La alfombra del Ritz

EL RITZ DE MADRID LUCE ALFOMBRA NUEVA. LA VIEJA FUE TESTIGO DE LAS LUCES Y SOMBRAS DEL SIGLO XX.
POR DIEGO PARRADO


28 enero 2014

 

 

La semana pasada, los madrileños fuimos testigos de uno de esos discretos renglones en la historia de la ciudad: el Ritz mudaba su piel por una alfombra nueva. La antigua, de más de cien años, fue obra de la Real Fábrica de Tapices y soportó el peso y el paso del Siglo XX: de las botas de Alfonso XIII, los tacones de Mata-Hari y el charol de Salvador Dalí, por ejemplo; ilustres suelas de zapato que animarían a cualquier nostálgico a acercarse al hotel. Yo lo soy un poco, así que que bajé el Paseo del Prado y, venciendo esa especie de sensación de alerta que me despiertan siempre el lujo y los estirados porteros que lo guardan, atravesé la entrada del Ritz fingiendo en la cara ese gesto de Pedro por su casa. Por aquí pasaron Frank Sinatra, que exigía siempre un piano blanco en su habitación, o Ava Gardner, a la que se terminó expulsando por sus excesos. A Michael Jackson le denegaron el acceso porque viajaba con animales.

 

Otros curiosos (no muchos, apenas dos o tres) merodeaban el vestíbulo y un cámara de Telemadrid grababa los detalles de la alfombra, acercándose con el morro del aparato al dibujo de flores como un cerdo olisqueando trufas. Entre esas flores murieron muchos españoles cuando, durante la Guerra Civil, se usó el hotel como hospital militar. Años después, adornaron el sepelio de Franco.

 

“Qué lástima”, se me acercó alguien por la espalda. Era una mujer ya anciana, impecablemente vestida. Llevaba el pelo sin teñir y su bastón dejaba elegantes hoyos en la lana según caminaba. Intuí que se refería a la alfombra y le pregunté si no le gustaba la nueva, de la que se exhibía un dibujo en Recepción. La anciana me contestó que no podía ser partidaria del cambio, porque era la alfombra vieja la que lucía el hotel el día que conoció a su amor de juventud, y que en general le desagradaba cualquiera de esas renovaciones, aunque acto seguido esbozó una sonrisa y reconoció que, por lo demás, el hotel seguía siendo prácticamente el mismo de entonces.

 

El mismo que el de los años cuarenta, quería decir la vieja; el mismo de la II Guerra Mundial, cuando Madrid era un nido de espías y el Ritz un hervidero de intrigas y conspiraciones, me contó luego. “España era neutral y aquí se mezclaban todos, aliados y nazis, como en esa película tan bonita, Casablanca”. En efecto, aquel Ritz se parecía al Rick´s de Humprey Bogart, y lo mismo otros lugares de la ciudad que todavía siguen en pie. “En Embassy solían juntarse los agentes británicos. Ahora me dejo caer por allí de vez en cuando, pero aquellos años los pasé en el Horcher, que es donde iban los alemanes”.

 

España giraba ideológicamente en torno a esos dos salones, el Embassy y el Horcher, y mi amiga prefería este último porque el hombre del que se enamoró en aquel mismo hall era un espía nazi, uno con una misión bastante importante. “Negociaba con la gente de Franco la protección de los nazis para el caso de que Alemania cayese”. La anciana, que también se alojaba en el Ritz, empezó a perseguir al alemán por las cenas que daba Otto Horcher y las copas que se preparaban en Chicote. “Logré ganarme su amistad una noche en Pasapoga, pero por entonces era sólo trabajo y no estaba enamorada”, me confesó. “Supe que lo estaba cuando lo detuvieron y lo encerraron en los calabozos de Sol. Supongo que después lo trasladaron a Francia y lo ejecutaron, pero me moriré dudándolo. El Ritz le gustaba mucho y todavía me parece que lo encontraré a la hora del desayuno”.

 

Como hablaba bastante, me atreví a preguntarle si había trabajado para los aliados, y si, como parecía adivinarse por sus palabras, le habían encargado espiar a aquel hombre, pero sobre este particular no quiso extenderse mucho. “Digamos que yo era de esa clase de personas que se alojaban en las habitaciones del primer piso”, dijo solamente. La miré sin comprender y añadió que desde esas habitaciones era más fácil escapar si, llegada la ocasión, había que saltar por la ventana. “Lamentablemente, lo más interesante de mi vida no puedo contarlo”, se disculpó antes de esfumarse. Al día siguiente desapareció también la alfombra, y con ellas cientos de los secretos de una época.

 

Sólo Dios sabe de qué glorias y horrores será testigo la nueva.

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Comentarios:

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nomeacuerdodeminick says:

Que bonito y triste a la vez. Ya tenía que ser buena la alfombra para que haya aguantado 100 años. La nueva, ¿de dónde es?

NFRM says:

La alfombra nueva ha sido confeccionada en los telares de La Alpujarreña, una firma granadina.

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