”.

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