Juntar los brazos

“El maravilloso viaje de Nils Holgersson” de Selma Lagerlöf (ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1909; la primera mujer en conseguirlo, por cierto) es un libro para niños que ya no leen los niños. Demasiadas páginas, demasiada poesía, demasiada belleza. Demasiada verdad. Puede que alguna vez los niños leyeran este tipo de libros. Hoy desde luego que no. Profesores que estáis haciendo la lista de lecturas obligatorias… animaros con éste. Por favor. Por Jimina Sabadú


24 septiembre 2013

Simpática visión de la novela de Lagerlöf en dibujos animados

 

Nils Holgersson recorre Suecia a lomos de un ganso y se encuentra no sólo con su país sino con la posibilidad de resolver los problemas de todos aquellos con los que se encuentra. En Esmaland, Nils habla con una vaca que pertenece a una mujer anciana a punto de morir. La mujer ha visto cómo su familia emigra a Estados Unidos y no quiere alejarse de su tierra, y se confiesa con la vaca; no teme a la muerte, pero lamenta que no haya nadie para cruzarle los brazos una vez haya muerto. La muerte de la mujer se produce durante la estancia de Nils y los gansos. Nils acude al lecho de la anciana y hace los honores mínimos que se le deben a un muerto. Es una escena conmovedora en la que la dignidad de este personaje secundario (la anciana) impresiona al lector del siglo XXI, acostumbrado a que los muertos, aparte de que no se tocan, son – además de una gran pena – un montón de papeleo que nos dejan a los vivos. Los rituales y la higiene del cadáver quedan casi siempre en manos de hospital, que es donde muere la gente ahora. Lo que resulta algo inquietante es pensar que nosotros, los de 30, los de 40, y los de algo más de 20, que no tenemos hijos, que nos podemos o no pensamos tenerlos, vamos a formar parte de una sociedad de ancianos en la que posiblemente no gocemos de las ventajas de nuestros padres: ahorros, fondos de pensiones, siquiera una pensión (qué poco se cotiza S.S. hoy en día). En ese futurible somos viejos con tatuajes y gustos muy pop, pero somos viejos. Enfermos, débiles, y sin un Estado que nos acoja. Tampoco unos hijos. Es que por el camino no nos daba para criarlos, o no queríamos renunciar a nuestra juventud, pagada no con dinero sino con dignidad. Ahí morimos solos y puede que sin nada. Los que nos retuitean no pueden venir al lecho mortuorio. Están igual, o a lo mejor es que les damos igual. Allí esperemos que aparezca Nils Holgersson dispuesto a juntarnos los brazos y cerrarnos los ojos. Porque si no a la subcontrata que tenga el Ayuntamiento o el Gobierno en ese momento puede que no le salga rentable y decida que los servicios a los muertos se hacen cada quince días. Y acabar podridos, solos y malolientes al final de la vida no lo compensan ni todas las temporadas de “Breaking Bad” bajadas del tirón.

 

11 diciembre 2015 by SABINA URRACA

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