Historias del sótano de La Complu

No es la primera vez que La Complutense es testigo de un episodio de terror gótico. A continuación, la historia de la momia de la hija del Doctor Velasco. Por Diego Parrado.


21 mayo 2014

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Las miserias pregonadas por los mugrientos vendedores de periódicos del Londres victoriano retumbaban en Madrid este lunes: según destapaba “El Mundo”, en el sótano de la Facultad de Medicina de la Complutense yacen hacinados más de 250 cadáveres. ¡El sótano de los horrores! ¡Casi 300 muertos! ¡Un penique, señor!

 

Los cuerpos, algunos de los cuales llevan pudriéndose allí abajo más de un lustro, fueron donados a la ciencia y, a razón de una media de 50 donaciones al año, han ido levantando en el lúgubre sótano una hedionda montaña de muerte digna del final de una película gore; una pila de cabezas, pies y manos al borde de la momificación que, para mayor escalofrío, eran alquilados por 750 euros los fines de semana para cursos privados de anatomía. He leído relatos de Stevenson en cuanto a este tema menos grotescos que la noticia de “El Mundo”. El porqué del abandono de los cadáveres, sin embargo, es más berlanguiano que gótico: al parecer, el funcionario encargado de quemar los cuerpos se prejubiló el año pasado y hasta el momento no ha sido posible convocar una nueva plaza, pues los sindicatos denuncian que el horno emite gases nocivos.

 

Pero no es la primera vez que la Facultad de Medicina de la Complutense se convierte en el escenario de una historia de terror gótico. Entre los fondos del museo del Departamento de Anatomía de la facultad, podemos encontrar la momia de una mujer joven acompañada de la siguiente inscripción: “Momia de la hija del Dr. Velasco”. Y he aquí que estas palabras esconden uno de los sucesos más macabros y fascinantes de la sociedad madrileña del siglo XIX. Por otro penique, sed testigos ahora de la historia del infeliz doctor:

 

En 1864, la hija de Pedro González de Velasco murió de una fiebre tifoidea. Desesperado por los padecimientos de la joven, su padre había tratado de curarla administrándole un purgante, una medida desesperada que sus colegas le desaconsejaron y que aceleró el fatal desenlace: Conchita sufrió una fuerte hemorragia de la que ya no se recuperó.

 

La muerte de la joven desquició al doctor y un fuerte sentimiento de culpabilidad ensombreció el resto de sus días. Tal vez por aligerar el peso de esa culpa, Velasco, que por sus conocimientos de anatomía sabía cómo conservar un cadáver, decidió embalsamar en secreto a su bien amada Conchita para al menos liberarla de los estragos de la corrupción de los cuerpos.

 

Transcurrieron diez años y el doctor, todavía obsesionado con el reposo de su hija, decidió exhumar sus restos del Cementerio de San Isidro con el fin de trasladarlos a su casa. Fue entonces cuando cayó en la desafortunada tentación de levantar la tapa del ataúd y perder la poca cordura que le quedaba: el cadáver de Conchita estaba intacto y al pobre hombre debió de parecerle que solamente dormía. Agarrándose a ese pensamiento demente, Velasco dictaminó que su hija, que estaba viva, de ningún modo podía volver a ser enterrada. Todo lo contrario: debía incorporarse de nuevo a la vida familiar. Como en el momento de su muerte la joven estaba comprometida, el doctor vistió el cadáver con un rico vestido de novia y ordenó que le hicieran la manicura y le peinaran y maquillaran debidamente. Pronto Conchita retomó sus costumbres: su padre la sentaba a la mesa durante las comidas y, según se contaba entonces, por las noches paseaban juntos en carruaje.

 

Años después, el doctor Velasco falleció y fue asimismo embalsamado y enterrado junto a su hija. Pero, ¿de quién es entonces la momia exhibida en el museo de anatomía de la Complutense? “Momia de la hija del Dr. Velasco”, reza la etiqueta que acompaña al cuerpo, pero según las investigaciones más recientes dicha descripción es errónea. Por lo visto, esos restos son los de otra joven cuyo cuerpo fue donado al doctor, que como estudioso de la anatomía humana poseía una espeluznante colección de cadáveres de lo más variopinta. Suyos eran también los restos mortales del gigante Agustín Luengo, otra increíble historia que no hace más que aumentar la incomprensión por la escasa literatura en torno a la figura del siniestro doctor.

 

Nadie entiende que no se hayan rodado por lo menos tres películas y una serie.

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