La ballena que salvó a Isabel II

En 1852 la reina Isabel II sufrió un ataque en Atocha del que salió ilesa gracias a una pieza de vestuario que hoy podemos ver, tras muchos años oculta, en el Museo del Romanticismo. Por Diego Parrado.


26 enero 2017

Antes de que se inventara el plástico, las varillas que llevaban los corsés estaban hechas de barbas de ballena. De hecho aún se las llama así, “ballenas”.

 

En efecto, las barbas de estos animales son de lo más flexibles y resistentes, y gracias a ellas muchas mujeres no solamente salvaron la figura: a la reina Isabel II, por ejemplo, le ayudaron a salir ilesa de un atentado.

 

Sucedió el 2 de febrero de 1852. La Reina tenía 21 años, y hacía solamente un mes que había dado a luz a su primera hija, la Princesa de Asturias, por lo que solía llevar un corsé para recuperar su cintura. Así, con el corsé debajo del vestido, acudió la tarde de ese día a la Iglesia de Atocha para agradecer a la Virgen que el alumbramiento de su hija había ido bien y la niña estaba sana.

 

Isabel II en 1852, retratada junto a su hija Isabel. Franz Xaver Winterhalter, Palacio Real de Madrid.


 

Terminada la “misa de parida”, como se denominaba a esa costumbre regia de agradecerle a la patrona de la Casa Real los partos habidos dentro de la Familia, la Reina salió de la Iglesia. Fue en ese momento cuando un cura se acercó a ella simulando que iba a entregarle unos documentos. Era el cura Merino, un activista liberal que, con la intención de matar a Isabel II, sacó un estilete de 20 centímetros que había adquirido en el Rastro y se lo clavó en el abdomen.

 

Afortunadamente para la Reina, las ballenas del corsé que llevaba puesto frenaron el estilete y la cuchillada no fue muy profunda: Isabel estaba solo levemente herida. El autor del atentado, por su parte, fue detenido de inmediato y condenado al garrote vil.

 

 

La Reina donó entonces los vestidos que llevaba puestos a la Virgen de Atocha, pero el corsé permaneció guardado casi treinta años en el Palacio Real de Madrid, considerado una reliquia. Posteriormente, en 1871, fue donado al Museo Arqueológico Nacional por el rey Amadeo de Saboya.

 

Hoy, gracias a una cesión temporal, podemos contemplarlo en el Museo del Romanticismo hasta el 26 de marzo con motivo de “La Obra Invitada”; una iniciativa de este museo que comenzó su andadura en 2012 con la intención de contextualizar las obras de su colección y mostrar al público piezas procedentes de otros museos o de colecciones habitualmente no expuestas al público.

 


 

Hasta el momento se ha podido contemplar, dentro de este programa, el retrato de Eugenia de Montijo de Franz Xaver Winterhalter, cedido por la Fundación Casa de Alba; el retrato de Gustavo Adolfo Bécquer realizado por su hermano, Valeriano Domínguez Bécquer, procedente del Museo de Bellas Artes de Sevilla; un espectacular collar de esmeraldas prestado por el Museo Nacional de Artes Decorativas; o el exquisito retrato que Federico de Madrazo hizo a sus hijos, perteneciente a la Colección Madrazo de la Comunidad de Madrid.

 

Esta es la primera vez que el corsé de Isabel II, en el que incluso pueden observarse algunas manchas de sangre, se muestra al público.

 

De no ser por la ballena a la que arrancaron sus barbas para confeccionarlo, nuestra Historia sería hoy muy distinta.

 

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