La Biblioteca de Mujeres busca habitación propia

Marisa Mediavilla lleva décadas reuniendo los libros y documentos que conforman la Biblioteca de Mujeres. Actualmente, los fondos de esta biblioteca se encuentran en el Museo del Traje, a la espera de que su petición de contar con un espacio propio en Madrid se haga realidad. Por María Arranz.


12 julio 2017

Londres, Glasgow, Sídney, Vancouver, Bolonia, Estambul… Son muchas las ciudades del mundo que cuentan, desde hace años, con su propia biblioteca de mujeres. Aunque varían en el peso que dan a las diferentes cuestiones que conforman eso que podríamos llamar la “historia de las mujeres”, todas comparten un mismo objetivo: reunir libros y otros materiales que sirvan para documentar las vidas de las mujeres a lo largo de la historia, así como sus contribuciones al saber y a la cultura.

 

Marisa Mediavilla, bibliotecaria y documentalista ligada al movimiento feminista desde sus inicios, comenzó a coleccionar los fondos que hoy conforman la Biblioteca de Mujeres en los 70, buscando libros en el Rastro, en las Ferias del Libro Antiguo y de Ocasión, en las librerías de segunda mano y en los nuevos establecimientos que comenzaban a aparecer en aquellos años, especialmente en la librería Ámbito –abierta en 1977 por la historiadora Fernanda Romeu– y en la Librería de Mujeres –que abrió una cooperativa de unas 200 mujeres a finales de 1978–. Aunque ella fue la impulsora, a lo largo de los años han sido muchas las mujeres que han contribuido a la biblioteca, catalogando volúmenes, donando sus propias obras o simplemente dando a conocer su labor.

 

 

Hoy, la Biblioteca de Mujeres cuenta con unos 30.000 volúmenes, que han ido pasando por diferentes espacios de la ciudad en lo que la propia Marisa Mediavilla define como “una larga travesía”: desde el 85 al 97, se alojaron en la calle Barquillo 44, sede histórica del Movimiento Feminista de Madrid; del 98 a 2006, fueron a parar a la calle Villaamil, donde se encontraba la sede del Consejo de la Mujer de la Comunidad de Madrid. Allí debían permanecer, al menos, durante los diez años que acordaron, pero en 2005 el Consejo se trasladó a otro edificio en el que no había espacio para la biblioteca, por lo que, ante la falta de recursos económicos y la imposibilidad de encontrar otro espacio en condiciones, los fondos de la Biblioteca de Mujeres fueron donados al Instituto de la Mujer para evitar su desaparición. Allí permanecieron hasta 2011, para ser trasladados al año siguiente al Museo del Traje, donde se encuentran actualmente.

 

La Biblioteca de Mujeres lleva desde 2006 reclamando un espacio propio, algo que no se ha materializado, según la propia Marisa, por la falta de voluntad de las instituciones. En la manifestación del 8 de marzo de 2011, las Amigas de la Biblioteca de Mujeres –un grupo que colabora con las gestiones para conseguir que la Biblioteca se haga realidad– iniciaron la campaña “Por un espacio propio para la BdM”, donde recogieron firmas que luego se entregaron a la directora del Instituto de la Mujer. También han realizado exposiciones y actos como el de este año en la Feria del Libro, donde decenas de mujeres desfilaron con capas rojas –al más puro estilo “El cuento de la criada”–, sosteniendo cajas de cartón con los nombres de mujeres escritoras, organizaron una mesa redonda sobre la importancia de las bibliotecas de mujeres y un recital poético donde participaron, entre otras, María Folguera, Silvia Herreros, Gema Palacios, Ana Rossetti y Carmen G. de la Cueva.

 

 

Con frecuencia, Marisa puntualiza que esta no es una biblioteca feminista, porque, aunque el feminismo está en la raíz del proyecto desde sus inicios –ya que nació para dar a conocer la historia de las mujeres y entender el porqué de nuestra discriminación en la sociedad–, no todos los libros y documentos que alberga son feministas; algunos, de hecho, son abiertamente machistas, pero también forman parte de la historia de las mujeres, en tanto que reflejan la consideración en la que se tuvo al género femenino en otros tiempos. Además, explica que, cuando dice que se trata de una biblioteca feminista, la gente suele entender, por un lado, que sólo hay libros de autoras, y por otro, que sólo pueden entrar mujeres. “Por eso, a veces, aclaro que es una biblioteca pública especializada en el tema de mujeres”.

 

Pero ¿qué hay exactamente en esta biblioteca? “Además de obras de creación literaria, biografías y teoría feminista, hay libros en los que se defienden los derechos de las mujeres y otros donde se cuenta que las mujeres sólo tenemos cerebro para procrear, cuidar a los demás, limpiar y cocinar. Hay bastantes obras del primer tercio del siglo XX, que contrastan fuertemente con los del franquismo; son como el haz y el envés de la misma moneda”. Aparte de libros, también hay una amplia colección de revistas, carteles, tebeos para chicas, agendas, calendarios, chapas, folletos… Muchos de estos fondos son imposibles de conseguir a día de hoy, lo que hace que esta colección sea aún más valiosa.

 

Aunque destacar algún título de entre los miles que hay en la Biblioteca resulta muy complicado, para Marisa hay algunos que son auténticas joyas: el soliloquio “¿Académicas?”, de 1891, en el que Juan Valera se oponía a la entrada de Emilia Pardo Bazán en la Real Academia; la obra de 1904 “El divorcio en España”, de Carmen de Burgos, en la que se reúnen algunas de las cartas que se enviaron al Diario Universal en respuesta al debate sobre la regulación del divorcio en nuestro país, debate que la propia Carmen de Burgos promovió; “Feminismo racional”, escrito por la anarquista y exploradora Alejandra David en 1911; los estatutos de la Asociación Universitaria Femenina de Madrid, de 1929; o el documento sobre “La reforma eugénica del aborto”, de 1937, que establecía la libertad de practicar el aborto como un pilar fundamental en el proceso de emancipación de las mujeres.

 

 

Puestas a soñar, para Marisa, la Biblioteca de Mujeres ideal contaría con un depósito donde guardar la colección con las condiciones idóneas para su conservación, con posibilidades de crecimiento y actualización, una sala de obras de referencia y consulta con equipamiento informático, un salón de actos, una sala para exposiciones… Insiste en que la Biblioteca de Mujeres tenga un espacio propio –y no una sección dentro de otro museo más grande, por ejemplo–, pero también en que, aparte de espacio, la biblioteca también necesitará recursos económicos y humanos para que no sea un simple depósito de libros. “La importancia de una biblioteca no sólo reside en sus fondos, sino en el conocimiento de su colección, y esto es imposible si el personal no es especializado y fijo”.

 

La colección continúa ampliándose poco a poco, aunque de forma limitada, ante la falta de inversión económica y de una habitación propia, como diría Virginia Woolf. Los fondos son accesibles para consulta, pero antes hay que realizar una petición por mail, que debe ser aprobada, y acudir a la biblioteca del Museo del Traje en su horario de apertura (de lunes a viernes, sólo por las mañanas). Al catálogo online se puede acceder a través del portal del Instituto de la Mujer y de la web Mujer Palabra. Catalogados hay algo más de 20.000 títulos; el resto está en el depósito sin registrar ni catalogar.

 

Para Marisa Mediavilla, la creación de una biblioteca pública especializada en temas relacionados con las mujeres es necesaria, puesto que ahora mismo no existe un lugar donde se pueda acceder a esta información de forma centralizada y organizada. “No puedo entender cómo en pleno siglo XXI las mujeres seguimos sin tener patrimonio cultural ni memoria histórica”. Esta biblioteca no sólo serviría para darle el lugar que merece a esta impresionante colección, sino que también ayudaría a trazar eso que llamamos genealogía feminista, es decir, a poner en contexto y en relación miles de obras creadas por mujeres a lo largo de los años, reconociendo el legado de todas ellas y sus contribuciones a un presente que mujeres como Marisa y las Amigas de la Biblioteca de Mujeres siguen construyendo día a día.

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